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– No puede ser. Aún es una niña.

Rachel había sido una sorpresa tardía para sus padres. De hecho, más bien les había dado un susto. Abe se llevaba veintidós años con su hermana pequeña, así que todos la consideraban como una hija.

– Ya tiene trece años -puntualizó su madre con aspereza-. Haz el favor de tenerlo en cuenta en mayo, cuando llegue su cumpleaños. No se te ocurra regalarle un peluche. Ya no tiene edad para eso.

Abe se quedó pasmado. No era posible que Rachel tuviese trece años. No podía ser. Las chicas de trece años empezaban a maquillarse, y a salir con chicos, y… Con más chicos. La idea le hizo estremecerse. Tenía que hablar largo y tendido con su hermana pequeña.

– ¿Y qué quiere para su cumpleaños?

– Dinero. -La madre de Abe miró a Kristen-. Dice que quiere ser abogada, como tú.

Kristen abrió los ojos como platos.

– ¿Como yo?

– Sí. Te ha visto por televisión. ¿Te importaría hablar un día con ella?

Kristen esbozó una sonrisa de satisfacción y Abe se quedó sin aliento. Ese gesto, pícaro y divertido, no se parecía a ninguno de los que había mostrado el rostro de Kristen hasta aquel momento.

– ¿Quiere que hable con ella de mi trabajo, señora Reagan?

– No lo sé. ¿A ti te parece buena idea?

Kristen se encogió de hombros.

– Depende del día. Pero claro que me gustaría hablar con ella. Su hijo tiene el teléfono de mi despacho.

«Su hijo.» Sonaba igual de formal que la manera en que se había dirigido a él durante todo el día, y también la noche anterior. Aquello empezaba a molestarle. Tenía un nombre de pila. A Mia, a Jack y a Marc los llamaba por los suyos. A la mierda tanta cortesía.

– Tenemos que irnos, mamá. Nos esperan para empezar la reunión. Conduce con cuidado.

La madre de Abe notó la aspereza de su tono y lo miró perpleja.

– Claro. No te olvides de devolverme los platos -dijo. Se despidió con un gesto de la mano y se marchó.

Kristen miró a Abe con recelo.

– ¿Qué platos?

– Los planes de la cena han cambiado. Mamá nos ha traído un poco de comida.

Mientras subía por la escalera, Kristen se fue desabrochando el abrigo.

– ¿Solo un poco?

– ¿Te gusta el pollo frito para desayunar?

Ella se encogió de hombros.

– Si no hay más remedio…

Jueves, 19 de febrero, 19.15 horas

Spinnelli daba cuenta del último bocado de su plato cuando entraron.

– Estaba a punto de enviar a una patrulla a buscaros.

– Pues yo no. -Mia lamió el tenedor-. Si no hubieseis vuelto, habría podido repetir.

– ¿Nos habéis dejado algo? -preguntó Abe mientras echaba un vistazo a la cazuela.

Mia hizo una mueca.

– Solo quedan verduritas.

Abe dejó la bolsa de papel de Kristen sobre la mesa y extrajo de ella dos recipientes de plástico.

– Bueno, empecemos. Julia, ¿qué puedes decirnos de los cadáveres?

Julia sacó un cuaderno.

– Han traído los cinco cadáveres esta tarde, hacia las dos.

Abe tendió a Kristen uno de los recipientes y tomó asiento junto a ella. Al notar el calor de su cuerpo, Kristen recordó cómo se había colocado tras ella en la casa de los Dorsey. En aquel momento le había dado seguridad. Sin embargo, ahora tenía la sensación de que invadía su espacio. Ocupaba parte de su sitio en la mesa, además del propio; pero le pareció descortés apartar la silla siquiera unos centímetros, así que permaneció donde estaba y trató de concentrarse en el asunto por el que se habían reunido. Julia tenía cinco nuevos cadáveres en el depósito. El culpable seguía en libertad y, probablemente, planeaba el sexto asesinato.

– ¿Han muerto de un disparo en la cabeza? -preguntó.

Julia negó con la cabeza.

– Ojalá fuese tan sencillo. La cosa es complicada, así que sacad los cuadernos. Hay cinco cadáveres. Los cinco muestran heridas de bala en la cabeza; sin embargo, dichas heridas solo fueron la causa de la muerte de los tres Blade. A Ramey y a King les dispararon después de muertos y con un arma distinta.

