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– ¿Y qué hacemos respecto a la siguiente víctima? -preguntó Kristen-. ¿Esperaremos a que aparezca otra caja en la puerta de mi casa?

Spinnelli negó con la cabeza.

– Mañana haré instalar cámaras de vigilancia alrededor de tu casa. Si vuelve a acercarse, lo sabremos.

Kristen agitó la cabeza con gesto rápido y resuelto.

– No me refería a eso. Sabemos que tiene predilección por los delincuentes sexuales. Puedo confeccionar una lista de todos los autores de ese tipo de delitos de quienes he llevado la acusación. Tal vez podamos pararle los pies.

Spinnelli asintió.

– Es una buena forma de empezar. Y, Kristen…

La fiscal lo miró con recelo.

– ¿Qué?

– ¿Tienes perro?

Ella negó con la cabeza.

– No.

– Pues te aconsejo que te compres uno.

– Y que sea grande -añadió Mia-. Nada de cachorros, aunque sean monísimos.

– Que ladre mucho. -Jack mostró los dientes-. Y que tenga grandes colmillos.

Kristen se volvió hacia Abe arqueando una de sus cejas pelirrojas.

– ¿Alguna otra recomendación?

Abe hizo una mueca de suficiencia.

– Cerbero completaría tu colección y haría buenas migas con Mefistófeles y Nostradamus.

Para su sorpresa, Kristen se echó a reír, y no con disimulo sino con una sonora carcajada y lágrimas en los ojos. El sonido de aquella risa atenazó el estómago de Abe.

Jueves, 19 de febrero, 21.00 horas

Zoe tapó el vino. Se había dado un buen baño y por fin había entrado en calor. Cuando fuese famosa, se iría a vivir a algún lugar cálido. Al carajo Chicago y aquel clima invernal que lo dejaba a uno más frío que un muerto.

«Muerto.» Sus labios se curvaron. Anthony Ramey estaba muerto y el Departamento de Policía de Chicago andaba tras la pista de un espía asesino. Y ella, Zoe Richardson, había comunicado el bombazo.

«Mayhew debe de estar subiéndose por las paredes -pensó con regocijo-. Qué maravilla.» Extrajo con cuidado la cinta de vídeo del reproductor. Esa grabación merecía ser guardada. Había empezado a escribir con esmero la fecha en la etiqueta cuando la sorprendieron unos fuertes golpes en la puerta de entrada. Observó por la mirilla y se inquietó un poco, pero enseguida ahuyentó aquella sensación.

Él no podía decir nada; no lo haría. Ella sí, podía desenmascararlo y lo haría. Lo tenía en sus manos como si fuese una marioneta. Abrió la puerta y puso cara de mosquita muerta.

– No te esperaba. ¿No has recibido mi mensaje cancelando la cita de esta noche?

Él empujó la puerta y la cerró de un fuerte golpe antes de aferrar a Zoe por los hombros. Su expresión era sombría y airada, y una vena le palpitaba en la sien. La excitación recorrió el cuerpo de Zoe hasta las puntas de los pies.

– ¿A qué coño estás jugando? -la increpó, zarandeándola.

Ella parpadeó mientras la boca se le hacía agua. Quién podía imaginarse el ímpetu que aquel hombre llevaba dentro.

– ¿A qué te refieres?

– «Les ha informado Zoe Richardson» -la parodió cruelmente. Volvió a zarandearla-. ¿A qué coño crees que estás jugando?

– Me haces daño.

Él la soltó al instante, pero su pecho seguía moviéndose como un fuelle. Ella lo miró a los ojos, ya despojada de todo fingimiento.

– Hago mi trabajo. Soy periodista y me dedico a informar.

– No me trates como si fuera uno de tus estúpidos adeptos -le espetó-. Ya sé que eres periodista. Pero ¿por qué sigues a Mayhew? ¿Tienes idea de los problemas que estás causando?

Ella se encogió de hombros con actitud despreocupada y cogió la copa de vino.

– Ese no es mi problema. ¿Te apetece un poco de vino? Es un chardonnay estupendo.

Él la miraba como si estuviese a punto de enloquecer.

