Выбрать главу

«Debo de estar loco para plantearme hurgar en el interior de Kristen Mayhew -pensó-. ¿Por qué lo hago?» Ella tenía valor y coraje. Y también unos bonitos ojos verdes, unas curvas sensuales, una mente despierta y una elegancia discreta. Y una risa que lo dejaba sin respiración.

Tal vez fuera solo porque se trataba de una buena persona. Kristen Mayhew le gustaba porque era una mujer guapa y una buena persona.

«Y un cuerno», se dijo. Lo que sentía era bastante más complejo.

Mia se terminó la hamburguesa en silencio, pensativa. Se limpió los labios con una servilleta y la dobló formando un cuadrado.

– Hace mucho tiempo que trabajo con Kristen. La conozco tanto como el que más -dijo al fin. Abe levantó la cabeza y en los ojos azules de Mia leyó que lo había comprendido todo. Notó que le ardían las mejillas-. Aunque en realidad nadie la conoce muy bien -prosiguió ella-. Siempre ha sido muy solitaria. -Mia frunció el entrecejo-. Sus compañeros la llaman la Reina de Hielo, lo cual me parece totalmente injusto.

Abe recordó su mirada angustiada cuando aquella madre había perdido el control en casa de los Reston, recordó que Kristen no había pronunciado una sola palabra en defensa propia cuando los padres le habían proferido crueles acusaciones. Y también la forma en que había asegurado que las víctimas no olvidarían nunca lo ocurrido, justo antes de entrar. Nadie que hubiese presenciado aquello sería capaz de considerarla fría.

– Sí, es muy injusto. -Hablaba con mucha más calma de la que experimentaba. Kristen Mayhew había despertado en su interior un sentimiento que llevaba años sin emerger, un profundo deseo de protegerla, de atajar a cualquiera que se propusiera herirla.

«El asesino siente lo mismo. -El apercibimiento fue repentino y rotundo-. Por eso la ha elegido como destinataria y por eso la espía en su propia casa.»

– El asesino la conoce -dijo.

Mia lo miró perpleja.

– Eso ya lo sabemos.

– Me refiero a que la conoce bien. La ha observado interactuar con la gente, con las víctimas. -De ahí venía la compasión, la angustia-. Y no la odia.

– ¿Qué quieres decir?

Abe se inclinó hacia delante con vehemencia.

– Durante estos dos últimos días, la he visto hablar con las víctimas y con sus familias. Cuando menos, la gente se ha mostrado distante; en algunos casos, incluso hostil.

– Como Stan Dorsey.

– Sí. Ninguna de esas personas parece tenerle simpatía y, por descontado, ninguna la admira. Ni siquiera Les Littleton. Kristen se ha desvivido por ayudarla y ella, aun así, la ha humillado escudándose en su patético sufrimiento.

A Mia se le iluminó la mirada.

– Cree que no hizo bien su trabajo; de lo contrario no habría perdido el caso.

– Él perdió -dijo Abe-, lo de menos es si Kristen lo representó o no. Recuerda lo que dijo Westphalen. Y mi instinto me dice que el asesino tiene una estrecha relación con Kristen, no es alguien que la conoce solo de verla por televisión. La conoce personalmente, estoy seguro. Me pregunto si habrá alguna víctima que haya perdido el caso y que no culpe a Kristen por ello.

Mia ladeó la cabeza, pensativa.

– Nos entregó la lista de todos los casos que ha perdido. Tal vez en su base de datos anote si el cliente ha quedado o no satisfecho.

Abe descolgó el teléfono.

– Solo hay una forma de saberlo.

Viernes, 20 de febrero, 14.00 horas

El hombre que había construido la casa que ahora ocupaba él tocaba la trompeta. Su esposa no apreciaba gran cosa las dotes musicales de su marido y había insistido en que abandonara la práctica del instrumento o insonorizara el sótano.

Al bajar, cerró la puerta tras de sí.

Por suerte, a aquel hombre le gustaba mucho tocar la trompeta. Sin el aislamiento acústico, seguro que algún vecino lo habría denunciado.

