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– Qué alegría facilitarle el trabajo, señorita Mayhew. -El comentario desdeñoso provino de uno de los hombres que estaban sentados en el sofá; de nuevo Abe tuvo que esforzarse para no olvidar por qué se encontraban allí.

Kristen pasó por alto el ataque.

– Es obvio que todos estaban al corriente.

Reston señaló una mesita auxiliar sobre la que había cinco sobres dispuestos en hilera.

– Todos recibimos una carta ayer por la mañana. Y luego vimos a aquella periodista en las noticias.

Kristen examinó la sala.

– ¿Dónde están los Fuller?

– Se divorciaron el año pasado -respondió Reston-. Ella regresó a Los Ángeles con el chico. A él la empresa lo trasladó a Boston. Su matrimonio no superó tantas tensiones.

Una mujer se levantó, se colocó de pie junto a Reston y le pasó la mano por la cintura como muestra de apoyo conyugal.

– Supimos que ayer fueron a ver a esas mujeres y nos imaginamos que era solo cuestión de tiempo que vinieran aquí. -Levantó una mirada retadora y la cruzó con la de Abe-. Antes éramos una familia normal, una familia feliz, detective Reagan. Hasta que apareció Ross King. Ninguno de nosotros lamenta que haya muerto.

Abe escrutó los rostros de cada uno de los familiares presentes y eligió con cuidado sus palabras.

– No dudo de su inteligencia, y por tanto no voy a comportarme como si lo hiciera. No pienso degradarme, y por tanto no voy a comportarme como si Ross King mereciera mi compasión. Sin embargo, mi trabajo consiste en investigar los crímenes al margen de mi opinión sobre la víctima. No espero que lo comprendan, pero eso no hará que lo que digo sea menos cierto.

En la sala se hizo el más absoluto silencio. Entonces una de las mujeres se echó a llorar. Su marido se puso en pie con el rostro encendido de furia e impotencia.

– Díganos, señorita Mayhew. ¿King sufrió mucho?

La mujer levantó la vista, las lágrimas le rodaban por las mejillas.

– Nos lo debe.

Kristen se volvió a mirar a Abe y, por un instante, la angustia de la madre que sollozaba se reflejó en sus propios ojos. Al momento, el sentimiento se desvaneció. Se volvió de nuevo hacia los padres que aguardaban su respuesta.

– No puedo ofrecerles detalles de una investigación en curso.

– ¡Váyase al infierno! -Otro de los padres se puso en pie-. Aquella vez le hicimos caso y fueron nuestros hijos los que pasaron por un infierno, y todo porque nos prometió que iba a meterlo entre rejas. -Se dejó caer en el asiento, hundió la barbilla en el pecho y empezó a estremecerse-. ¡Váyase al infierno! -volvió a renegar entre sollozos.

Abe la vio dudar.

– No puedo darles detalles -repitió-, pero…

El padre levantó la vista y, al mirarlo a los ojos, Abe se sintió atenazado por su suplicio.

– Pero ¿qué? -sollozó el hombre.

– Sufrió -se limitó a decir Kristen.

– Mucho -añadió Abe en tono rotundo; se preguntaba qué harían aquellas parejas a continuación. Se miraron entre ellas, sus ojos reflejaban una morbosa expresión de alivio-. Entiendo que cuando encontremos al asesino quieran enviarle una postal de agradecimiento, pero…

– Y una botella de whisky escocés de veinte años.

– Y una invitación para que pase con nosotros las vacaciones en Florida.

– Y un abono para ir a ver a los Bears.

Abe levantó la mano para apaciguarlos.

– Me lo imagino. Sin embargo, tengo que pedirles que colaboren. ¿Alguno de ustedes vio algo que pueda ayudarnos a establecer la hora de la entrega de esas notas? -Nadie abrió la boca y Abe suspiró-. Es obvio que son personas inteligentes. Saben por las noticias que King no ha sido el único asesinado. Saben que yo no puedo tolerar que nadie se tome la justicia por su mano. Si ustedes lo consienten, será como si hubiesen matado personalmente a King.

– ¿Y qué le hace suponer que no lo hemos hecho? -preguntó Reston en tono tranquilo.