– No te importa nada, ¿verdad? No te importa armar revuelo aunque eso suponga arruinar mi carrera.

Zoe esperaba que su sonrisa pareciera sincera.

– No veo la relación entre tu trabajo y el mío. -Desde luego la había, y Zoe contaba con ella. Se le acercó; era perfectamente consciente de cómo la seda se ceñía a su piel perfumada por el baño, de cómo la prenda se abría y dejaba al descubierto lo suficiente para que él posara sus ojos, ardientes y centelleantes, en el escote-. No te disgustes, cielo.

Se puso de puntillas y le estampó un beso en los labios fruncidos. Notó que relajaba los hombros un poco y que otra parte de su cuerpo se ponía bastante dura. «Es como quitarle un caramelo a un niño. Es una maravilla que los hombres sean tan previsibles», pensó.

– Sabías que yo era periodista antes de que consiguieras que nos presentaran. -Era ella quien había conseguido que los presentaran, pero el hecho de que él se creyera en desventaja formaba parte de la farsa. Le rozó la comisura de los labios con la lengua y notó cómo se estremecía-. Cuando nos conocimos, yo ya llevaba años informando sobre Mayhew, y seguí haciéndolo después de que te cansaras de mí y volvieras con tu mujer. -Lo besó y le dio un ligero mordisco-. Por cierto, ¿cómo está?

Él deslizó la mano por debajo del vestido y palpó la desnudez de su espalda.

– ¿Quién? -murmuró mientras bajaba la cabeza para que ella lo siguiera besando.

– Tu esposa, cariño -susurró ella.

– Durmiendo, probablemente. -Con la otra mano jugueteaba con los extremos del lazo entre sus pechos-. Y cuando está durmiendo no se despierta hasta que se hace de día.

Zoe depositó la copa a tientas en la mesita auxiliar y pasó el brazo por encima del hombro de él para correr el cerrojo de la puerta.

– Excelente.

Capítulo 8

Jueves, 19 de febrero, 21.00 horas

Kristen ajustó el retrovisor y miró a ambos lados antes de salir del aparcamiento. Se sentía sola y muy vulnerable. Se volvió para mirar atrás mientras se preguntaba si la estaría siguiendo. Y, si no era así, ¿qué debía de estar haciendo? ¿Quién sería la siguiente víctima del espía justiciero? Aferró el volante y entrecerró los ojos ante la luz cegadora de unos faros que se aproximaban. En el mundo había gente para todo; la mayoría andaba ocupada en actividades perfectamente legales. Sin embargo, por cada veinte ciudadanos honrados había uno que no lo era.

La suma de todos esos unos bastaba para garantizarle ocupación y ganancias durante el resto de su vida. Exhaló un suspiro que vio tornarse vapor antes de disiparse. Él andaba cerca; se encontraba en alguna parte acechando al tipo de turno.

Y, por alguna razón, le había hecho llegar los frutos de su trabajo.

Los frutos de su trabajo.

– Ya hablo igual que él -murmuró-. Es la pompa y solemnidad personificadas. -Se mordió el labio mientras volvía a levantar la cabeza para mirar por el retrovisor-. Pero enseña los dientes.

Aquello le hizo pensar en la expresión divertida de Jack al recomendarle que se comprara un perro con grandes colmillos. Sonrió. El equipo trataba por todos los medios de levantarle el ánimo, de aplacar su miedo. Todos la habían acompañado hasta el coche que acababa de alquilar; Mia, Jack y Marc. Y también Reagan. No podía olvidarse de Reagan, de sus profundos ojos azules y su irónico sentido del humor. Cerbero. Soltó una risita. El guardián de tres cabezas de las puertas del infierno; qué apropiado. Tal vez se decidiese a comprarse un perro, quizá durante el fin de semana. Un perro ladrador, nada de cachorros monísimos; y que tuviera grandes colmillos. Ah, y que no se comiera a los gatos.

Se entretuvo dándole vueltas a la idea durante todo el camino. Sin embargo, cuando se disponía a entrar en el recinto de su casa los alegres pensamientos se esfumaron y se encontró observando su propia vivienda con pavor.