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– No, gracias. Empezaré las autopsias a las nueve; lo digo por si alguien quiere venir. -Cogió el bolso y la libreta-. Buenas noches a todos.

– ¿Jack? -Spinnelli tamborileó en la mesa y Jack se volvió de repente.

– ¿Eh? -Le ardía el rostro-. Lo siento, ¿qué has dicho?

Abe se había dado cuenta de que Jack había seguido cada uno de los movimientos de Julia hasta que esta abandonó la sala. Estaba enamorado de ella, y Julia o no lo sabía o no le hacía caso. Pobre hombre.

Spinnelli pasó por alto su reacción.

– Las lápidas. ¿Qué has encontrado?

Jack carraspeó.

– Son de mármol. Las inscripciones están grabadas con chorro de arena y no a mano, lo cual tiene sentido. A mano habría necesitado una semana para cada una.

– ¿Con chorro de arena? -preguntó Kristen-. ¿Cómo se hace eso?

Jack se arrellanó en el asiento.

– Normalmente, el artesano crea una plantilla de caucho o de vitela, como si fuera el negativo de una fotografía, y recorta en ella lo que quiere inscribir. Luego coloca la plantilla en la superficie y le aplica el chorro de arena. Consiste en lanzar una ráfaga de arena fina contra la piedra, la cual lo corroe todo menos la plantilla. Cuando ha terminado, retira la plantilla y ahí está la inscripción. Sin embargo, cuando la inscripción es muy profunda, como en este caso, cuesta más retirar el material de la superficie.

Mia estaba impresionada.

– ¿Tú sabes hacerlo?

Jack la miró con una mueca.

– Dejé las manualidades cuando estuve a punto de perder el pulgar en un taller del instituto. No. He buscado la información en internet. Hay unos cuantos marmolistas en la zona, pero no creo que ese hombre encargara las lápidas. Me parece más probable que hiciera él las inscripciones. Por lo que he leído, si se cuenta con el equipo apropiado no es muy difícil.

– ¿Y de dónde podría haberlo sacado? -preguntó Spinnelli.

– Hay muy pocos fabricantes capaces de comercializar un equipo así. En la inscripción de King encontramos restos de la plantilla, y en el laboratorio dicen que no es caucho. Se trata de vitela. Eso acota las posibilidades.

– Tendré en cuenta esa información -dijo Mia-. Jack, mañana te pediré los nombres de las empresas y confeccionaré una lista de los clientes que tienen en Chicago.

– Tal vez adquirió el equipo hace mucho tiempo -observó Abe.

Mia asintió, pensativa.

– Tal vez. Pero el material tuvo que comprarlo en algún sitio. Lo investigaré. No creo que se pueda comprar un mármol de la calidad suficiente para hacer una lápida en una ferretería.

Spinnelli lo anotó en la pizarra.

– ¿Qué más?

– Todavía estamos analizando la ropa que encontramos en las cajas. Mañana por la mañana tendré parte de los resultados. También analizaremos mañana las notas que recibieron las víctimas de Ramey -dijo Jack-. Aunque me extrañaría que encontráramos algo.

Kristen suspiró.

– Aún tenemos que ir a ver a las víctimas de King y a los padres de los dos chiquillos a los que asesinaron los Blade.

Abe notaba que aquello le causaba pavor.

– Puedo ir yo solo, Kristen.

Ella negó con la cabeza justo en el momento en que él pensó que iba a hacerlo.

– No. Es algo que debo hacer. ¿Puedes esperar hasta las diez? A las nueve tengo que presentar peticiones. -Una versión electrónica del Canon de Pachelbel emergió de su móvil-. ¿Diga? Hola, John. Sí, casi hemos terminado. -De pronto palideció y, tras ponerse en pie de un salto, se acercó al televisor que había en una esquina-. Maldita sea. ¿Por qué canal?

Conectó el aparato y de inmediato apareció la imagen de Zoe Richardson retransmitiendo desde una calle que le resultaba familiar.

– Joder -gruñó Mia.

– Es una cerda asquerosa -masculló Jack.

Abe escrutó a Kristen, quien permanecía plantada delante de la pantalla observando las imágenes y sostenía el mando a distancia con una mano visiblemente temblorosa. Sin embargo, esta vez su rostro no denotaba miedo sino rabia. Entendía muy bien cómo se sentía. Richardson debía de haberla acechado durante toda la tarde, oculta en la penumbra, hasta que consiguió lo que tanto codiciaba.

