– Digo que es un gesto muy amable.
Greg hizo un mohín.
– ¿Pero…?
– Pero no puedo permitir que me echen de mi casa. Además, el teniente Spinnelli ordenará que me instalen una cámara hoy mismo.
Greg se resignó.
– Creo que te equivocas.
Kristen les sonrió.
– Gracias. De verdad.
Lois se inclinó sobre el escritorio para darle un breve abrazo y Kristen se puso tensa. Hacía mucho tiempo que no le demostraban cariño, y aún hacía más tiempo que nadie le daba un abrazo de ningún tipo. Lois se apartó enseguida, con un ligero rubor en las mejillas, pero no se disculpó por aquel gesto espontáneo.
– Si podemos ayudarte, dínoslo, Kristen.
– Lo haré; os lo prometo. -Kristen se esforzó por que su tono sonase liviano y compensar así la negativa-. Me queda menos de una hora para revisar todos estos informes antes de marcharme al juzgado.
Lois salió meneando la cabeza. Greg se detuvo en la puerta para hacer un último comentario. Su semblante, habitualmente afable, aparecía sombrío.
– Kris, estamos realmente preocupados. No subestimes a ese tipo.
Ella lo miró a los ojos.
– No lo haré.
Luego, volvió a sentarse y se quedó mirando las carpetas que se habían sumado a su carga de trabajo. Al cabo de un momento, se espabiló y abrió la primera carpeta de la pila. Suspiró. Otro caso de violación.
Había días mejores y días peores. Todo apuntaba a que aquel iba a ser del segundo tipo.
Viernes, 20 de febrero, 11.00 horas
– Gracias por esperarme.
Abe miró a Kristen, que viajaba en el asiento del acompañante. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde que se había subido al todoterreno con el abrigo desabrochado y las mejillas encendidas debido a una mezcla de frío y trabajo excesivo. Había bajado la escalera del juzgado tan deprisa que, teniendo en cuenta que llevaba zapatos de tacón alto, a Abe le había extrañado que no tropezase y se cayera. Durante los veinte primeros minutos de trayecto no hizo más que volverse a mirar atrás, nerviosa, hasta que se convenció de que Zoe Richardson no los seguía; aunque lo hubiese intentado, haría unos cuantos kilómetros que la habrían dejado atrás.
Ahora permanecía inmóvil, con los ojos posados en el paisaje del pequeño barrio periférico en el que vivía la primera joven víctima de Ross King.
– No te preocupes -la tranquilizó Abe-. He aprovechado para hacer unas cuantas llamadas.
Pasó medio minuto antes de que ella susurrara:
– ¿Hay novedades?
– Jack ha encontrado restos de leche en polvo en el interior de una de las cajas. Un dos por ciento.
Kristen ni siquiera pestañeó; seguía con los ojos pegados a la ventanilla.
– ¿Os extraña encontrar leche en cajas para transportar leche?
– No, pero quiere decir que las han utilizado para eso hace poco.
– Así que está en contacto con una persona o con una empresa que recibe partidas de leche.
– Sí; a no ser que las utilice para colocar encima el equipo de música.
– Podría haberlas recogido de la basura.
Abe se encogió de hombros, se sentía un poco turbado ante el poco ánimo de Kristen. Aquella mañana le había ocurrido algo, pero no tenía claro que confiara en él lo bastante como para sincerarse.
– Tal vez, pero al menos tenemos otra pieza del rompecabezas. Jack también ha encontrado trocitos de mármol en todas las cajas, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que el asesino colocó losetas de ese material en el fondo.
Aparcó el todoterreno junto al bordillo, enfrente de su primer destino.
– ¿Piensas contarme lo que ha ocurrido? -le preguntó con aspereza. Kristen se puso tensa-. ¿Alguna otra carta?
Kristen se volvió de súbito; sus ojos verdes expresaban enfado y agitación.
– No. Te lo habría dicho. No soy idiota, detective.
Él tenía ganas de acariciarla, de tranquilizarla, pero por supuesto no lo hizo.
– Entonces, ¿qué es?
Su mirada se aplacó.
