Spinnelli señaló a un periodista de la WGN.
– Pasemos a la siguiente pregunta.
Zoe se sentó, satisfecha. A veces, el hecho de desatender descaradamente una pregunta decía más que la respuesta.
– ¿Buscan a un asesino o a una banda? -preguntó el hombre de la WGN.
– Sin comentarios -declaró Spinnelli-. Siguiente.
– Solo ha asignado este caso a dos detectives, mientras que en otras investigaciones de asesinos en serie han trabajado equipos de cuatro personas o más. -La observación procedía de un reportero del Tribune y despertó más rumores-. ¿Debemos entender que considera menos importantes estos homicidios por tratarse las víctimas de criminales?
Spinnelli tensó más la mandíbula y Zoe observó que le palpitaba un músculo de la mejilla. El del Tribune había asestado un buen golpe. «Este punto de vista es interesante -pensó-. Este caso presenta un conflicto de intereses. ¿Cuántos policías quieren de verdad atrapar al asesino?»
Los acusados que habían ganado frente a Mayhew debían de estar asustadísimos. Pensó en el más reciente. Angelo Conti seguro que tenía algo que decir al respecto, sobre todo si lo abordaba a la salida de algún bar. No era propiamente una noticia, pero suscitaría interés. Y a veces el interés de la gente creaba las buenas noticias. Era una gran oportunidad.
Entre comentarios y flashes, Spinnelli respondió:
– Hemos asignado el caso a los detectives Reagan y Mitchell. Ambos son profesionales cualificados y tienen experiencia. Cuentan con todo el apoyo y los recursos del Departamento de Policía de Chicago. El caso está asignado correctamente.
John Alden se puso en pie. Spinnelli se hizo a un lado para cederle la palabra.
– El teniente Spinnelli y yo estamos completamente de acuerdo en el personal que se ha asignado a la investigación y en el plan a seguir. No tenemos nada más que decir por el momento.
Los dos hombres bajaron juntos del podio y Zoe se vio obligada a admitir que estaban buenísimos; eran unos magníficos especímenes del género masculino. Spinnelli llevaba el uniforme de gala; Alden, un traje elegante. Pero no era momento de tontear.
Debía tener lista la noticia antes de las seis. Esperaba que Angelo Conti estuviese borracho.
Viernes, 20 de febrero, 16.15 horas
El chico que había detrás del mostrador de cristal era más robusto que un tanque Sherman, lo cual era muy apropiado puesto que debajo del cristal se exhibía una colección formidable de armas de fuego.
– Ese tipo tiene un arsenal casi tan grande como el del idiota de Dorsey -murmuró Mia.
Abe ahogó una risita. Tenía razón. Por desgracia, tanto el idiota de Dorsey como su esposa disponían de unas coartadas solidísimas para las noches en que King y Ramey habían desaparecido y también para las tempranas horas de la mañana del jueves en las que creían que su humilde servidor había entregado las notas.
El tanque de detrás del mostrador los miró con recelo.
– ¿En qué puedo ayudarles?
Abe le mostró la placa y Mia hizo lo propio.
– Soy el detective Reagan, y esta es la detective Mitchell.
Los ojos del chico emitieron un destello y su boca se torció en un mohín de desprecio.
– Tenía que ocurrir tarde o temprano -dijo con rencor.
– ¿Por qué dice eso? -preguntó Mia.
– En cuanto un tío se carga a unos cuantos, la policía empieza a meterse con todos los que tienen permiso de armas. -Sacudió la cabeza en señal de desaprobación.
– En realidad, hemos venido a pedirle ayuda -explicó Abe, y el chico soltó un resoplido burlón.
– Muy bien. ¿Qué quieren?
Abe apoyó la cadera en el mostrador y se encogió de hombros.
– Es obvio que sabe por qué estamos aquí. Buscamos al tío que se ha cargado a unos cuantos y está a punto de cargarse a unos cuantos más. Hemos elegido su establecimiento porque patrocina una competición de tiro. Esperamos que colabore y nos proporcione la lista de los participantes sin necesidad de que tengamos que volver con una orden.
