Quería acabar por lo menos una cosa. El teléfono no había parado de sonar desde la rueda de prensa; todos y cada uno de los periodistas que había en la ciudad tenían preguntas que hacerle.
– Muy bien, Kristen. Ah, se me olvidaba. -Lois depositó en su escritorio un montón de papeles sujetos con una gran pinza negra-. Han llegado e-mails de todas partes. Algunos solicitan información; la mayoría son muestras de apoyo al asesino. -Suspiró-. No te vayas sola esta noche. Llama a seguridad para que te acompañen hasta el coche. Yo me marcharé temprano, me duele la cabeza.
«Bienvenida al club», pensó Kristen mientras contemplaba la pila de papeles. No había ni un solo medio de información que no hubiera tratado el tema desde la rueda de prensa de aquella tarde. En la CNN hablaban de ello cada media hora; incluso en la página principal de Yahoo! aparecía una foto de Spinnelli y Alden en el podio. Se frotó las sienes con hastío.
Atendería a Myers y luego se marcharía a casa. Después de todo, ¿a quién le hacía falta una fiscal agotada teniendo a un humilde servidor? Se dijo con sarcasmo que tal vez debería dejarle que se ocupara de todos los casos que ella perdiera. Así trabajaría menos horas.
Caramba, incluso podría marcharse de vacaciones.
Sus labios dibujaron una sonrisa al imaginarse a sí misma en una playa soleada, con traje de baño, gafas de sol y un libro por empezar en el regazo. Como si alguna vez hubiera disfrutado de unas vacaciones. Alden siempre insistía en que se tomara unos días libres, pero las pocas veces que se lo había pedido, él siempre encontraba alguna excusa que la retenía en la oficina. Y lo había sustituido unas cuantas veces cuando él estaba fuera. El resentimiento hizo que el dolor de cabeza se agudizara, así que respiró hondo y relajó la mente imaginándose el romper de las olas y el chillido de las gaviotas. Era lo que recomendaban los terapeutas. Lo sabía porque lo había oído unos meses atrás en un programa nocturno de televisión mientras pulía el parquet.
«Encuentra tu lugar ideal y todas tus preocupaciones desaparecerán como por arte de magia.»
Se recostó en la silla y cerró los ojos. Al cabo de un momento, los abrió en su imaginación y apoyó la cabeza en la hamaca que tenía al lado.
En ella yacía Reagan, con el cuerpo bronceado, bien musculado y… perfecto. Al notar su mirada, clavó en ella sus profundos ojos azules y en su rostro se dibujó una blanca y radiante sonrisa. Y cubrió la mano con la suya.
Kristen se incorporó de golpe y un tirón le recorrió de nuevo la nuca. Mierda. No le bastaba con no dejarla a sol ni a sombra, con revisar sus armarios, invitarla a cenar y fastidiarle la interesante asistencia a una autopsia. Además tenía que penetrar en su mente. Se frotó la mano con fuerza para borrar la sensación que le había producido la caricia imaginaria. Maldijo el latido acelerado de su corazón y apartó de sí los sentimientos que, tendría que estar loca, para considerar algo más que un anhelo vano.
No servía de nada anhelar las cosas que nunca poseería. Si permitía que Reagan se le acercara, él saldría corriendo. Vaya si lo haría.
Pero tenía un aspecto estupendo tendido al sol en la playa.
Su propia idiotez la sacaba de sus casillas. «Enfréntate a la realidad, Kristen. Nunca tendrás pareja. Y tampoco irás de vacaciones a la playa.»
Descolgó el teléfono con determinación.
– Lois, haz pasar a Myers.
Viernes, 20 de febrero, 16.30 horas
El gorro con orejeras le ocultaba el rostro. Como hacía mucho frío, a nadie le llamaría la atención. De todas formas, si era capaz de esquivar a la policía y seguir con su trabajo hasta la primavera, tendría que ingeniarse algún otro modo de pasar inadvertido.
