Aquel hombre no era el amante delicado y considerado que conocía. Un frenesí, una agitación brusca se había apoderado de él; su autocontrol pendía de un hilo, y este se rompió en cuanto ella lo aferró por los hombros y lo atrajo hacia sí. Se besaron de forma salvaje, sus bocas abiertas invadieron labios, mejillas, todo pedazo de piel que fueron capaces de alcanzar; hasta que ella empezó a vibrar debajo de él.
– Ahora, Abe.
Y él la penetró, erecto y hasta el fondo, y gimió junto a su boca cuando la oyó gritar. Empujaba con ahínco y con cada embate la elevaba un poco más. Ella notó la ya familiar tensión en la parte interior de los muslos, un milagro después de haber pasado sola tantos años; y entonces entró en el paraíso que había conocido solo junto a aquel hombre, aturdida por la intensidad del clímax. Pero el verdadero regalo llegó al ver la expresión del rostro de él, la belleza absoluta de sus rasgos al alcanzar la cumbre, el movimiento convulsivo de su cuerpo al derramarse en ella.
Y se le desplomó encima; notaba el peso de su pecho mientras se esforzaba por respirar. Ella le acarició la ancha espalda y aguardó, otorgándole el instante que necesitaba para recobrarse. Se quedó quieto un momento, respiró hondo, y por fin pronunció las palabras que llevaba toda la vida esperando oír.
– Yo también te quiero.
Se colocó de lado y la hizo hacer lo propio; frente a frente, le rodeó las nalgas con las manos, la atrajo hacia sí, y quedaron tendidos como si fuesen uno solo.
Un buen rato más tarde, mucho después de creerlo dormido, oyó la voz grave junto a su mejilla.
– Kristen, lo siento. Me he olvidado de tomar precauciones.
– No te preocupes -susurró ella.
Él permaneció un instante en silencio.
– ¿No estás en tu momento fértil? -aventuró al fin. Kristen notó la decepción en su voz; era un ligero matiz, pero lo captó.
Tragó saliva, muy nerviosa.
– No, no estoy en mi momento fértil.
Y nunca lo estaría.
«Nunca tendré el hijo que tanto deseas, Abe.»
Esperaba que las palabras brotasen de su boca, que surgiesen con la misma facilidad con que lo habían hecho los otros pensamientos. Pero resultaba obvio que Abe estaba bien. El mecanismo solo funcionaba cuando realmente quería que la oyese. Y aquello era algo que no tenía ningunas ganas de que él supiera. Ni entonces ni nunca.
Sábado, 28 de febrero, 9.00 horas
«Me duele todo.»
Fue el primer pensamiento coherente que Zoe articuló mientras emergía de la neblina que la envolvía.
Tomó conciencia de que se estaba moviendo. Tenía la extraña sensación de estar flotando. Poco a poco, la realidad fue tomando forma y, con ella, también lo hicieron imágenes abominables, insoportables.
«Dios mío. Qué dolor. Ese hombre me ha hecho mucho daño.» Se estremeció cuando recordó la brutalidad de que había sido objeto en manos de Drake Edwards. Trató de quejarse, pero su voz no brotó de la garganta. Parpadeó intentando adivinar dónde se encontraba. Todo era blanco; muy blanco. «A lo mejor estoy muerta. Por favor, quiero estar muerta.» La muerte era preferible a Drake Edwards. El movimiento se ralentizó y adquirió conciencia de las puertas; estaba atravesando puertas. Por fin, el movimiento cesó.
– ¿Cuánto tardará en volver en sí?
«Nooo.» Quiso protestar de nuevo, pero su voz siguió sin brotar. Era Drake Edwards. Se encontraba allí. Mierda; no estaba muerta.
– Parece que se está despertando. La droga habrá perdido todo su efecto dentro de una hora. -La otra voz le resultaba desconocida. «¿Quién está hablando? ¿Qué droga?»-. Hasta entonces no podrá moverse ni hablar.
– Muy bien. -La voz de Edwards expresaba satisfacción. La había oído durante mucho tiempo desde que él acudiese al piso donde vivía para secuestrarla-. Quiero que tenga fuerzas para arañar y gritar.
El otro hombre permaneció en silencio y a continuación se oyó la risita cruel de Edwards.
– No te pago para que disfrutes. Te pago para que lo hagas, y punto.
Se oyó un suspiro.
– Si quitamos el relleno cabrán los dos.
«¿El relleno?» Trató frenéticamente de mirar a su alrededor, pero no podía mover la cabeza. Forzó la visión periférica hacia la izquierda. Y se quedó sin respiración.