La chica acaparaba la atención de todos los presentes.

– A Ramey lo estrangularon. Los rayos X muestran que le oprimieron la laringe. He conseguido una buena fotografía de las marcas de la cadena. El asesino tiró con fuerza, las estrías están muy marcadas. -Le tendió una fotografía a Jack, quien la examinó antes de pasarla para que la vieran los demás-. Tal vez podría hacer incluso un modelo de escayola. Os tendré al corriente. Ramey también presentaba una fractura en la base del cráneo. Parece que el asesino lo golpeó con un objeto contundente antes de estrangularlo.

– ¿Tienes idea de qué tipo de objeto contundente pudo utilizar? -preguntó Mia.

– Todavía no. Os lo diré cuando lo sepa. Ramey no presenta heridas hechas en defensa propia y no tiene ningún resto debajo de las uñas. He encontrado residuos de metralla alrededor de la herida de bala de la cabeza. También he descubierto escoriaciones en las muñecas y en los tobillos.

– Así que golpeó a Ramey, lo ató, lo estranguló, le reventó los sesos y luego se lo llevó y lo enterró. -Spinnelli anotó los detalles en la pizarra con el entrecejo fruncido-. El disparo en la cabeza significa que lo mató dos veces. -Puso cara de exasperación ante las risitas que se oyeron en la sala-. Ya sabéis a qué me refiero.

– Una vez cobrada su venganza aún no tenía suficiente -dijo Reagan, pensativo-. Por eso lo llevó al lugar de la sepultura y volvió a agredirlo. No le bastaba con verlo muerto, así que le llenó de plomo la zona pélvica.

– Hemos examinado la tierra -intervino Jack- y hemos encontrado perdigones. Son iguales que los de King.

– Eso quiere decir que no utilizó silenciador -dijo Mia-. Alguien tuvo que oír algo.

Spinnelli asintió.

– Mañana haremos un sondeo por el área. -Atravesó la sala hasta la pizarra, trazó tres columnas y las tituló Ramey, Blade y King, respectivamente-. ¿Cuándo vieron a Ramey por última vez?

Mia abrió su libreta.

– Su madre afirma que lo vio por última vez el 3 de enero. Su novia dice lo mismo. Está segura porque esa noche la dejó plantada.

Kristen suspiró mientras Spinnelli anotaba la fecha en la columna correspondiente a Ramey; el chirrido del rotulador le ponía los nervios de punta. «Rayas azules.» Esa fue la noche en que se decidió por el papel de rayas azules, pero no retiró las muestras hasta dos noches más tarde, cuando volvió a sufrir insomnio y empezó a empapelar la habitación.

– Debió de colocar la caja de Ramey en el maletero aquella misma noche o, como muy tarde, la noche siguiente. -Se quedó mirando a Spinnelli, cuyo bigote se curvaba hacia abajo en un gesto de preocupación-. Fue entonces cuando retiré las muestras. Podéis preguntarles a los vecinos, por si alguien vio algo, pero a las once de la noche suelen estar todos acostados.

– ¿Qué muestras? -preguntó Julia, extrañada.

Spinnelli inclinó la cabeza hacia Kristen para indicar que le cedía la palabra. La chica exhaló un fuerte suspiro.

– El asesino me dejó unas cartas en el maletero del coche.

– Esa parte ya la conozco. Pero ¿de qué muestras hablas? -repitió Julia.

– En una de las cartas hace referencia a unas muestras de papel pintado que había en el salón de mi casa.

Julia se recostó en la silla con el entrecejo fruncido.

– ¿Te ha estado espiando?

– Eso parece. -Kristen notó que un escalofrío volvía a recorrerle la espalda-. No me mires así, Julia.

Después de dirigirle una mirada penetrante, Julia extrajo más fotos. Una de las láminas brillantes mostraba el rostro magullado de Ross King.

– Ross King presenta fuertes traumatismos en la cabeza y la zona de los hombros. -Sostuvo en alto una fotografía y señaló con el bolígrafo-. Hay fracturas detrás de la oreja derecha y en la sien izquierda. A juzgar por la forma del cardenal, diría que le asestaron un golpe con un bate de béisbol.