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– Sí, lo es.

– No te ha gustado nada que no te hiciese caso.

Lo conocía muy bien.

– No, no me ha gustado.

El semblante de la mujer adquirió serenidad.

– ¿Quieres que prepare un tentempié?

Abe la obligó a levantarse.

– No. Quiero que te vayas a la cama.

Ella hizo una mueca.

– Tu padre ronca.

– No es verdad. -Kyle Reagan apareció rascándose la abultada panza.

– ¡Sí! ¡Y mucho! -La voz desdeñosa procedía de detrás de la puerta cerrada del dormitorio de Rachel.

– ¿Se puede saber qué haces despierta a estas horas de la noche? -la amonestó su padre.

Rachel asomó la cabeza por la puerta y Abe se quedó perplejo al ver a su hermana pequeña vestida tan solo con una camiseta muy holgada. Había crecido mucho. «Dios mío. Tiene trece años y parece que tenga diecisiete», pensó. Se preguntó si su padre habría limpiado últimamente la pistola. Su morena cabellera lucía un peinado distinto y se observaban restos de rímel alrededor de sus ojos azules, que en aquel momento alzaba con un exagerado gesto de exasperación.

– Como si hubiera forma de dormir con todo este ruido -protestó-. Es imposible. -Observó detenidamente a Abe-. Hola, Abe. Me alegro de que hayas vuelto.

Seguro que quería algo. No podía haber cambiado tanto en tan solo un año.

– Hola, Rach.

– ¿Me conseguirás la entrevista o no?

Abe volvió a mirarla, perplejo.

– ¿A quién?

– Querrás decir «¿Con quién?» -lo corrigió en tono de superioridad. Esta vez fue Abe quien puso cara de exasperación.

– Muy bien, pues ¿con quién?

– Con Kristen Mayhew. Mamá dice que os lleváis muy bien.

Abe se estremeció al pensarlo.

– ¿Quieres entrevistar a Kristen Mayhew? ¿Con una cámara?

– No, con una cámara no. Con un bolígrafo. Tenemos que presentar un trabajo sobre la carrera que queremos estudiar y entrevistar a alguien que ejerza esa profesión. Yo quiero ser abogada, como la señorita Mayhew.

– A la porra con los abogados -gruñó Kyle-. Los policías nos dejamos la piel para atrapar a los criminales y esos abogados presuntuosos les consiguen la libertad.

Rachel sacudió la cabeza.

– Esta abogada es diferente, papá. Es la que ha condenado a más criminales de toda la oficina. -Rachel arqueó las cejas. A Abe le pareció que las llevaba mucho más depiladas que la última vez que él había estado en casa de sus padres-. Bueno, ¿qué? ¿Me conseguirás la entrevista o no?

«Si ni siquiera he sido capaz de conseguir que me llame por mi nombre», pensó Abe.

– No lo sé -respondió con sinceridad-. Pero puedo preguntarle qué le parece.

– El año pasado leyó un discurso en la ceremonia de graduación de la facultad de derecho de la Universidad de Chicago -explicó Rachel.

Kyle se dirigió a la cocina sin dejar de despotricar contra los abogados.

A Abe le costaba imaginarse la escena.

– ¿De verdad?

Rachel asintió y el gesto hizo que sus pendientes se zarandearan.

– He buscado en internet y he encontrado el discurso en una de las páginas de la universidad. Dice que orientar a los jóvenes es una de las mejores cosas que pueden hacer los profesionales para garantizar un futuro de éxito en todos los campos.

– ¿De verdad?

Rachel volvió a poner cara de estar perdiendo la paciencia y Abe descubrió a su madre tratando de disimular una sonrisa.

– Ahora resultará que en esta casa hay eco -dijo Rachel en un tono idéntico al que había utilizado su padre-. Sí, de verdad. Por eso me imagino que estará encantada de ayudar a una joven como yo. -Su expresión se suavizó hasta convertirse en una sonrisa a la que Abe no podría resistirse-. Venga, Abe. Por favor.

Abe exhaló un suspiro de impotencia.

– Se lo preguntaré, Rachel. Pero no te lleves un mal rato si dice que no. Siempre anda muy ocupada.

Rachel ladeó la cabeza en señal de complicidad.

– Podrías invitarla a comer el domingo. Mamá va a asar una pierna de cerdo enorme. Habrá suficiente para todos.

