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– Tuvo que costarle mucho.

Kristen arqueó una de sus cejas pelirrojas con gesto irónico.

– Ni te lo imaginas. Me puse a trabajar con el fiscal del caso para aducir un atenuante y conseguir una pena menor con libertad condicional y que así pudiera seguir un tratamiento para el alcoholismo. Supuse que ayer por la noche había estado por ahí bebiendo. La señora Littleton me dijo el nombre del bar y de la compañía de taxis con que volvió a casa. Tal vez el taxista viera algo. El señor Littleton también salió la noche de la desaparición de King. El hombre estuvo en el bar hasta que un taxi lo recogió y lo llevó a casa. -Kristen volvió la cabeza para mirar la casa de los Reston-. Me ha parecido que no era necesario airear sus problemas delante de todo el mundo.

Abe arrancó.

– Bueno, hoy nos hemos enterado de unas cuantas cosas.

Kristen seguía mirando por la ventanilla.

– Por ejemplo, ¿de qué?

– De que nuestro hombre tiene una furgoneta blanca, se oculta en la oscuridad y deja las notas entre la una y media y las tres de la madrugada. Y… -Aguardó a que lo mirara.

Al fin lo hizo, con recelo.

– ¿Y?

– Y de que tú, Kristen Mayhew, eres una gran persona.

Ella abrió los ojos como platos en un espontáneo gesto de sorpresa y se ruborizó, pero no apartó la mirada y el instante se prolongó. Abe, de pronto, se apercibió de su respiración agitada. Iba acompasada con el latido de su propio corazón. Ella tragó saliva y su voz surgió como un susurro extremadamente sensual.

– Gracias, Abe.

Él posó los ojos en los labios entreabiertos de ella, y luego más abajo, en el final de su garganta, donde el pulso se hacía evidente. Abe se dio cuenta de que el ambiente estaba indudablemente caldeado, de que ella se cubría el labio inferior con los dientes, y de que él estaba empezando a olvidarse del trabajo. Por eso se acomodó en el asiento y se concentró en la carretera.

– De nada.

Viernes, 20 de febrero, 13.00 horas

Zoe estaba furiosa. Ni siquiera la información que había sonsacado al forense le compensaba. Allí estaba, sentada junto al cámara frente al juzgado, aguardando a que la gran estrella se dejara ver.

– No puedo creer que los hayas dejado escapar.

Scott se pellizcó la nariz.

– Ya te he dicho que lo siento; me he disculpado las diez veces que me lo has repetido. Allá tú si quieres enfrentarte a un policía que no está dispuesto a que lo sigan. A partir de ahora, tú conduces. Ya me encargaré yo de enchufarle el micrófono en la epiglotis al infeliz de turno.

Zoe alzó los ojos en señal de exasperación. Por lo menos había conseguido el nombre del policía gracias a la matrícula del coche. Se trataba del detective Abe Reagan. Mediante una llamada al registro averiguó que pertenecía al Departamento de Policía de Chicago, que procedía de una familia de policías y que su esposa había muerto. Saldría muy favorecido en las imágenes. Tenía un bonito perfil y los hombros más anchos que un defensa. Mmm… Cuánto envidiaba a Mayhew por ocupar el asiento del acompañante.

– Bueno, en algún momento tendrá que salir.

Scott ya no sabía cómo ponerse; estaba harto de esperar.

– Ya tienes los nombres de las víctimas que desenterraron ayer. ¿Por qué no hablas de eso?

Tenía razón. El pequeño patinazo de un forense tras una fiesta organizada en el trabajo para celebrar las vacaciones le había proporcionado una fuente inagotable de información. Era increíble lo que un hombre podía llegar a hacer para que su esposa no supiera que tenía una aventura. Ella se había ganado la recompensa. Todavía se estremecía al pensar que las manos que la habían acariciado cortaban cadáveres en pedazos. Ahora sabía que el espía de Kristen había vengado tres crímenes y que como resultado había cinco cadáveres en el depósito, y también sabía quiénes eran las víctimas. Podría haber conseguido imágenes de las familias de los niños asesinados por los Blade, pero no quería perderse la de la cara de Mayhew cuando le soltara la pregunta del día.