Era un ataúd. Quiso gritar.
– No me importa cómo te lo montes -dijo Edwards-. Hazlo y punto.
Su rostro se inclinó sobre ella y la náusea que sintió en aquel momento fue tan intensa que estuvo a punto de ahogarse. El hombre esbozaba una sonrisa, la misma sonrisa de buitre que había observado en el despacho de Conti. ¿Cuándo había tenido lugar aquello? ¿Qué día era?
– Había solicitado una entrevista con Jacob, señorita Richardson -dijo en tono burlón-. Por desgracia, el señor Conti está ocupado esta tarde. Se celebra el funeral de su hijo. Sin embargo, le ha preparado otra entrevista. Tómese el tiempo que necesite. -Le volvió la cabeza para que pudiese ver el cadáver a su derecha-. Es digna de un Emmy.
Riéndose entre dientes, se apartó para permitir que obtuviese una visión completa de lo que allí yacía.
A Zoe se le heló el corazón. Era un cuerpo vestido con un traje negro. Y no tenía rostro.
Era Angelo Conti. Pensaban enterrarla con Angelo Conti. Chilló y chilló pero la voz solo resonó en su cabeza.
Sábado, 28 de febrero, 11.15 horas
Era la primera vez que Kristen entraba en una iglesia católica y no tenía ni idea de cómo comportarse. Por suerte, había presentes muchos miembros de la familia Reagan, así que lo único que tenía que hacer era imitarlos. Había bancos donde arrodillarse y hojas con fragmentos del Evangelio para recitar. Observó la eucaristía y oyó resonar el órgano. El sacerdote vestía sus mejores galas y venteaba incienso. Junto a una dorada pila bautismal se hallaban, radiantes, Sean y Ruth.
Había familiares, tantos que su visión atenazó el corazón de Kristen. También había más de una docena de policías allí sentados, todos armados con sendas pistolas. Había amigos de Kyle, de Aidan y de Abe; se encontraban allí para garantizar que ni Conti ni nadie causase disturbios. También habían acudido Mia y Spinnelli, e incluso Todd Murphy, con un traje recién planchado.
Kristen observó al sacerdote tomar al bebé y mirar su pequeño rostro con una sonrisa. El profundo suspiro que exhaló no le pasó inadvertido a Abe, situado a su lado.
– Es muy guapa, ¿verdad? -susurró.
Kristen estaba a punto de echarse a llorar.
– Sí.
– Ahora es cuando suben los padrinos -explicó en voz baja-. Annie es la madrina, y Franklin, el primo de Ruth, es el padrino.
Abe contempló cómo Annie y Franklin ocupaban los lugares que tenían destinados. A él lo habían elegido como padrino de Jeannette, la sobrina que ahora tenía cinco años, pero acababa de entrar como agente infiltrado y no podía asumir la responsabilidad del compromiso. Los Reagan se tomaban todos sus compromisos muy en serio. Aidan acabó siendo el padrino de Jeannette. Abe no pudo verla crecer y convertirse en la niña feliz que era en la actualidad.
Debra y él habían elegido a Ruth y a Sean como padrinos de su hijo. Pero el bautizo no había llegado a celebrarse. Tal vez volviese a pensar en ellos cuando tuviese su primer hijo con Kristen. Reconfortado con aquel pensamiento, la cogió de la mano y se la apretó con cariño.
Ella se volvió a mirarlo con una sonrisa; sin embargo, sus ojos llorosos no reflejaban alegría. Aquella semana había pasado por situaciones muy duras. Resultaba difícil adivinar qué acechaba las tinieblas de su pensamiento tras la frágil sonrisa. Había sufrido mucho. Pensó en la pequeña, en Savannah; en el dolor que Kristen debía de sentir todos los años cuando recibía una nueva fotografía por correo. Se lo imaginaba porque era el mismo dolor que él sentía cada vez que el cumpleaños de su hijo se aproximaba y pasaba sin haberlo celebrado. Pensó en la noche anterior; le había dicho que lo quería. Y a él le había resultado muy fácil llegar a quererla a ella. Observó su perfil y notó que se excitaba. La noche anterior la había penetrado sin barreras. Estaba muy segura de que no había peligro alguno, de que no era el momento apropiado del ciclo. Sonrió. A fin de cuentas, él era católico. La mitad de las personas que conocía habían sido engendradas durante el momento «no apropiado» del ciclo. Tal vez ella también estuviese equivocada.