El pensamiento le arrancó una sonrisa, tal como le había sucedido al observar la caja marrón situada con total discreción en el porche de la casa de Kristen. El recadero había hecho muy bien su trabajo. Suponía que las cámaras de vigilancia captarían bien su rostro. El hecho de seguirle la pista mantendría ocupados a Reagan y a Mitchell durante un día o dos; sin embargo, cuando consiguieran interrogarlo, solo sería capaz de describir cuatro rasgos básicos. Cualquier retrato robot que la policía obtuviera correspondería como mínimo al diez por ciento de los hombres de Chicago.
Los informativos lo retransmitirían y el chico quedaría vinculado al asesino en serie que lo había contratado. Había elegido a la persona con esmero. Si el hecho de estar relacionado con el espía asesino, tal como lo llamaban en los informativos, tenía alguna repercusión negativa, el chico en cuestión tenía que ser merecedor de ella. Si no le acarreaba consecuencias, mejor para él. Pero si se metía en líos, le estaría bien empleado.
Sin aminorar la marcha, siguió avanzando por la calle en la que vivía Kristen; se detuvo obedientemente ante un stop y puso el intermitente. No iba a cometer ninguna infracción que llamara la atención sobre su furgoneta blanca, que aquel día lucía el logotipo de una empresa de instalaciones eléctricas. Le pareció que el rostro alegre del emblema publicitario le proporcionaba un toque original.
A Leah le habría parecido divertido.
Viernes, 20 de febrero, 18.50 horas
Spinnelli recostó la cabeza en el asiento; el agobio se reflejaba en su semblante. Ninguno de ellos había tenido un buen día, pero a Spinnelli le había tocado aparecer en público.
– Así que ya tenéis unos cuantos nombres de tiradores, de cazadores de reses y de aves, de floristas y de marmolistas. -Se pasó las manos por el rostro-. Parece la letra de una cancioncilla infantil.
Con un sentimiento de total frustración, Abe se quedó mirando las listas que cubrían la mesa de la sala de conferencias. Había muchísimos cazadores en Chicago, y eso que solo habían indagado en unas cuantas tiendas de municiones.
– Nos llevará varios días investigar todo esto, aun contando con más personal. ¿Crees que el departamento de informática nos echaría una mano? Podrían registrar los nombres y buscar información relacionada.
Mia se dirigió a Spinnelli.
– Me ha parecido oír que teníamos los recursos del departamento a nuestra disposición.
Spinnelli se encogió de hombros.
– Lo preguntaré. Tantos ordenadores nuevos deberían servir para algo.
Abe apartó la silla de la mesa y se puso en pie para acercarse a la pizarra. Allí continuó anotando datos, aún inconexos.
– Hemos interrogado a todas las víctimas originales para saber dónde se encontraban las noches en que desaparecieron las nuevas víctimas. Los únicos cuyas coartadas son discutibles son Sylvia Whitman y Paulo Siempres, el padrastro de uno de los chicos asesinados.
– ¿Crees que podrían estar implicados?
Abe negó con la cabeza.
– Siempres no. No habría tenido fuerza suficiente para estrangular a Ramey. Tiene el brazo derecho atrofiado por la polio.
– ¿Y la señora Whitman?
– Qué va. -Mia cruzó los pies apoyados en el borde de la mesa-. Es una bocazas, pero no la creo capaz de algo así. Podría haber contratado a alguien para que se cargara a Ramey, pero entonces no sé de dónde sacó el dinero. Hemos comprobado los movimientos bancarios de todos. Nadie ha gastado la cifra que haría falta para pagar a un sicario.
– Es más -intervino Abe-, sabemos que el autor conocía los nombres de las seis víctimas de King porque los esculpió en la lápida, y no hay razón para pensar que Whitman o Siempres tuvieran acceso a esa información.
Spinnelli suspiró.
– Aquí está la lista de abogados y policías relacionados con los tres casos que nos ha proporcionado Kristen. Esta otra es la lista de los tiradores.
– Pobre Marc -dijo Mia compasiva-. Primero tiene que vérselas con la prensa y ahora con asuntos internos.
– Prefiero a la prensa -masculló Spinnelli-. De todas formas, echad un vistazo a esta lista y mirad si algún nombre coincide con los de los floristas, los cazadores o los marmolistas.