Menos de dos minutos después, la puerta lateral se abrió. Salió un hombre. Llevaba una cazadora que le quedaba más bien grande, pantalones de jogging, gafas de sol y una gorra deportiva bien encajada en la cabeza, pero nada de todo eso dejaba duda alguna de que era el hombre de la fotografía: Edward.
Edward salió y miró en ambas direcciones. Cuando su mirada me pasó por encima, resistí la urgencia de respirar, y me mantuve totalmente inmóvil. Cerró la puerta con cuidado. Puso entonces su mochila en el suelo, se inclinó y la abrió. Mientras estaba allí inclinado, no pude evitar pensar qué fácil habría sido atraparlo con un hechizo de inmovilización. Lo único que habría tenido que hacer era romper el ocultamiento por un segundo y…, Edward sacó de la mochila una pistola y mi idea se desvaneció a mitad de camino.
Manipuló nerviosamente la pistola, la puso después en el bolsillo de su cazadora, se colocó la mochila en la espalda y se dirigió hacia la parte trasera del edificio. ¡Maldita sea! Si Lucas y yo hubiésemos practicado más mi hechizo de comunicación a larga distancia, habría podido advertirlo. Estaría ocultándose, pero no bajo un hechizo de ocultamiento, puesto que todavía no sabía lanzarlo con seguridad. Me dije que Lucas tenía suficiente criterio como para no salir de su escondite en el momento en que oyese a alguien. Aunque lo más seguro era que no oyese a Edward. El hombre caminaba sobre los cantos rodados como si éstos fueran un colchón de espuma, sin que una sola piedra hiciera ruido bajo sus pies. Caminaba por las sombras, mirando por encima del hombro cada tres o cuatro pasos. Justo antes de alcanzar el fondo del edificio, miró hacia la izquierda y pareció atravesar caminando la pared en que yo me apoyaba.
Conté hasta tres, y entonces rompí el ocultamiento y me incliné para ver que un poco más allá había un callejón que salía de aquél en el que yo me hallaba. Di un paso cauteloso. El ruido de los cantos rodados bajo mis pies resonó como un trueno. Volví a echar rápidamente mi hechizo de ocultamiento, pero Edward no se volvió. Volví a romper el ocultamiento. Otra vez di un único paso. Otra vez resonaron los cantos rodados bajo mi pie. La cosa no funcionaba. Tras pensar un momento, lancé una bola de luz y la envié por el callejón, rezando para que Edward no eligiera ese mismo momento para mirar hacia atrás. Cuando Lucas vio la bola, se asomó por la esquina del edificio detrás de la cual estaba oculto. Le indiqué con la mano el callejón lateral. Dijo que sí con la cabeza, cruzó corriendo la calle, apretándose contra la pared más alejada. Luego, avanzó lentamente hasta la entrada del callejón y miró. Se inclinó hacia atrás y me indicó con la mano que me acercara.
Cuando llegué al callejón, estaba vacío. Lucas me indicó con un movimiento que Edward se había ocultado en un pasillo que estaba más lejos.
– Tiene una pistola -le dije moviendo los labios pero sin emitir sonido, al tiempo que, con la mano, hacía el gesto con el que se imita una pistola.
Lucas me dijo con un gesto que me había entendido, y nos lanzamos en persecución de Edward.
El blanco
Corrimos a lo largo del pasaje, y después espiamos el callejón que lo cruzaba y que Edward había tomado. Desembocaba en una calle. Edward subió a la vereda y giró a la derecha. Nos apresuramos para llegar al final de la callejuela y nos asomamos. Edward estaba parado en el bordillo de una calle con mucho tráfico, como si estuviese considerando la posibilidad de cruzarla corriendo entre los vehículos. Lucas me indicó que me colocara en una posición en la que pudiera ver mejor y lanzara un hechizo de ocultamiento. Lo hice. Tras permanecer un momento de pie en el bordillo de la acera, Edward dio media vuelta y se dirigió hacia la izquierda siguiendo por la acera. En el primer semáforo, se unió a un grupo de gente y esperó, balanceándose sobre los talones. Cuando cambiaron las luces, cruzó deslizándose entre los otros peatones, y enseguida entró corriendo en la primera puerta que había del otro lado de la calle.
