Ella se había echado a reír con aquellas carcajadas que le parecían tan increíblemente excitantes.
– No me seas protector -le dijo en tono guasón-. Estoy embarazada pero no soy una inválida. Un poco de ejercicio me sentará bien. Ruth me lo ha dicho.
Por eso había continuado hasta encontrar un hueco, a dos manzanas de la tienda de bebés de Michigan Avenue. A Debra, el vale que había recibido como regalo en la fiesta que habían celebrado la noche anterior le quemaba en las manos y había saltado del coche sin que a él le diera tiempo a abrirle la puerta. A continuación, todo había ocurrido muy deprisa. Se oyó un disparo y ella se desplomó; el rostro del asesino adolescente se demudó de sorpresa y disgusto, y luego se apresuró a subirse al coche que lo esperaba. Los neumáticos chirriaron cuando se dio a la fuga.
Después, todo había ocurrido muy lentamente. La sangre de ella se derramó en la cuneta y un transeúnte empezó a gritar para pedir auxilio mientras él intentaba sin éxito detener el chorro que manaba del agujero de la sien. Suplicó una y otra vez: «Debra, por favor, cariño, abre los ojos».
Pero Debra no abrió los ojos. No volvió a hacerlo nunca más. Una hora más tarde los médicos le entregaron el bebé en el hospital; yacía inmóvil, inerte. Nunca se había sentido tan impotente.
Hasta aquella noche, cuando se dirigía al lugar del siniestro sabiendo que Kristen se encontraba encerrada en su coche por culpa de dos rufianes sedientos de sangre que la habían amenazado por algo de lo que ella no era la causante.
«Pero está bien. Ha sabido defenderse», se dijo.
Soltó una risita triste. Con un simple espray de polvos picapica. Menos mal que lo llevaba encima y había tenido agallas para emplearlo. Menos mal que no se había quedado paralizada y sin saber qué hacer.
– Abe.
Alzó la vista y la encontró en el arco de la puerta con expresión preocupada. Lo había llamado «Abe».
– No tendrías que haberte levantado -la regañó.
Ella avanzó cojeando por el desgastado suelo de linóleo y le cogió la taza de las manos.
– No estoy herida. Me encuentro bien.
Estaba mejor, lo notó enseguida. Tenía la mirada más viva y el rostro menos pálido. Pero ni con mucho estaba bien.
– Ya, por eso no te has quitado el abrigo. -Su voz resultó más áspera de lo que pretendía; aun así, ella se despojó del abrigo en silencio y dejó al descubierto el traje gris marengo y la blusa fucsia que, por extraño que resultara, no desentonaba con su pelo.
– ¿Es para mí este té? -preguntó.
– Si está bueno sí, si no me lo tomaré yo.
Ella dio un sorbo.
– Está bueno. ¿Puedo ofrecerte algo? Tienes peor aspecto que yo.
Él supuso que tenía razón.
– ¿Tienes algo un poco más fuerte que el té?
– Yo no bebo, pero es posible que tenga algún licor. -Abrió un armario y sacó una botella de whisky escocés que estaba por estrenar; era de buena marca-. Me tocó el año pasado en un sorteo que se celebró en la oficina por Navidad. Si no te gusta, échale la culpa a John.
La siguió hasta la mesa de la cocina y se sentó enfrente de ella.
– Está muy bueno -opinó después del primer trago. Alden tenía buen gusto-. ¿Por qué no bebes?
Ella lo miró por encima de la taza de té.
– Eres un entrometido.
Él siguió bebiendo whisky y notó cómo le templaba el estómago y le aplacaba los nervios que le había dejado el paseo por los caminos del recuerdo.
– Gajes del oficio.
Kristen aceptó su explicación con una mueca irónica.
– Cuando yo tenía dieciséis años mi hermana murió en un accidente de tráfico en el que el conductor iba bebido. Nunca he probado el alcohol.
– Lo siento.
– Gracias.
No dijeron nada más, se limitaron a permanecer sentados mientras cada uno se tomaba la bebida que había elegido. A Kristen aquel silencio no le resultó incómodo; observaba a Reagan al otro lado de la mesa. Tras las últimas noches, ya no le extrañaba tenerlo en la cocina; su compañía imprimía al ambiente cierta intimidad, y ella la disfrutaba a pesar de ser consciente de que solo se trataba del producto de su imaginación. Y de un deseo vano.
