Kristen frunció los labios al oír mencionar a Richardson.
– Allí estaré.
Jueves, 19 de febrero, 22.30 horas
Tenía frío, mucho frío; le dolían las manos. Observó con ansia los guantes forrados de pelo que sobresalían de la bolsa. Enseguida iría por ellos. De momento tenía que contentarse con los de fina piel. Los más calentitos eran tan gruesos que no le permitirían notar el tacto del gatillo.
Avanzó un poco reptando y trató de acomodarse en el duro pavimento de hormigón. Luchó contra las ganas de mirar el reloj. No podía haber transcurrido más de una hora desde que había llegado. Durante las gélidas mañanas en que salía a cazar plumíferos, el tiempo que permanecía agazapado y oculto triplicaba a aquel. Bien podía aguardar un poco más para obtener una recompensa mucho más valiosa.
Esperaba que su invitado apareciese de un momento a otro. Ni siquiera había concebido la posibilidad de que Trevor Skinner no se presentara. El anzuelo era demasiado tentador, tanto que incluso alguien como Skinner se arriesgaría a acudir en plena noche a un lugar como aquel. Hacía ya varias semanas que había delimitado el territorio con estacas. La elección del escenario era fundamental. Y aquel lugar lo tenía todo. Un callejón oscuro y desierto. Unos almacenes. Un edificio abandonado de dos plantas con acceso difícil al tejado. Y un barrio lo bastante degradado como para desalentar a quien pudiera oír algún ruido y se le ocurriera salir a investigar.
Oyó el coche antes de verlo doblar la esquina; llevaba encendidas solo las luces de cruce. Aguardó y observó en silencio mientras Skinner salía de su Cadillac. Entonces asomó un poco la cabeza y echó un vistazo para asegurarse de que era el hombre al que estaba esperando.
Era él.
Con gesto rápido bajó la vista a las rodillas de la víctima apretó el gatillo -una vez, dos- y Skinner cayó con un alarido. Exactamente igual que King. Sintió que lo invadía la emoción del triunfo, pero enseguida la apartó de sí y se concentró en la imagen, en Skinner, de forma que cuando el hombre movió la mano disparó de nuevo. La mano de Skinner describió un arco y cayó inerte en el pavimento. Había pretendido sacar algo del bolsillo del abrigo, pero ya no podía.
Esperó medio minuto más hasta convencerse de que Skinner no se movía. Recogió deprisa sus cosas, incluidos los casquillos; hizo una mueca de dolor al quemarse la mano. La policía lo atraparía tarde o temprano, pero no pensaba facilitarle las cosas más de la cuenta. Al cabo de un minuto ya había descendido hasta la calle y guardaba los bártulos en el pequeño compartimento oculto en la parte trasera de su furgoneta. Si la policía registraba a fondo el vehículo, lo descubriría; sin embargo, a simple vista no se advertía más que la caja vacía de una furgoneta de reparto. Por fin miró el reloj para calcular el tiempo que le llevaría el resto de la operación. Descargó de la furgoneta la plataforma con ruedecillas que había fabricado expresamente para la ocasión. Bajó la rampa; hizo rodar la plataforma hasta el punto señalado; deslizó por la plataforma al hombre, que se retorcía de dolor, y lo ató boca abajo. Normalmente el cinturón de seguridad servía para salvar vidas, pensó mientras hacía caso omiso de Skinner, que entre gemidos insistía en saber quién era. Sus débiles amenazas de venganza solo sirvieron para arrancarle una sonrisa.
Nada de eso. Si alguien iba a vengarse aquella noche era él. Y también la mujer cuya brutal violación había quedado impune un año atrás. Renee Dexter.
Y, por supuesto, Leah.
Hizo rodar la plataforma por la rampa para subirla hasta la furgoneta y colocarla sobre el grueso plástico que había tendido en el suelo. Las manchas de sangre eran muy difíciles de eliminar de la fibra de las alfombras, y la policía contaba con medios para detectar los restos incluso después de haberlas limpiado a conciencia.