Ahora ya no había ruidos. Skinner estaba muerto. La rigidez había aparecido y desaparecido y el cadáver había quedado flácido. Se acercó a él y pensó que era una pena que un hombre no pudiera morir dos veces; tratándose de Skinner, incluso cien. Aquel hijo de puta se había convertido en un experto defensor de la escoria que vivía a costa de gente inocente. La casa de ocho habitaciones que Skinner tenía en la costa norte, sus coches de lujo, las escuelas privadas a las que llevaba a sus hijos… todo lo había comprado con dinero manchado de sangre, a costa del sufrimiento de gente inocente y la vil absolución de los culpables.

Sacó la pistola del cajón, a pesar de ser consciente de que nadie podía morir dos veces y de que tendría que contentarse con el simbolismo de aquel gesto. Sin aspavientos, centró el cañón del arma en la frente de Skinner.

En cuanto ultimara algunos detalles, estaría listo para volver a meter la mano en la pecera de Leah. Se enfundó los guantes y se dispuso a despojar al señor Skinner de su traje de Armani. A fin de cuentas, el hombre iba a experimentar un calor insoportable en su último destino.

Capítulo 10

Viernes, 20 de febrero, 14.15 horas

Kristen observó junto a Jack cómo Julia descosía el torso de Ross King. La reunión había terminado, así que había decidido bajar y asistir a la autopsia. Si aquello no le quitaba las preocupaciones de la cabeza, nada podría hacerlo. De camino se había encontrado a Jack. Su expresión era sombría; no había hallado nada nuevo en las prendas ni en las cajas de embalaje, ni tampoco en la tierra extraída de las tumbas. Estaba allí para tratar de descubrir algo que orientara sus análisis y le proporcionara resultados.

«Y porque siente algo por Julia -pensó Kristen-. Es una pena que todo el mundo se dé cuenta excepto ella.»

– Quienquiera que hiciera esto sabía muy bien lo que se traía entre manos -opinó Julia-. Las puntadas son pulcras y regulares, la cicatriz está perfectamente situada y no se aprecia ningún desgarro. -Levantó la cabeza y miró a Kristen; las gafas que llevaba distorsionaban la imagen de sus ojos-. O es médico o se le da muy bien el patchwork.

– O es cazador -añadió Jack desde su posición, a la derecha de Kristen. Cuando Kristen y Julia lo miraron sorprendidas se encogió de hombros-. Solía ir a cazar con mi tío; sobre todo matábamos ciervos y patos, y luego él los cosía y los dejaba como nuevos, mejor que un cirujano.

– Eso explicaría la pulcritud de la incisión -advirtió Julia, y volvió a bajar la vista al cadáver.

Kristen se acercó y observó las manos enguantadas de Julia.

– ¿Qué quieres decir?

Julia levantó la piel de uno de los bordes de la herida de King.

– Ni rastro de vacilación.

– No se aprecian muescas -dijo Jack, y Julia asintió.

– Exacto. Y la hendidura tiene la profundidad necesaria, ni más ni menos.

Julia tiró de los dos bordes del corte y dejó al descubierto la anatomía interna.

– No ha dañado ningún órgano… Por lo menos, no con el cuchillo. Por aquí es por donde entró la bala. Quienquiera que haya hecho esto sabe cortar muy bien. No se me había ocurrido que podría tratarse de un cazador, pero a lo mejor tienes razón.

– Es una posibilidad.

La voz grave, a su espalda, hizo saltar la alarma en su cabeza; casi no le dio tiempo de serenarse antes de volverse y ver a Reagan en la puerta. Llenaba todo el vano, Mia apenas asomaba tras él. En la conciencia de ambos planeaba el recuerdo aún candente de lo ocurrido por la mañana. Kristen apartó la mirada.

– Hola, Reagan -lo saludó Julia-. ¿Traes comida de tu madre? -preguntó esperanzada.

Reagan penetró en la sala y el espacio pareció reducirse.

– Quizá la próxima vez. Así que nuestro hombre es un tirador de primera que le da bien a la aguja. ¿Ha revelado algo más la autopsia?

– De momento no. -Resuelta, Julia volvió a concentrarse en el cadáver.

– ¿Qué habéis averiguado sobre la furgoneta blanca? -preguntó Kristen.