Sonó el timbre y Reagan se puso en pie.
– Debe de ser el agente McIntyre que viene a levantar acta de lo ocurrido.
– Hazlo entrar aquí.
Lo oyó abrir la puerta y saludar a McIntyre. Pero al momento empezó a despotricar, y antes de que entrara en la cocina Kristen ya sabía que sostenía en las manos una caja de cartón de color marrón.
– Qué hijo de puta -gruñó Reagan-. Por lo menos esta vez la cámara habrá captado las imágenes.
Kristen se quedó mirando la caja marrón; le pesaban las extremidades debido al agotamiento.
– Sabíamos que ocurriría tarde o temprano. ¿Quieres abrirla aquí o en la comisaría?
Reagan sacó el móvil.
– Que lo decida Spinnelli.
Salió de la cocina y la dejó allí con la caja, en compañía del inquieto agente McIntyre.
– Estamos pasando una mala racha, señorita Mayhew -dijo McIntyre.
No sabía por qué, pero las palabras honestas del joven agente se le antojaron a Kristen de lo más gracioso. Se echó a reír a carcajadas; no podía parar. Cuando al fin se quedó sin aliento, se dejó caer en la silla. McIntyre escrutaba su taza con recelo.
– No es más que té, agente -explicó cuando consiguió llenar de aire los pulmones-. El whisky es de Reagan.
– Claro, señorita. ¿Puedo redactar el acta ahora?
Kristen arrastró una silla y le indicó con un ademán que se sentara.
– Adelante. No estoy borracha, agente McIntyre, solo cansadísima y muy preocupada. -Se irguió en la silla-. Le ha tocado poner el remate a un día horroroso.
El chico sacó el bloc con expresión comprensiva.
– Seré breve.
Y, fiel a su promesa, no formuló preguntas estúpidas ni le hizo repetir nada. Cuando Reagan volvió, ya se había guardado el bloc en el bolsillo.
– ¿Lo tiene todo, McIntyre?
– Sí. No tengo claro que logremos atraparlos, pero de todas formas mañana enviaremos a algunos hombres a rastrear la zona. Tal vez los vecinos hayan reparado en la presencia de algún matón. Ya veremos.
Reagan hizo una mueca.
– Volverán a intentarlo.
A Kristen se le encogió el estómago.
– Maravilloso.
Reagan le apretó ligeramente el hombro sano.
– Trata de no preocuparte. -Retiró la mano antes de que ella cediera a la tentación de apoyarse en él-. Spinnelli y Jack vienen hacia aquí. McIntyre, tendrá que confirmar dónde ha encontrado exactamente la caja.
McIntyre se ajustó la gorra.
– No hay problema, detective. Señorita Mayhew, la llamaré si surge algo nuevo.
Reagan lo acompañó a la puerta. Kristen lo oyó saludar a otra persona y abrió los ojos como platos cuando lo vio aparecer con una treintañera de pelo castaño claro que llevaba un bolso negro. Había tenido más visitas en una hora que durante los últimos dos años. Reagan le dedicó una mirada cautelosa.
– Esta es mi cuñada Ruth.
La pediatra. Kristen frunció los labios.
– Te he dicho que no es nada.
– Y seguramente tiene razón, señorita Mayhew -convino la mujer-. Lo comprobaremos y así podremos irnos todos a dormir.
– Por favor, llámame Kristen. -Le lanzó una mirada feroz a Reagan, quien no parecía tener ninguna intención de disculparse-. Siento que Reagan te haya hecho salir de casa; no me pasa nada.
– Le duele el hombro y la rodilla -dijo Reagan. Kristen dio un resoplido de frustración, pero Ruth la miraba con expresión divertida.
– Llámame Ruth o doctora Reagan, pero no doctora Ruth. Es todo cuanto te pido. Abe, lárgate. -Esperó a que le hubiera obedecido y luego esbozó una sonrisa-. Quítate la chaqueta y las medias, si puedes.
Con la chaqueta lo logró, aunque le costó lo suyo. Las medias eran harina de otro costal. Kristen reconoció a regañadientes que no podía.