– Hoy he tenido otro caso de agresión sexual. La víctima y su padre me estaban esperando en la puerta del despacho cuando he salido de la reunión para presentar peticiones.
Eso explicaba su tensión cuando lo llamó al móvil para decirle que tardaría media hora más de lo previsto. Sin embargo, él no dijo nada, aguardó a que continuara. Y ella lo hizo unos instantes después, tras relajar los hombros con gesto de agotamiento.
– La chica ha irrumpido en mi despacho; le aterrorizaba tener que declarar. Y a su padre no se le ha ocurrido nada mejor que amenazarla si no lo hacía. Ha dicho que no descansaría hasta ver a ese pedazo de escoria entre rejas.
– Su declaración no resultará muy convincente si el jurado sabe que actúa bajo coacción.
Kristen se volvió a mirar la casa al otro lado de la acera.
– No; aunque a mí me parece que dice la verdad. Por si fuera poco, no hay muchas señales físicas que lo demuestren. Me toca a mí decidir si tenemos pruebas suficientes para presentar cargos contra el hombre a quien acusa.
– Y si lo haces, tendrás que obligarla a subir al estrado. -Siguió con su mirada la de Kristen y la posó en la casa-. Como a los chicos del caso de King.
Ella exhaló un largo y profundo suspiro.
– Y como en el caso de Ramey y en todos los demás. Cada vez que una víctima de agresión sexual se presenta ante el tribunal, revive los hechos.
– Tal vez les sirva para que las heridas cicatricen, para olvidar lo ocurrido y seguir adelante con sus vidas.
Kristen se volvió y lo miró a los ojos. Su expresión, repleta de aflicción, pesar y vulnerabilidad, lo atenazó.
– No lo olvidarán nunca -dijo con un hilo de voz-. Tal vez las heridas cicatricen y ellas consigan salir adelante con sus vidas, pero nunca, nunca olvidarán lo ocurrido. -Abrió la puerta del coche y se bajó de un salto-. Vamos a terminar de una vez con esto -dijo sin volverse a mirarlo de nuevo.
Abe se quedó pasmado y no pudo hacer más que contemplarla desde su asiento mientras ella se aproximaba a la casa. Por fin reaccionó y la alcanzó.
– Kristen…
Con un ademán severo y resuelto, ella dio por terminada la conversación. De todas formas, Abe no sabía qué decir.
Kristen señaló el camino de entrada a la casa.
– Los Reston tienen compañía -observó.
Era cierto. Había coches aparcados en el camino y también junto al bordillo opuesto.
– El señor Reston fue el interlocutor. El matrimonio se mantuvo unido -explicó Kristen, y enfiló el camino de entrada a casa-. Es lo que hacen todos los padres. Imagino que las cosas siguen igual.
Ni siquiera tuvo que llamar a la puerta. Esta se abrió en el mismo momento en que llegaban al porche. Los recibió un hombre vestido con una sudadera de los Bears, unos vaqueros desgastados y calcetines. Su rostro expresaba resignación.
– Señorita Mayhew -la saludó en tono suave-. La estábamos esperando. -Abrió más la puerta y ellos entraron.
Abe paseó la mirada por la sala en la que se encontraban sentados nueve adultos más. Todos lo escrutaron con curiosidad y a continuación dedicaron una mirada hostil a Kristen.
Aquello enfureció a Abe. Respiró hondo y se esforzó por no olvidar por qué se encontraban allí. Los hijos de aquellas personas habían sido víctimas de una horrible agresión, no únicamente por parte de King sino también por culpa del sistema judicial, que no había conseguido que se hiciese justicia. Se situó detrás de Kristen y posó la mano en su hombro con suavidad. Al notar el contacto, ella se estremeció; al momento, carraspeó.
– Este es el detective Reagan. Le han asignado este caso.
No hacía falta que especificara de qué caso se trataba. Ninguno de los padres pronunció una sola palabra.
Aunque tensa, Kristen continuó:
– Ross King ha sido asesinado. Nuestra intención era ir casa por casa para informar a los familiares de sus víctimas, pero el hecho de que se encuentren todos juntos nos facilita el trabajo.