El tanque se creció.
– Vuelvan con una orden.
Abe suspiró.
– Confiaba en que sería más razonable.
– No se preocupe. Dale la lista a este señor, Ernie. -Una anciana menuda emergió de la trastienda. Llevaba el brazo en cabestrillo-. Soy Diana Givens, la propietaria de la tienda. El chico es Ernie, mi sobrino. Me ayuda con el negocio mientras yo estoy de baja. -Extendió la mano sana y Abe se la estrechó-. He visto la rueda de prensa, detective. Sé quiénes son y por qué están aquí. -Se volvió hacia Ernie-. Saca la carpeta del armario del despacho y tráela ahora mismo. -Chasqueó los dedos y el chico la obedeció, aunque de mala gana y refunfuñando-. Ese condenado se cree el próximo presidente de la Asociación Nacional del Rifle -repuso Givens-. En este establecimiento no hay gato encerrado, detectives. Cumplo la normativa de venta de armas y controlo a los compradores tal como dicta el sistema. Obedezco la ley, aunque no creo que sirva para combatir el crimen. Colaboraré con ustedes en todo lo que pueda.
– Entonces tal vez pueda decirnos algo más -añadió Mia mientras observaba la vitrina de la pared-. Esa colección es magnífica. Mi padre es coleccionista. Tiene un LeMat en perfecto estado.
Diana Givens se relajó visiblemente y la codicia se reflejó en sus ojos.
– ¿En perfecto estado?
– Sí.
– Pues si quiere venderlo, yo estoy interesada.
Mia se volvió para disimular una sonrisa.
– Algún día lo heredaré yo. De entrada, no tengo intención de desprenderme de él, pero muchas gracias. Buscamos a un cazador.
La mujer hizo una mueca de suficiencia.
– Eso facilita las cosas, cariño.
Mia sonrió.
– Lo sé. Es probable que se dedique tanto a la caza mayor como a la menor. ¿Tiene algún listado de las municiones que vende a cada cliente? Nos interesa saber quién compra de los dos tipos.
– ¿Usted caza? -le preguntó Diana Givens.
Mia la miró con expresión divertida.
– Lo he hecho. No muchas veces, pero sé abrirme camino en el bosque. Una vez mi padre y yo derribamos a un ciervo de tres puntas. Mi madre se pasó un mes entero cocinando carne de venado.
– ¿Por qué no has dicho nada en el depósito de cadáveres, cuando Jack le ha comentado a Julia lo del cazador? -preguntó Abe.
Mia hizo una mueca.
– Porque quería dejar que Jack tuviera su momento de gloria delante de Julia. Ella apenas parece percatarse de su existencia, y él lleva un año entero deshaciéndose en atenciones. -Mia se apoyó en el mostrador y miró a la diminuta señora Givens a los ojos-. ¿Podemos echar un vistazo al listado, señora Givens?
Givens vaciló un momento y acabó por asentir.
– ¿Sabe? Odio tener que decirle que sí. Ese tipo se ha cargado a unos cuantos cabrones. No me apetece nada que le paren los pies.
– Pero tenemos que hacerlo -dijo Abe en tono quedo, y Givens exhaló un profundo suspiro.
– Lo sé, pero no voy a ponerme a dar saltos de alegría. Los listados están en la trastienda.
Viernes, 20 de febrero, 16.30 horas
– Myers y su padre están aquí, Kristen.
Kristen levantó la cabeza del documento que tenía entre manos. Notaba en los ojos que se avecinaba una tremenda jaqueca. Lois miraba hacia la sala de espera con mala cara.
Myers era la víctima del nuevo caso de agresión sexual, la chica cuyo padre insistía en que declarara. Lo único que le faltaba para completar el día era que volviera a montarle un número en el despacho.
– No creo que estén dispuestos a volver más tarde.
Lois resopló disgustada.
– No, no lo creo. Kristen, ese padre me asusta. Es muy nervioso. ¿Quieres que llame a seguridad?
– Sí. Avísalos para que estén preparados. Dile a Myers que los atenderé en cinco minutos, antes quiero terminar esto.