– ¿Qué hacemos? -preguntó Scott-. ¿Vamos a casa de los niños asesinados o no?

– No -respondió Zoe. A continuación, se irguió en su asiento al observar que el detective Reagan aparcaba su todoterreno frente al juzgado-. Empieza el espectáculo, Scott. Vamos.

Esperó a que Kristen saliera del coche y se encontrase a media escalinata para dejarse ver. Scott le iba a la zaga con la cámara encendida. Zoe experimentó un gran placer cuando, al verla, los ojos de Kristen destellaron de ira.

– No tengo nada que decir, Richardson -le espetó de forma mecánica.

Subió un escalón más, pero Zoe la atajó con gran soltura haciendo que el ademán pareciera un gracioso paso de danza. Era una artista consumada.

– Aún no he formulado ninguna pregunta, señora fiscal.

– Pero está a punto de hacerlo.

– Claro. -Se acercó el micrófono a la boca-. ¿Es cierto que se han producido cinco asesinatos, señora Mayhew?

Kristen abrió los ojos como platos, inicialmente sorprendida. Luego los entrecerró.

– No tengo nada que decir. -Siguió caminando. Zoe la detenía a cada escalón; Scott filmó todo el espectáculo.

– ¿Es cierto que el asesino le ha enviado cartas personales y que le ha obsequiado con los restos de las víctimas?

Kristen se detuvo en seco; sus labios dibujaban una fina línea en su rostro.

– No tengo nada que decir. -Pero el gesto brusco ya lo había dicho todo. Subió la escalera deprisa y Zoe dejó que se alejara mientras se preparaba para el último ataque. Le gritó la pregunta final mientras Kristen se retiraba.

– El asesino firmó las notas que envió a las víctimas de Ramey como «Su humilde servidor». ¿Fue así como firmó también sus cartas, señora Mayhew?

Kristen se detuvo y se dio media vuelta; había recobrado la compostura por completo.

– A lo mejor es que las otras tres veces no me ha entendido. No tengo nada que decir, señorita Richardson.

– Sigue filmando -ordenó Zoe, y Scott siguió filmando a Kristen hasta que esta entró en el juzgado y la perdieron de vista.

Scott bajó la cámara.

– ¿Cómo te has enterado de que le ha enviado cartas?

Zoe sonrió con serenidad.

– Soy muy buena, Scottie. No lo olvides.

Viernes, 20 de febrero, 13.30 horas

Veía borrosas las palabras de las páginas que tenía delante. No había podido leer ni una.

«No es justo», pensó.

Kristen se mordió el labio. ¿Cuántas veces había oído aquella frase en los cinco años que habían transcurrido desde que entrara a trabajar en la fiscalía del Estado? Demasiadas y de boca de demasiadas víctimas, lo cual no les quitaba razón. ¿Cuántas veces se la había repetido a sí misma? Últimamente no muchas, tenía que admitirlo. Por lo menos en lo que respectaba a su vida privada.

En el presente, su vida privada no existía.

Pero había pasado por momentos peores. Unos cuantos, y realmente malos. Aun así, no tenía motivos para quejarse. Había conseguido que su vida privada lo fuera de verdad. «¿Por qué precisamente hoy? Maldita sea», se dijo. Apretó los dientes y se enjugó el labio con un pañuelo de papel. ¿Qué la habría impulsado a decirle semejante cosa a Reagan? «Nunca, nunca olvidarán lo ocurrido», había asegurado. «¿Me estaré volviendo loca?» Cerró los ojos y los apartó del escritorio, como si quisiese borrar de su mente la imagen de la mirada atónita de Reagan, el sonido de su voz al pronunciar su nombre. «Como si él supiera lo que significa.» Y su mirada tras la visita a casa de los Reston. La había observado con sus ojos azules y chispeantes, como el centro de una llama de gas.