– No, no y no -dijo Abe con el entrecejo fruncido; pero no porque no le gustase la idea de sentarse a la mesa frente a Kristen, en casa de sus padres. Eso no le costaría nada. La mueca era debida a la mirada desdeñosa con que ella lo había obsequiado al rechazar su invitación-. ¿Te ha quedado bastante claro?

La emoción se desvaneció del rostro de Rachel.

– Bueno, pregúntale lo de la entrevista. Seguro que me pondrían un diez.

– Vale.

– Me parece que hace rato que deberías haberte acostado, cielo -dijo Becca.

Rachel, aunque a regañadientes, obedeció a su madre. Pero antes se puso de puntillas para darle un beso a Abe.

– Me alegro de que hayas venido -susurró-. Aunque no me consigas la entrevista.

Él la besó en la frente. Por lo general, era una buena chica.

– Yo también, pequeñaja. Haz el favor de irte a la cama, si no mañana te dormirás en clase.

Cuando la puerta del dormitorio de Rachel se cerró, la madre de Abe lo abrazó por la cintura.

– Se ha emocionado tanto al saber que conoces en persona a la señorita Mayhew… Yo le había aconsejado que esperara un poco para pedírtelo, pero ya sabes cómo es. Si quieres quedarte a dormir, tienes la cama preparada, Abe. Para desayunar, haré gofres; y de los buenos, no de esos congelados que no valen nada.

– A mí nunca me preparas gofres de los buenos -se quejó Kyle desde la cocina.

– No te convienen -le espetó su madre-. Estás a dieta.

Abe no pudo evitar esbozar una sonrisa al oír a su padre protestar entre dientes.

– No, mamá. Mañana tengo que estar muy temprano en el despacho. Solo quería verte un momento.

Su madre exhaló un suspiro y lo acompañó hasta la puerta.

– ¿Sigue en pie lo del domingo?

– Si no surge algo verdaderamente importante sobre el caso, sí.

Viernes, 20 de febrero, 1.00 horas

– ¿Por qué?

Lo preguntó con un grito agónico; era lo mínimo que se merecía aquel loco.

Él le dedicó una mirada glacial.

– Por Renee Dexter.

Skinner volvió la cabeza para seguirlo con la mirada mientras él escogía los utensilios; tenía los ojos desorbitados de terror.

– ¿Quién?

Él se detuvo. Centró su atención en la imagen patética de Skinner, que seguía amarrado con el cinturón. Ya no sangraba tanto, pero el traje de Armani había quedado empapado. Aquella sería la prenda más cara que embutiría en una caja, hasta el momento. Skinner intentaba visualizar la respuesta en su memoria mientras hacía esfuerzos por resistir.

– No te acuerdas de ella, ¿verdad?

– No. Mierda. ¿Dónde estoy? -gritó Skinner con dificultad-. ¿Quién eres?

Él se dio media vuelta e hizo caso omiso a las preguntas de Skinner.

– Renee Dexter era una estudiante de la universidad que volvía a casa en coche después de su jornada laboral; trabajaba a tiempo parcial en la biblioteca del campus. -Abrió un cajón y examinó el contenido-. Tuvo un problema con el coche y no llevaba móvil. -Eligió un objeto y lo sostuvo en alto para que Skinner lo viera antes de depositarlo en la mesa contigua. Se regocijó al ver su mirada vidriosa llena de terror-. ¿La recuerdas ahora?

– Oh, Dios -gimió Skinner mientras se retorcía para tratar de escapar-. Estás loco. Loco.

– Tal vez. Eso será Dios quien lo juzgue. -Empujó una carretilla que contenía un torno de banco y la situó a la altura de la cabeza de Skinner. Ajustó los extremos del torno a ambos lados de su cráneo y giró la manivela. Skinner se quejó-. Renee Dexter estaba aterrorizada. Tenía diecinueve años y estaba asustadísima. Un coche se detuvo y de él emergieron dos hombres de aspecto elegante; ella suspiró aliviada. Tenía miedo de que apareciera algún gamberro o algún criminal. Sin embargo, la suerte le sonreía; el destino había enviado a dos jóvenes agradables a su encuentro. -Volvió a girar la manivela y Skinner empezó a sollozar-. Por desgracia, los jóvenes agradables no eran tales, señor Skinner. Cuando a la mañana siguiente la policía dio con Renee Dexter, la chica iba esquivando coches por la carretera con las prendas rasgadas. Creyeron que estaba bebida, pero no era así. ¿Mejora su memoria, señor Skinner?