Para terminar, palpó los bolsillos de Skinner y extrajo un juego de llaves, una agenda electrónica y una pistola que parecía de juguete.
– ¿Por qué… por qué… haces esto? -preguntó Skinner con el semblante demudado en una mueca de agonía-. Llévate… la cartera… Por favor… Deja… que me vaya.
Él se rio entre dientes, cerró las puertas de la furgoneta, se metió la agenda electrónica en el bolsillo y lanzó las llaves de Skinner al asiento delantero del Cadillac. Abandonado y con las llaves a la vista, el coche habría desaparecido antes del amanecer.
Miró el reloj por última vez. Había tardado menos de siete minutos en llevar a cabo la segunda parte de la operación. Con King había tardado ocho minutos y veinte segundos. Se estaba superando.
Jueves, 19 de febrero, 22.30 horas
Desde el coche, Abe observó el edificio donde vivía, la fachada de oscuro hormigón que parecía fundirse con el cielo. Tenía veinte pisos. Él vivía en el decimoséptimo. En casa tenía una cama, una silla reclinable y televisión por cable; sintonizaba doscientos cincuenta canales. Sin embargo, llevaba más de seis meses sin encender el aparato. Su espacio era un caparazón vacío, un lugar al que solo acudía para dormir.
Exhaló un suspiro lleno de frustración. Tampoco en su espacio había fotografías de su familia. Estaban almacenadas en cajas, en el guardamuebles. Las había llevado allí el día en que entregó las llaves de la casa a los nuevos propietarios. La casa que había comprado con Debra tenía un patio con unos balancines y una habitación destinada al bebé que ella había empezado a decorar en color azul cielo.
Kristen Mayhew contaba con el pequeño cobertizo del patio trasero.
Él utilizaba el guardamuebles de Melrose Park. «Soy el hipócrita número uno», pensó.
Miró el reloj del salpicadero y luego los platos vacíos del asiento del acompañante. Su madre a veces se acostaba tarde, sobre todo cuando Aidan o su padre patrullaban de noche. «Como cuando lo hacía yo», pensó, recordando la cantidad de veces que había aparecido a la hora del desayuno tras acabar el turno y la había encontrado dormitando en su sillón favorito, cuando ya hacía horas que había terminado la película que había empezado a ver.
Sin volverse a mirar atrás, abandonó el recinto de su casa. Veinte minutos después penetraba en el de la casa de sus padres. La luz, cómo no, estaba encendida, y su llave aún servía para abrir la puerta de entrada. Había pasado mucho tiempo desde que se fue de allí de madrugada, antes de casarse con Debra. Allí estaba su madre, dormitando en su sillón favorito. Había cosas que no cambiaban nunca. Dejó los platos en el fregadero y la tapó con una manta. Pero ella se removió un poco y enseguida se despertó; al verlo se quedó estupefacta.
– ¿Qué ocurre?
Él se puso en cuclillas.
– Nada. Vengo a devolverte los platos.
Ella lo miró con recelo.
– Eso podía esperar hasta el domingo. ¿Qué ocurre?
Abe le tomó la mano y la entrelazó con la suya.
– Nada. Te echaba de menos.
Ella sonrió y le apretó la mano.
– Yo también. ¿Cómo ha ido la reunión?
– Ha sido muy larga. El estofado de col nos ha venido de maravilla.
– Me alegro. ¿Se burló alguien de ti porque tu madre te llevara la cena?
Él esbozó una sonrisa.
– ¡Qué va! De hecho, han propuesto que te unas al equipo.
Ella le devolvió la sonrisa y su expresión se tornó pícara.
– Y… ¿qué tal con la señorita Mayhew?
Abe se hizo el tonto, pero sabía perfectamente a qué se refería.
– Llegó demasiado tarde para probar el estofado. Mia se lo había terminado todo excepto las verduritas.
Su madre negó con la cabeza.
– No, no me refiero a eso. Es muy guapa. Y también inteligente.
Tendría que haberse imaginado que su vista de lince no iba a perderse ni un detalle del intercambio de miradas con Kristen.