Le había dicho que era una gran persona.

«Santo Dios. Si él supiera… Si supiera toda la verdad…»

Él quería ir más allá. Había visto su mirada encendida y había notado que el ambiente se caldeaba hasta ponerle la piel de gallina y causarle escalofríos.

La habían llamado muchas cosas, pero «ingenua» no era de las más frecuentes. Frígida, sí. Reina de Hielo, también. Pero ingenua, no; últimamente no. Reagan había querido besarla. Allí mismo, enfrente de la casa de los Reston.

Soltó un resoplido de tristeza y desolación. «Si él supiera… Se apartaría volando.»

Había querido besarla. Y en un instante de locura, ella había llegado a preguntarse cómo se sentiría si la acariciase, si sus labios serían firmes o mullidos, qué sentiría al rodear su ancho cuello con los brazos y aferrase a él. Con fuerza.

En ese instante de locura, también ella había querido besarlo. Tal vez por eso estaba tan alterada.

– Kristen, tienes visita.

Se volvió, sobresaltada, y vio a Lois de pie en la puerta con expresión preocupada. Kristen soltó un pequeño resoplido y miró su agenda. Le quedaban quince minutos libres.

– ¿Puedes pedirle que vuelva más tarde? -Sería mejor que la visita volviera después de la rueda de prensa. Después de que Richardson soltara el bombazo ante todos los micrófonos de Chicago. «Tendría que habérselo dicho a Reagan -pensó-. Tendría que haberlo prevenido.» Era lo mínimo que podía hacer por el hombre que la consideraba una gran persona-. Ahora estoy ocupada.

– No, no puedo esperar. -Owen apareció detrás de Lois con una gran bolsa de papel-. No has venido a la hora de comer.

Kristen se apoyó en el respaldo de la silla, aliviada. Hizo un ademán para señalar la pila de carpetas del escritorio.

– Tengo un montón de papeleo pendiente.

Owen mostró desagrado.

– El papeleo no es motivo suficiente para saltarse la comida, Kristen. Te he traído un poco de estofado de ternera. -Dejó la bolsa sobre el escritorio y arqueó sus pobladas cejas-. Y de postre, un pedazo de tarta de cereza.

Kristen le sonrió.

– No tendrías que haberte molestado.

Él le dirigió una mirada severa.

– No es ninguna molestia. He puesto un poco de estofado en un recipiente de plástico y te lo he traído. Total, estoy aquí al lado. Además, tengo que repartir más comida en este mismo edificio. -Extrajo de la bolsa un recipiente de plástico y lo depositó frente a ella-. Vi a Richardson en las noticias ayer por la noche.

Kristen suspiró.

– Ya. Yo vi el final.

Owen frunció el entrecejo.

– ¿Es verdad lo que dijo? ¿Hay un espía asesino merodeando por ahí?

Kristen retiró la tapa del recipiente. Olía muy bien.

– Owen, ya sabes que no puedo decirte nada. -Levantó la vista y lo obsequió con un intento de sonrisa que resultó de lo más inexpresiva-. Aun así, ¿puedo comerme el estofado?

El hombre no le devolvió el gesto.

– Me he pasado la mañana escuchando las noticias. No han dejado de hablar de lo que Richardson dijo anoche.

– Fantástico. ¿Y qué opina la gente?

Él frunció los labios.

– Que por fin alguien combate el crimen en esta ciudad.

Kristen puso mala cara.

– Para eso tanto trabajo… -Señaló la pila de informes-. Más me valdrá acordarme de eso cuando se me echen encima las diez de la noche y siga aún aquí.

– Las cosas pueden ponerse feas, Kristen. -Owen se abrochó el abrigo-. Vincent y yo estamos preocupados. Queremos que te andes con cuidado.

«Pues esperad a que Zoe airee la última información -pensó Kristen-. Entonces sí que van a ponerse feas.»

– Ya lo hago, Owen. Gracias por la comida.