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Él quería ir más allá. Había visto su mirada encendida y había notado que el ambiente se caldeaba hasta ponerle la piel de gallina y causarle escalofríos.

La habían llamado muchas cosas, pero «ingenua» no era de las más frecuentes. Frígida, sí. Reina de Hielo, también. Pero ingenua, no; últimamente no. Reagan había querido besarla. Allí mismo, enfrente de la casa de los Reston.

Soltó un resoplido de tristeza y desolación. «Si él supiera… Se apartaría volando.»

Había querido besarla. Y en un instante de locura, ella había llegado a preguntarse cómo se sentiría si la acariciase, si sus labios serían firmes o mullidos, qué sentiría al rodear su ancho cuello con los brazos y aferrase a él. Con fuerza.

En ese instante de locura, también ella había querido besarlo. Tal vez por eso estaba tan alterada.

– Kristen, tienes visita.

Se volvió, sobresaltada, y vio a Lois de pie en la puerta con expresión preocupada. Kristen soltó un pequeño resoplido y miró su agenda. Le quedaban quince minutos libres.

– ¿Puedes pedirle que vuelva más tarde? -Sería mejor que la visita volviera después de la rueda de prensa. Después de que Richardson soltara el bombazo ante todos los micrófonos de Chicago. «Tendría que habérselo dicho a Reagan -pensó-. Tendría que haberlo prevenido.» Era lo mínimo que podía hacer por el hombre que la consideraba una gran persona-. Ahora estoy ocupada.

– No, no puedo esperar. -Owen apareció detrás de Lois con una gran bolsa de papel-. No has venido a la hora de comer.

Kristen se apoyó en el respaldo de la silla, aliviada. Hizo un ademán para señalar la pila de carpetas del escritorio.

– Tengo un montón de papeleo pendiente.

Owen mostró desagrado.

– El papeleo no es motivo suficiente para saltarse la comida, Kristen. Te he traído un poco de estofado de ternera. -Dejó la bolsa sobre el escritorio y arqueó sus pobladas cejas-. Y de postre, un pedazo de tarta de cereza.

Kristen le sonrió.

– No tendrías que haberte molestado.

Él le dirigió una mirada severa.

– No es ninguna molestia. He puesto un poco de estofado en un recipiente de plástico y te lo he traído. Total, estoy aquí al lado. Además, tengo que repartir más comida en este mismo edificio. -Extrajo de la bolsa un recipiente de plástico y lo depositó frente a ella-. Vi a Richardson en las noticias ayer por la noche.

Kristen suspiró.

– Ya. Yo vi el final.

Owen frunció el entrecejo.

– ¿Es verdad lo que dijo? ¿Hay un espía asesino merodeando por ahí?

Kristen retiró la tapa del recipiente. Olía muy bien.

– Owen, ya sabes que no puedo decirte nada. -Levantó la vista y lo obsequió con un intento de sonrisa que resultó de lo más inexpresiva-. Aun así, ¿puedo comerme el estofado?

El hombre no le devolvió el gesto.

– Me he pasado la mañana escuchando las noticias. No han dejado de hablar de lo que Richardson dijo anoche.

– Fantástico. ¿Y qué opina la gente?

Él frunció los labios.

– Que por fin alguien combate el crimen en esta ciudad.

Kristen puso mala cara.

– Para eso tanto trabajo… -Señaló la pila de informes-. Más me valdrá acordarme de eso cuando se me echen encima las diez de la noche y siga aún aquí.

– Las cosas pueden ponerse feas, Kristen. -Owen se abrochó el abrigo-. Vincent y yo estamos preocupados. Queremos que te andes con cuidado.

«Pues esperad a que Zoe airee la última información -pensó Kristen-. Entonces sí que van a ponerse feas.»

– Ya lo hago, Owen. Gracias por la comida.

Viernes, 20 de febrero, 13,50 horas

Abe depositó una bolsa sobre el escritorio.

– ¿Tienes hambre?

Mia levantó la cabeza y aspiró profundamente.

– Depende. ¿Qué es?

– Gyros y hamburguesas. -Echó un vistazo dentro de la bolsa-. Y baklava.

Mia se relamió.

– Retiro todo lo malo que haya dicho sobre ti.

