Ella abrió los ojos como platos.
– ¿Cómo dices?
Él dio un sorbo de té.
– Que te sueltes el pelo. Las horquillas te provocan dolor de cabeza. Además, no es la primera vez que te veo con el pelo suelto, y estás en tu casa.
Tras vacilar un momento, Kristen le hizo caso. Extrajo gran cantidad de horquillas y su mata de pelo cayó sobre sus hombros. «No, "caer" no es la palabra más indicada», pensó él. Los bucles brotaron de su cabeza en todas direcciones, como impulsados por muelles. Él ahogó la risita en el té imaginando que a ella no le haría ninguna gracia saber lo que le rondaba por la cabeza.
– ¿Qué estás pensando?
Mientras pasaba los dedos entre los rizos, el rostro de Kristen se relajó. Abe apretó los dedos contra el tazón; se preguntaba si aquel pelo sería suave o áspero al tacto. Estaba seguro de que si alguna vez se atrevía a averiguarlo su aroma persistiría en sus manos. Abandonó sus pensamientos y sacudió la cabeza.
– Si te lo digo te enfadarás.
Ella adoptó una expresión de suficiencia.
– ¿Por qué? Si vas a decirme que soy igual que Annie la Huerfanita o que parece que haya metido los dedos en un enchufe no te preocupes; no será la primera vez.
– Me gusta.
Ella lo miró con recelo; sospechaba que mentía pero le pareció demasiado descortés decírselo.
– Gracias.
Guardaron silencio unos minutos mientras sorbían el té en la absoluta quietud de la cocina. Abe se preguntó si alguna vez se oía algo en casa de Kristen Mayhew. En casa de sus padres había habido siempre tanto alboroto que con frecuencia anhelaba el silencio; sin embargo, el de aquella casa resultaba demasiado agobiante. A pesar de que Kristen se había esmerado en la decoración de las habitaciones, la casa parecía desierta.
– ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? -le preguntó.
– Unos dos años. -Kristen miró a su alrededor con orgullo-. He disfrutado reformando la vivienda.
– Se te da muy bien la decoración -la alabó Abe, y ella sonrió con verdadero placer-. Mi hermana Annie es interiorista y regenta un negocio propio. Seguro que le encantaría enfrentarse al reto que supone decorar una casa tan antigua como esta.
– La construyeron en 1903. Cada vez que restauro una habitación, descubro el artesonado del techo. Aún no me he decidido a arreglar la cocina. Estoy esperando a que se estropee algún electrodoméstico, así tendré una excusa para cambiarlos todos. Pero, como no suelo cocinar, no creo que el horno me dé problemas, y el frigorífico parece a prueba de bombas.
– Annie los sacaría por esa puerta en menos que canta un gallo. Mi madre se resistió durante años a hacer obras en la cocina de casa, hasta que Annie la convenció. Mi madre se pasaba el día quejándose de que nadie tenía en cuenta su opinión, pero al final le encantó el resultado.
Los labios de Kristen se curvaron; a Abe el gesto le pareció melancólico.
– Tu madre parece muy agradable. Se preocupa por su pequeño.
– La hermana pequeña es Rachel -la corrigió.
Ella arqueó las cejas.
– Ah, claro. Rachel es la que quiere ser como yo. Tiene trece años, ¿verdad?
Abe se encogió de hombros con un ademán exagerado.
– Eso parece.
– Una sorpresa tardía, ¿no?
– Más bien la campanada del siglo. -La miró con una sonrisa-. Recuerdo que a todos nos consternó descubrir que nuestros padres aún mantenían relaciones. -Kristen se rio entre dientes pero no dijo nada. Al cabo de un minuto, el silencio volvía a resultar insoportable-. ¿Y tu familia? -le preguntó Abe ante su propia sorpresa-. ¿Vive cerca?
Ella negó con la cabeza.
– No.
Abe se inclinó un poco hacia delante mientras aguardaba a que prosiguiera.
– ¿Y?
Ella se echó hacia atrás con un movimiento tan imperceptible que Abe estaba seguro de que la chica no era consciente de haberse retirado. A propósito o no, guardaba las distancias.
– No, no tengo familia en Chicago.
