Выбрать главу

– ¿Por qué? -dijo Skinner entre sollozos-. ¿Por qué me haces esto?

Su semblante se demudó.

– Qué ironía. Renee preguntó exactamente lo mismo a aquellos dos jóvenes cuando se abalanzaron sobre ella aquella noche para violarla por turnos. Luego contó que ellos se habían reído y le habían respondido: «Porque podemos». La policía logró detener a los dos hombres gracias a la descripción que proporcionó Renee desde la cama del hospital y a los cargos archivados en la fiscalía del Estado. -Alzó el arma que había elegido y la volvió a ambos lados para observar su brillo bajo la lámpara-. Y ahí es donde aparece usted, señor Skinner. -Se rio con escarnio mientras veía en la mirada de Skinner que el hombre había caído en la cuenta-. Veo que ya se acuerda.

– Tú… No estabas allí.

– ¿Está seguro, señor Skinner? ¿Está completamente seguro? Se sentaba en la misma mesa que aquellos dos animales. -La voz le temblaba de rabia-. Y cuando Renee subió a prestar declaración, usted se ensañó agrediéndola por segunda vez. No con los puños o con… -hizo un ademán para señalar las partes bajas de Skinner-, pero la agredió. Dijo que era una chica aficionada a las fiestas y que aquellos jóvenes la habían conocido el fin de semana anterior. No era cierto. Y que ella los había citado. Tampoco era cierto. Un análisis demostró que la muchacha había consumido marihuana durante las dos semanas anteriores, lo cual confirmaba el tipo de mujer que era. Así que usted concluyó que era ella quien había buscado que aquello ocurriera y que les había permitido que lo hicieran para después acusarlos falsamente. -Se inclinó sobre él con el cuerpo temblándole de furia-. ¿Se acuerda ahora, señor Skinner?

– Yo…

– Responda a la pregunta, señor Skinner, ¿sí o no?

Skinner gimió.

– ¡Dios mío!

Él tensó el aparato.

– Ahora no se siente tan cómodo, ¿verdad, señor Skinner? He meditado sobre esto durante mucho tiempo. Esos animales quedaron en libertad porque usted presentó a Renee Dexter como una chica de moral libertina. Cuando trató de defenderse le tendió trampas para que se contradijera una y otra vez hasta que se quedó sin habla. -Había recobrado la calma y estaba preparado para hacer lo que debía-. Pues ahora sabrá lo que es quedarse sin habla, señor Skinner.

Viernes, 20 de febrero, 3.45 horas

Zoe se quitó de encima la sábana.

– ¡Arriba! -Lo aferró por el hombro y lo agitó con impaciencia-. ¡Levántate y espabila, grandullón! Es hora de que te marches a casa.

Él se volvió boca arriba y la miró con ojos legañosos.

– ¿Qué hora es?

– Casi las cuatro. El despertador de tu mujer sonará en menos de dos horas y media.

Él abrió los ojos de golpe.

– Mierda. -Se levantó de inmediato y cogió los calzoncillos-. ¿Por qué narices has permitido que me durmiera?

Zoe apartó la mirada con la excusa de recoger los objetos que se le habían caído de los bolsillos. Cuando logró controlar el destello de sus ojos, se volvió hacia él con todas sus pertenencias en las manos.

– Porque yo también me he quedado dormida. -Le dedicó una sonrisa seductora-. Me has dejado exhausta.

Él levantó la cabeza tras remeterse la camisa en los pantalones y se la quedó mirando con expresión engreída. Se lo había ganado, así que de momento Zoe permitió que se creciera.

– Follas de maravilla.

Ella frotó sus labios contra los de él.

– Mmm, Lo sé. Pero es hora de que te marches a casa.

– Ya me voy. ¿Quieres que quedemos esta noche?

«No si puedo evitarlo», pensó. De todos modos, le sonrió.

– Me encantaría. -Si todo iba bien, al atardecer estaría enfrascadísima en aquel caso cuyo interés aumentaba con cada nuevo chisme que llegaba a sus oídos.