– Yo no supongo nada -aclaró Abe-. Pero, tal como he dicho, me parecen personas inteligentes. Saben que todos están en mi lista de sospechosos. Y también saben que eso no va a facilitarles las cosas a sus hijos. Ya han pasado por un infierno. Creo que el único motivo por el que ustedes no mataron a King hace tres años fue que no querían que sus hijos los vieran entre rejas. -Abe observó que todos se estremecían y supo que había conseguido lo que pretendía-. Necesito saber cuándo recibieron las notas y dónde estaban la noche en que King desapareció.

– ¿Cuándo desapareció? -preguntó la señora Reston.

– Lo primero es lo primero. -Abe sacó su cuaderno-. A los Reston ya los conozco; los demás tendrán que decirme su nombre, y luego dónde encontraron la nota y cuándo la recibieron.

El señor Reston se encogió de hombros.

– Anteayer por la noche me quedé dormido en el sofá. Me desperté a las tres de la madrugada y abrí la puerta para cerrar el postigo. Entonces vi la nota colocada en el marco.

– Muy bien. -Abe lo anotó-. A ver, el siguiente.

Los demás padres declararon haber encontrado las notas cuando se despertaron; uno, a las seis; otros, a las siete. Habían respondido todos excepto el hombre que había insultado a Kristen, quien seguía sentado y cabizbajo. Abe aguardó, pero el hombre no dijo nada.

Kristen no había pronunciado palabra durante el interrogatorio. Se inclinó y posó la mano en la espalda del hombre.

– ¿A qué hora llegó a casa, señor Littleton?

El hombre levantó la cabeza y entrecerró sus ojos enrojecidos.

– ¿De qué me habla?

Su esposa suspiró con desaliento.

– Ya sabes de qué te está hablando, Les. Llegó sobre la una y media. -Miró a Abe-. Les y Nadine Littleton.

– ¿Encontró entonces la nota, señor Littleton? -preguntó Kristen.

– Sí. -Littleton apartó la mirada.

Abe sabía que había algo más.

– ¿Vio a alguien dejarla allí? -Kristen insistió con delicadeza.

Littleton vaciló un momento y luego asintió.

– Metió el sobre por la ranura del buzón.

Abe esperó, pero el hombre guardó silencio.

– ¿Y? ¿Qué aspecto tenía?

Littleton se encogió de hombros, visiblemente tenso.

– Iba vestido de negro. No era ni alto ni bajo. Eso es todo.

– ¿Llegó en coche? -Kristen volvió a posarle la mano en la espalda-. Por favor, señor Littleton.

– Tenía una furgoneta blanca. Es todo cuanto sé.

Kristen se irguió.

– ¿Puedo hablar con usted a solas un momento, señora Littleton? Puedes empezar a preguntarles dónde estaban en el momento del asesinato -susurró a Abe-. Volveremos enseguida.

En cuanto Kristen hubo conducido a la señora Littleton a la cocina, Abe se volvió hacia el grupo. Empezó por preguntar a una pareja, y ambos juraron encontrarse en casa juntos la noche en cuestión. Kristen volvió con la señora Littleton y se puso los guantes.

– La señora Littleton ya me ha informado de dónde se encontraban ellos, detective Reagan.

Abe le lanzó una mirada perpleja. A continuación, cerró el cuaderno y guardó los cinco sobres que había sobre la mesa.

– Tengo que pedirles que no hablen con la prensa.

– Y si lo hacemos, ¿qué? -preguntó Reston.

Abe suspiró.

– Están en su derecho, desde luego. Pero a Zoe Richardson solo le interesa lucrarse con el asunto. La primera vez consiguieron que no salieran a relucir los nombres de sus hijos. Espero que sigan teniendo claras las prioridades. -Los dejó con esa frase y, en silencio, se dirigió con Kristen hacia el todoterreno.

Cuando ambos se hubieron abrochado los cinturones de seguridad, puso en marcha el motor.

– Te escucho -dijo Abe.

Ella suspiró.

– El señor Littleton empezó a tener problemas con la bebida a raíz del juicio. Estuvo en prisión unos cuantos meses a causa de una pelea en un bar. La señora Littleton acudió a pedirme ayuda.