«Y así termina el episodio más escalofriante de la vida de tres mujeres -oyeron decir a Richardson. A pesar de la brisa vespertina, no se le movía ni un pelo. La cámara acercó la imagen hasta obtener un primer plano de la casa de Sylvia Whitman-. Primero fueron víctimas de violación; luego la justicia les dio la espalda debido a lo que muchos califican de incompetencia por parte de la fiscalía del Estado. Sin embargo, hoy por fin han sido resarcidas. Hoy estas tres mujeres inocentes han recibido la visita de Kristen Mayhew, ayudante del fiscal del Estado, acompañada de dos detectives del Departamento de Policía de Chicago; ellos les han informado de que Anthony Ramey, el hombre que presuntamente las tenía aterrorizadas y del cual fueron víctimas, ha pagado el crimen con su vida.»

A continuación intervino la presentadora en tono grave y preocupado.

«¿Qué dice de todo esto la policía y la fiscalía del Estado, Zoe?»

«No hemos logrado obtener declaraciones de la policía esta tarde. Suponemos que están trabajando para descubrir la identidad del asesino de Ramey.»

«¿Han proporcionado más información esas mujeres? ¿Han dicho algo que pueda resultar útil a la policía?»

– Qué hija de puta -masculló Jack-. Solo nos faltan ayudas de este tipo.

– Por favor, que no diga nada de las cartas -masculló Mia con desesperación-. Que no se le ocurra mencionar las cartas. -Pero Richardson abrió mucho los ojos, como si acabara de recordar algo importante, y Mia golpeó la mesa con la palma de la mano-. ¡Mierda!

Kristen levantó la mano en señal de silencio y Mia apretó los dientes.

«Sí, Andrea. Las tres mujeres han recibido hoy una carta anónima en la que se les comunica que Ramey está muerto y que por fin se ha hecho justicia. -A Zoe le refulgían los ojos-. Las cartas las firma "Su humilde servidor". Les ha informado Zoe Richardson.»

La cámara volvió a enfocar el semblante adusto de Andrea, la presentadora.

«Gracias, Zoe. Aguardaremos ansiosos a obtener más detalles sobre esta impactante noticia. -De pronto su rostro se tornó alegre hasta el punto de resultar cómico-. Les dejamos con la programación habitual.»

Kristen apagó el televisor con brusquedad y durante un buen rato nadie abrió la boca.

– ¿Cómo se ha enterado? -preguntó al final Spinnelli; era obvio que se esforzaba al máximo por mantener la calma-. ¿Cómo diablos se ha enterado?

Kristen seguía mirando la pantalla oscura; a pesar de darles la espalda, su tensión era evidente.

– Nos ha seguido. -Se la oyó tragar saliva-. Me ha seguido. -Depositó el mando a distancia sobre el televisor con meticulosidad-. No puedo creerlo.

– Ya sabes que mi madre está dispuesta a darle una tunda -dijo Abe para romper el hielo-. Y sé por experiencia que cuando se enfada pega unos bofetones de miedo. -Suspiró en silencio al ver que Kristen relajaba los hombros y se volvía a mirarlo esbozando una tensa sonrisa.

– ¿Y cuántas veces has hecho enfadar a tu madre, detective Reagan? -preguntó.

Abe forzó una sonrisa.

– Más de las que recuerdo.

El gesto tenso de Kristen se tornó irónico.

– Eso me lo creo.

Spinnelli se pasó las manos por el rostro.

– Bueno, chicos, ya se ha descubierto el pastel. Convocaré una rueda de prensa para mañana. Abe, asegúrate de obtener información sobre dónde se encontraban las víctimas en el momento de los asesinatos; lo más precisa que puedas. Y averigua si entre ellas hay algún tirador de primera.

– ¿Además de Stan Dorsey? -preguntó Abe en tono seco, y Spinnelli alzó los ojos en señal de exasperación.

– Que Dios nos coja confesados. Quiero conocer todos los movimientos de Dorsey durante esos días. Revisaré la lista de policías y abogados para ver si alguno cuenta con la destreza suficiente como para haber efectuado los disparos. Mia, averigua lo que puedas sobre lo del chorro de arena. Con un poco de suerte Julia nos proporcionará más información después de las autopsias.