Abe frunció el entrecejo. El tono de Kristen se había tornado alicaído, y su mirada, vacua.
– ¿Dónde? ¿En Kansas?
Al oír mencionar el estado del que procedía, los ojos de Kristen emitieron un centelleo. Depositó la taza en la mesa poco a poco.
– No. Gracias por escoltarme hasta casa, detective Reagan. Ha sido un día muy duro para ambos. -Dicho esto, se levantó.
Él, aunque a regañadientes, habría hecho lo mismo de no haber observado el temblor de las manos de ella justo antes de que las entrelazara detrás de la espalda. Al verla allí de pie, ataviada aún con el traje oscuro y los zapatos de tacón, se dijo que aquella era la misma imagen que mostraba en los tribunales; impenetrable.
Pero le temblaban las manos, así que permaneció sentado.
El día anterior había confesado que no tenía amigos. Ahora resultaba que no tenía familia cercana. Las dos veces que había echado un vistazo a la casa, le extrañó no encontrar fotos ni recuerdos, a excepción de los diplomas de la facultad de derecho colgados en la pared del despacho.
– Siéntate, Kristen. -Abe acercó la silla adonde ella seguía de pie-. Por favor.
Ella apretó la mandíbula y apartó la mirada.
– ¿Por qué?
– Porque tienes que estar agotada.
Ella negó con la cabeza y los rizos botaron al compás.
– No. ¿Por qué tienes tantas ganas de saber cosas de mi familia?
– Porque… la familia es importante.
Ella se volvió a mirarlo. Su expresión ya no revelaba furia sino cansancio.
– ¿Te llevas bien con tu familia, detective?
«Detective.» Estaba empeñada en mantenerlo a raya. Y él estaba empeñado en derribar el muro que había construido a su alrededor.
– No nos hemos visto mucho durante los últimos años; gajes del oficio. Pero sí, nos llevamos bien. Es mi familia.
– Pues me alegro. De verdad. Pero deberías saber que la mayoría de las personas se lleva mal con sus familiares, no hay mucha unión. Casi todas las familias tienen problemas.
– Eres demasiado joven para estar tan amargada.
Kristen se abatió.
– Tengo bastantes más años de los que crees.
Abe se levantó.
– Lo que creo es que estás cansadísima. Trata de dormir un poco.
Ella torció el gesto.
– «Que duermas bien, Kristen» -recitó con amargura-. Pues me parece que no voy a dormir bien. -En cuanto vio que se disponía a abrir la boca, levantó la mano para detenerlo-. No me lo digas.
– ¿El qué?
– Que me vaya a un hotel. Estoy en mi casa. No permitiré que me eche.
Abe cogió las tazas y las depositó en el fregadero.
– No pensaba en eso. Quería proponerte ir a la farmacia a comprar algo que te ayude a conciliar el sueño.
Ella cerró los ojos y con una mano se aferró al respaldo de la silla.
– ¿Por qué eres tan amable conmigo, detective?
Aquella era una buena pregunta. Tal vez porque parecía estar muy sola. Tal vez porque había descubierto que estaba asustada y que era vulnerable a pesar de mostrarse ante todo el mundo como valiente y segura de sí misma. Quizá porque no tenía vestidos de fiesta en el armario ni fotos de su familia en la mesilla de noche. O porque la encontraba fascinante y no lograba apartarla de sus pensamientos. Tal vez porque su risa le atenazaba el estómago.
– No lo sé -respondió muy serio-. ¿Por qué no me llamas por mi nombre?
Ella abrió los ojos de forma desmesurada. La pregunta la puso en guardia.
– No lo sé.
– Pues entonces estamos en paz.
Se puso el abrigo, consciente de que ella seguía todos los movimientos de sus manos mientras se lo abrochaba. Cuando llegó al botón del cuello, ella alzó los ojos hasta topar con los de él. Abe notó que su pregunta aún la inquietaba. Y le pareció bien. A él también le inquietaba la que ella había formulado.
– Mañana por la mañana pasaré a recogerte por el juzgado. Me gustaría hacer una visita a las otras víctimas originales antes de que las familias de los cinco asesinados aten cabos gracias a la noticia de esta noche y se pongan en contacto con tu amiga Richardson.