– Sí.
– Entonces, encuéntrese con nosotros en su casa dentro de media hora. Allí podrá redactar el acta. Ah, agente, ¿podría evitar que esa víbora nos siga?
El joven miró la furgoneta de Richardson con desprecio.
– Con mucho gusto, detective. Señorita Mayhew, ¿seguro que no necesita atención médica?
Kristen le sonrió; empezaba a sentirse aliviada.
– Seguro. De todas formas, muchas gracias.
El joven se alejó y Reagan se volvió hacia Kristen. Ella se quedó sin habla al observar que su semblante expresaba auténtico cariño. Resultaba verdaderamente difícil resistirse.
– La esposa de mi hermano Sean es pediatra. Sus pacientes suelen ser un poco más jóvenes, pero seguro que accederá a hacerte una visita a domicilio.
– Te lo agradezco, pero no te preocupes, de verdad. Por favor, acompáñame a casa.
Abe cerró la puerta del acompañante y rodeó el coche para ocupar el asiento del conductor. Permaneció un momento en silencio y prosiguió en tono muy amable.
– ¿Por qué no me has avisado al salir del trabajo? Habría ido a buscarte.
Kristen se horrorizó al notar que las lágrimas asomaban a sus ojos. Él se dio cuenta pero no dijo nada; se limitó a aguardar su respuesta.
– ¿Recuerdas el nuevo caso del que te he hablado esta mañana? -dijo Kristen con voz insegura, pero Reagan no desvió la mirada ni un ápice.
– ¿El de la chica que ha sufrido una agresión sexual y que no quiere denunciarlo a pesar de que su padre insiste en que lo haga?
Ella asintió.
– Sí, ese. Esta tarde han venido a verme. El padre ha dicho… -La voz se le quebró; con un suspiro nervioso se tragó las lágrimas-. Por un momento he pensado que iba a pedir un cambio de fiscal debido a la atención mediática que recibirá su hija si llevo yo la acusación. Pero no ha sido así.
Reagan sacó un paquete de pañuelos de papel de la consola que separaba ambos asientos y se lo ofreció en silencio. Ella cogió el paquete y lo aferró.
– Me ha dicho que esperaba que perdiera porque así mi «humilde servidor» se encargaría personalmente del hijo de puta que había violado a su hija. Hace tres días yo era fiscal. Ahora no soy más que un cebo para que un espía asesino apriete el gatillo. -Soltó el paquete estrujado de pañuelos de papel y trató de devolverle su forma original-. Necesitaba estar sola. -Apartó la mirada-. Lo siento.
Abe puso el motor en marcha.
– Estás bien y eso es todo cuanto importa ahora mismo. -Se alejó del bordillo-. Hoy dormiré en el sofá.
Kristen comprendió que no se trataba de una pregunta. Por el retrovisor lateral, vio cómo el coche de alquiler desaparecía. Por primera vez se percató de que había estado verdaderamente en peligro.
«Podrían haberme hecho cualquier cosa. Podrían haberme… Me habrían…»
Aquello fue como abrir la caja de Pandora. Recuerdos que llevaban demasiado tiempo enterrados en su mente empezaron a brotar. Un tremendo escalofrío recorrió su cuerpo.
– Es un sofá cama -murmuró mientras cerraba los ojos y trataba de recuperar la imagen de la playa, el sol y las olas. Sin embargo, una vez abierta la veda, una única imagen invadía su mente y se repetía una y otra vez como si fuera el fotograma de una película de terror. Pero la protagonista no era ninguna actriz. Era ella.
Viernes, 20 de febrero, 19.30 horas
En el momento en que el vehículo de Reagan se alejó, él soltó un resoplido de enojo. Por fin Kristen estaba a salvo; pero las cosas podrían haberse torcido. Había estado a punto de tomar partido; por suerte, ella había conseguido hacerse con las riendas y rociarles los ojos con polvos picapica hasta obligarlos a largarse con el rabo entre las piernas.
No estaba herida. Pero podría haberlo estado, y todo por culpa de esos gusanos despreciables que se habían atrevido a sacar de la carretera a una mujer con Dios sabe qué propósito.