Abe se rio.

– No me lo creo.

Mia se decidió por una hamburguesa.

– ¿Te ha contado algo interesante el taxista?

– Dice que vio una furgoneta blanca con una flor grande estampada en un lateral justo después de dejar a Littleton en su casa ayer por la mañana temprano.

Mia abrió los ojos como platos.

– ¿Una furgoneta de reparto de una floristería? ¿Cuál?

– Dice que solo vio escrito «flores» -explicó Abe muy serio mientras desenvolvía un gyro. Aspiró con fruición. Hasta aquel momento no se había percatado de lo hambriento que estaba.

– Bueno, eso nos facilita un poco las cosas.

– En Chicago hay cuatrocientas sesenta floristerías. Lo he comprobado.

– ¿Ha encontrado Jack algo que tenga que ver con las flores entre todo lo que había en el coche de Kristen?

– No, y eso le extraña. Jack cree que, si el asesino hubiese utilizado la furgoneta de una floristería para trasladar los cadáveres o las cajas de embalaje, como mínimo habríamos encontrado algún resto en las prendas. Polen o algo así. -Señaló los faxes en los que aparecían los establecimientos de Chicago que utilizaban la técnica del chorro de arena-. ¿Qué tal va con esto?

Mia apartó los papeles de mal talante.

– Si supiese qué coño estoy buscando sería un poco más fácil. Hay cientos de nombres. Le he pedido a Todd Murphy que me ayude a compararlos con los de la lista de personas con antecedentes, pero no sé por qué intuyo que nuestro hombre no ha estado metido nunca en ningún embrollo.

Abe se decantaba por lo mismo.

– Bueno, veamos si alguna de esas personas trabaja en una floristería que se llame Flores. Pásame unas cuantas hojas.

Mia le entregó un montón. El rostro se le crispó al oír un grito procedente del despacho de Spinnelli.

– No está muy contento.

Abe echó un vistazo; Spinnelli andaba de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja y no paraba de gesticular.

– ¿Qué ocurre? ¿Le asusta la rueda de prensa?

Estaba prevista a las tres.

– Qué va. Está tratando de explicarle al comisario cómo se hizo Richardson con la primicia. -Ladeó la cabeza y frunció el entrecejo cuando él se la quedó mirando-. Vaya, creía que lo sabías.

Abe notó un pinchazo agudo en la nuca; era un claro síntoma de estrés.

– ¿Qué tenía que saber?

– Richardson ha descubierto que Kristen recibió cartas y que tenemos cinco cadáveres en el depósito, y también sabe quiénes son las víctimas. Parece que Richardson la ha abordado cuando entraba en el juzgado. Kristen ha llamado a Spinnelli de inmediato. Pensaba que también te lo habría dicho a ti.

El hambre se le pasó de golpe.

– No, no me lo ha dicho.

Había tenido tiempo de sobra. Las horas que habían transcurrido después de salir de casa de los Reston habían resultado muy embarazosas, por no decir algo peor. Ella se había encerrado en sí misma y no había dicho nada hasta que llegaron a casa de la primera víctima del tiroteo de la banda. Luego solo habían hablado de trabajo. Y no había vuelto a llamarlo «Abe» ni una sola vez. Habían hablado con los familiares de los muertos y habían tenido que soportar más odio y más acusaciones; luego habían recogido dos cartas más de su humilde servidor y la había llevado en coche hasta el juzgado sin pronunciar palabra; en un silencio denso y violento.

No le había contado lo de Richardson. No se fiaba de él. Aquello le dolió. Sin embargo, cuando estaban sentados enfrente de la casa de los Reston, se había percatado de que sentía interés por él. Se sentía atraída por él. Había estado a punto de besarla, allí mismo, delante de la casa de los Reston, lo que habría resultado completamente inapropiado. Habría demostrado muy poca profesionalidad. Pero seguro que habría sido maravilloso.

Sin embargo, ella se había apartado. Estaba asustada, lo notaba. «Yo también estoy asustado», pensó. Pero el miedo de Kristen era más profundo, y a él le asustaba averiguar qué lo provocaba; creía saberlo y, si estaba en lo cierto, le haría falta hurgar con pico y pala para llegar hasta él.