Rompí el ocultamiento.
– Ha entrado en una cafetería -dije-. ¿Esperando mejor ocasión?
– Tal vez. Voy a echar un vistazo. Una vez que compruebe que está allí, llamaré para pedir apoyo. Es mejor que no tratemos de capturarlo nosotros solos, y menos si tiene un arma.
– Pero está en un lugar público. No se atrevería a disparar…
– ¿Estás segura?
– Tienes razón. Pero en ese caso, tampoco estoy segura de querer que tú mires por la ventana. Necesitamos un hechizo. ¿Qué te parece el hechizo de fascinación? El que utilizaste con Savannah, para que pareciera que yo era Eve.
– Sólo funciona si el que está mirando quiere ver, o espera ver, a otra persona. No sé cuánta información le habrá dado a Edward ese empleado de la recepción, pero sospecho que sabe de quiénes tiene que cuidarse. Me parece que no nos queda más que la elección más obvia y menos satisfactoria. Que me arme de un buen hechizo, me introduzca allí y espere lo mejor.
– Que nos armemos. Yo te cubriré.
Edward no estaba en el café. Lucas buscó hasta en el baño de hombres para asegurarse, pero salió moviendo la cabeza a ambos lados. Yo hice una inspección visual de la habitación. Junto a los baños había un reducido vestíbulo con tres puertas. Dos de ellas tenían un letrero que decía Sólo para el personal. La tercera se abría empujando una barra: era una salida trasera.
Escudriñamos desde la puerta trasera, y salimos después al callejón. El callejón, vacío, se extendía media manzana a la derecha y otro tanto hacia la izquierda.
– Maldición -musité.
Lucas inspeccionó el suelo. Caía agua de una canaleta agujereada. A lo largo de la fría noche se había formado un charco, pero ahora, con el calor de la mañana, estaba secándose con rapidez. Había varias huellas de calzado en el barro que iba endureciéndose, pero había solamente una que todavía tenía agua acumulada entre las marcas de la pisada. Lucas me hizo un gesto para que nos dirigiéramos en la dirección que apuntaba la huella.
A unos diez metros el callejón se abría, apartándose más aún de la calle. Lucas me indicó que esperara, y después echó un vistazo desde donde terminaba la pared. Un segundo después, retrocedió, con las cejas fruncidas, y me hizo un movimiento para que me acercara y mirase.
Miré lo que se veía del otro lado de la esquina. Allí estaba Edward, a menos de diez metros de distancia. Empecé a retroceder con rapidez y entonces advertí que se había detenido, dándonos la espalda. Su mochila estaba a sus pies y estaba sacando un mapa. Lucas me atrajo hacia atrás, y luego se me acercó al oído.
– Vete a la tienda -susurró-. Llama a mi padre.
Me acerqué a su oreja.
– ¿Y si se va?
– Lo seguiré y te llamaré.
Habíamos dejado que la puerta trasera del café se cerrara detrás de nosotros, de modo que tenía que hacer todo el camino que rodeaba el edificio. Estaba todavía en el callejón cuando mi teléfono vibró. Miré por encima del hombro, pero Lucas no se había movido. Avancé más rápidamente para llegar a la acera lateral, donde podía responder sin temor de que mi voz llegara hasta Edward. Antes de que lograra alcanzar mi objetivo, el teléfono dejó de vibrar. Acababa de llegar a la acera cuando el teléfono volvió a vibrar. Me fijé en el número, pero no lo reconocí.
– ¿Hola?
– ¿Dónde estás? -Era la voz de Jaime, y las palabras le salían con apuro.
– Estamos…
– Venid para aquí de inmediato. Dejad todo lo que estéis haciendo, busca a Lucas, y veníos para aquí.