Se sobresaltó al oír que alguien golpeteaba en la ventanilla. Era un policía.
– Estamos despejando la zona, señor. ¿Le importaría marcharse?
Él sonrió. Debía mostrarse amable y colaborar para no despertar sospechas. Asintió en silencio. Puso la furgoneta en marcha y se mezcló entre la circulación. No podían detenerlo, todavía no. Aún le faltaba mucho para vaciar la pecera.
Capítulo 11
Viernes, 20 de febrero, 20.00 horas
– Dame las llaves.
Kristen no dijo nada, no movió ni un músculo; se limitó a mirar por la ventanilla, tal como llevaba haciendo todo el trayecto. Estaba en estado de shock. Al darse cuenta, Abe se arrepintió de no haber hecho caso de su primer impulso y haberla llevado directamente a urgencias.
Se acercó hasta su puerta y le alzó suavemente la barbilla.
– Kristen. -Chasqueó los dedos y ella parpadeó-. Vamos dentro. ¿Puedes caminar?
Ella asintió, confusa, y salió del coche como pudo, pero al poner los pies en el suelo hizo una mueca de dolor. Él hizo caso omiso de sus grititos de protesta y la cogió en brazos como si de uno de los hijos de Sean se tratase.
Entró con ella en la cocina, con cuidado de no lastimarle la rodilla; la había visto frotársela mientras se disponía a arrebatarle a la asquerosa de Richardson la cinta que había obtenido de forma tan poco ética. No había podido pararle los pies en la rueda de prensa, pero no pensaba permitirle que presentara ante todo Chicago la imagen de Kristen herida y asustada.
A pesar de que se hacía la valiente, la mujer que llevaba en brazos estaba herida y asustada. De hecho, estaba completamente aterrorizada. Pensó en la mirada que había observado en sus ojos esa mañana, cuando estaban sentados en el coche delante de la casa de los Reston. Parecía mentira que hubiera sido aquella misma mañana.
Sin embargo, por inverosímil que resultara, era cierto. Ella misma había dicho que las víctimas no olvidaban nunca la agresión; nunca. En aquel momento le había asaltado la sospecha de que Kristen también había sido una víctima. Y todavía lo era. Ahora estaba seguro. No estaba preparado para analizar el sentimiento que le producía el hecho de saberlo. Las circunstancias presentes lo abrumaban demasiado para pensar en el pasado.
– Voy a desconectar la alarma -murmuró Kristen.
Él la bajó hasta una altura que le permitiera accionar los botones del panel y luego la condujo al mullido sofá de la sala de estar. La tendió en él con las piernas estiradas y le colocó un cojín debajo de las rodillas.
A continuación le desabrochó el primer botón del abrigo, pero ella lo detuvo.
– No. -Se incorporó y su mirada se perdió en la penumbra.
– Muy bien. -Abe encendió la luz y la claridad repentina los obligó a pestañear-. Te prepararé un poco de té. -Esperaba que tuviese infusiones en bolsita, pues no tenía ni idea de qué cantidad de té debía poner en la tetera de porcelana con grandes rosas estampadas-. Aguarda aquí.
Estaba de suerte; preparó una infusión mientras llamaba a Spinnelli, a Mia y a su cuñada Ruth, que era médico. La voz no le temblaba. Sin embargo, sí le temblaron las manos al coger la taza de té.
Se dio media vuelta y se apoyó en el viejo frigorífico con la delicada taza entre las manos; notaba un nudo en el estómago. De pronto, acudió a su mente la imagen de aquel día. Se encontraba con Debra en el momento en que le habían disparado, permanecía atrapado en aquella escena que había reproducido mentalmente tantas veces que no era capaz de contarlas. La noche anterior había estallado una tormenta primaveral que dejó más de diez centímetros de nieve. Por la mañana, los márgenes del camino seguían cubiertos de hielo y a él le dio miedo que Debra resbalase y se cayera. Podría haber sufrido algún daño, ella o el hijo que esperaban. Qué ironía.
– Te dejaré enfrente de la tienda -se ofreció; le preocupaba que el trayecto a pie desde la zona de aparcamiento hasta la tienda de ropa de bebé fuera excesivo para Debra, embarazada de ocho meses.