Él le sostuvo la barbilla entre sus dedos y le estampó un fugaz beso en los labios.

– Luego te llamo.

Ella lo acompañó a la puerta.

– Claro.

En cuanto hubo salido, cerró la puerta y corrió el cerrojo. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro.

Se preguntaba si él sabía que hablaba en sueños. Imaginaba que su esposa sí.

Descolgó el teléfono.

– Scott… Pues claro que sé qué hora es. Quedamos en la estación dentro de una hora. El día promete.

Capítulo 9

Viernes, 20 de febrero, 8.30 horas

– Tienes mala cara, cariño.

Kristen levantó la vista del montón de papeles que inundaba su escritorio. Se la veía agotada. La secretaria de John la observaba desde la puerta de su despacho con cara de preocupación y una pila de carpetas en las manos.

– Muchas gracias, Lois. -Miró con recelo las carpetas-. No me digas que todo eso es para mí.

– Me temo que sí. -Lois soltó la pila en el escritorio y se llevó las manos a las caderas-. ¿Has dormido esta noche?

«No he pegado ojo.»

– Un poco. -Desenroscó la tapa del termo que Owen había llenado de café aquella mañana y se sirvió otra taza-. Pero tengo suficiente café para mantenerme despierta.

– ¿Ha habido más cartas?

Kristen negó con la cabeza mientras pensaba en las huellas que Reagan había descubierto en la nieve, alrededor de su casa.

– No, pero no tardarán en llegar. Es solo cuestión de tiempo.

Su compañero, el también fiscal Greg Wilson, asomó la cabeza por la puerta.

– ¿Se lo has preguntado, Lois?

Lois se volvió con mala cara.

– Estaba a punto de hacerlo.

Greg entró tranquilamente en el despacho. Acababa de cumplir los cuarenta, sin embargo conservaba un aspecto atractivo y juvenil que hacía que a todas las mujeres de la oficina se les cayera la baba de admiración y, al mismo tiempo, se les pusiera el pelo verde de pura envidia.

– Todos estamos preocupados por ti, Kristen.

Aquella confesión la irritó.

– Sé cuidarme, Greg.

Él agitó la mano en el aire haciendo caso omiso de sus palabras.

– Vente a casa. Desde que mi suegra se escapó con aquel hombre del bingo tenemos una habitación libre.

Kristen se quedó boquiabierta.

– ¿Qué?

– Sí, mi suegra conoció a ese tipo y…

Kristen sacudió la cabeza, tanto para aclarar sus ideas como para obligarlo a callarse.

– No… ¿Me estás diciendo que me vaya a vivir contigo?

– Todos sabemos que vives sola -se apresuró a explicar Lois-. Y nos jugamos al palito más largo quién iba a proponértelo.

Kristen los miró con recelo.

– Y perdiste tú, ¿no, Greg?

– No. Yo gané. Quiero que te vengas a casa. Por lo menos hasta que todo esto se calme.

Kristen, emocionada, logró esbozar una sonrisa.

– Creo que a tu mujer no le parecería muy bien.

– Fue ella quien tuvo la idea.

Kristen abrió los ojos como platos.

– ¿Le has contado lo de las cartas?

Greg frunció el entrecejo.

– Claro que no. Le he dicho que estabas haciendo obras en casa y que necesitabas alojarte unos días en otro sitio. -Su expresión se tornó algo tímida-. Anoche vio a Richardson por la tele, y esta mañana, durante el desayuno, me ha preguntado abiertamente si lo tuyo tenía algo que ver. Pero no le he contado nada. ¿Qué dices?

Kristen se los quedó mirando a ambos; la contemplaban con expresión de sincera preocupación, lo cual la conmovió un poco. Hacía mucho tiempo que nadie se tomaba la molestia de cuidar de ella. Bueno, en realidad no hacía tanto. Reagan lo había hecho la noche anterior.