Reagan se volvió. Sus ojos expresaban reproche y por un momento no dijo nada. Ella sabía que estaba al corriente de la llamada que había hecho a Spinnelli y que lo había ofendido al no avisarlo a él primero. Era posible que incluso se sintiera herido.

Sin embargo, no había sido capaz de llamarlo. Las heridas en las que ella misma había hurgado aquella mañana todavía le dolían, tenía presente el sentimiento de humillación. Él creía saber lo que ocurría, pero no era así. Y, aunque lo supiera, no podría comprenderlo.

– Es de una floristería -dijo al fin-. Spinnelli ha enviado a unos cuantos hombres a sondear la zona del Jardín Botánico en la que encontramos a King para ver si alguien ha visto por allí alguna furgoneta de esas características. Espero que no haya pasado tanto tiempo como para que la gente se haya olvidado.

Uno de los ayudantes de Julia entró llevando una carpeta con sujetapapeles.

– Bueno, esto no se ve todos los días -dijo Julia-. Dos de los Blade tienen los tejidos dañados. A juzgar por estas diapositivas, fueron congelados por completo.

Mia chasqueó la lengua.

– Presentarían quemaduras. A menos que utilizara film transparente.

Reagan le dedicó una mirada divertida antes de volverse hacia Julia.

– Tiene razón.

Mia asintió.

– En la foto, los tres Blade aparecen juntos, pero los vieron por última vez a horas distintas. Todos nos preguntábamos qué hizo nuestro humilde servidor con los cadáveres de las primeras víctimas. Los tres habían cometido el crimen y él quería que aparecieran juntos en la foto.

Reagan se cruzó de brazos.

– Por tanto, es probable que lleve a sus víctimas a algún lugar donde no hay peligro de que los detecten. Si no los hubiera congelado, los dos primeros cadáveres habrían empezado a apestar antes de que se hubiera cargado al tercero.

Mia torció el gesto.

– Es un perfeccionista.

– Eso cuadra con la hipótesis del cazador -observó Jack-. Los cazadores, sobre todo los que se dedican a la caza mayor, suelen tener un congelador grande para los animales.

Reagan asintió lentamente.

– Habéis dado con algo importante -concluyó, y se volvió hacia Mia-. Después de la rueda de prensa iremos al campo de tiro. Seguro que en las instalaciones hay un club de caza. Y, si no, por lo menos sabrán dónde está.

– Preguntad quién se dedica a la caza menor -les aconsejó Jack-. Los animales grandes no se cosen después de disecarlos, pero los pájaros sí. Tengo que marcharme. Adiós, Julia.

Julia levantó la vista del cadáver de King y esbozó una sonrisa ausente.

– Adiós.

Mia meneó la cabeza después de que Jack se marchara agitando la mano.

– Qué idiota -masculló.

Kristen no sabía si se refería a Jack o a Julia, pero no estaba de humor para averiguarlo. Lo único que deseaba era escapar de los ojos de Reagan, que parecían controlar todos sus movimientos. Se puso el abrigo y se disponía a salir cuando Mia alzó la mano para detenerla.

– Espera. De hecho hemos venido para preguntarte por tu base de datos, esa en la que registras todos los casos. ¿Anotas en algún sitio si la víctima queda satisfecha con la resolución del caso? -preguntó.

– Bueno, más bien si queda satisfecha con tu trabajo -añadió Reagan-. Buscamos a alguien que no te culpe por haber perdido su caso.

Kristen tragó saliva; su voz le hacía estremecerse. Se encontraba muy cerca, demasiado cerca, pero no había sitio para apartarse. Así que, en lugar de eso, exhaló un hondo suspiro para tranquilizarse y, sin quererlo, aspiró su fragancia. Olía a jabón y… a gyros. Había comido gyros.

– De una forma u otra, todos me culpabilizan. Pero revisaré la lista y trataré de recordar lo que pueda. -Miró el reloj y notó las punzadas de dolor en la nuca debidas a la tensión; esta vez lo que le preocupaba era que Zoe Richardson se había propuesto convertir la rueda de prensa de Spinnelli en un circo de tres pistas.

– La función está a punto de empezar, chicos.