– Menos mal que has venido. No me imagino durmiendo con las medias puestas.
Ruth sonrió abiertamente y se arrodilló junto a la silla.
– Yo ni siquiera me imagino llevándolas. Debes de sentirte como una salchicha. Deja que te ayude. -Tras unos cuantos tirones, las piernas de Kristen quedaron desnudas, con la falda por encima de las rodillas. Ruth le dio unos cuantos golpecitos suaves y luego se puso en cuclillas-. Me parece que te has torcido la rodilla y te has hecho un esguince en el hombro. No es grave, pero mañana te dolerá.
Kristen frunció el entrecejo.
– ¿Más que ahora?
– Mucho más -aseguró Ruth en tono jovial-. Pero teniendo en cuenta lo que podría haber sido, diría que has estado de suerte. -Se puso en pie y miró al suelo. Su expresión se tornó preocupada-. Abe es una buena persona. Tenía miedo de que hubieras entrado en estado de shock. No seas excesivamente dura con él.
Kristen se bajó la falda para cubrirse las rodillas.
– Siento que hayas tenido que venir.
– No te apures. ¿Has cenado?
Kristen hizo un esfuerzo por recordarlo.
– Sí, sí. Fui a la cafetería de Owen. Volvía a casa cuando esos tipos me abordaron.
– Bueno, me parece que lo mejor será que tomes ibuprofeno y te des un buen baño.
Kristen dio un bufido.
– Eso es exactamente lo que le he dicho a Reagan que iba a hacer, pero es muy terco y no escucha.
Ruth se echó a reír.
– Es cosa de familia. Espera a conocer a su padre.
Kristen sacudió la cabeza, muy alarmada por lo que Ruth pudiera estar pensando.
– No, no… Yo no… Quiero decir que… -Se dio por vencida al observar el regocijo creciente de Ruth-. Déjalo, da igual.
– Encantada de conocerte, Kristen. -La sonrisa de Ruth se desvaneció y la chica se volvió hacia la puerta-. Déjale que te cuide, por favor. Es muy importante.
Kristen recordó la expresión del rostro de Abe cuando ella había entrado en la cocina; reflejaba desconsuelo y desesperanza. Aferraba la taza con tal fuerza que pensó que iba a hacerse añicos entre sus manos.
– ¿Por qué? -preguntó.
Pero no obtuvo respuesta. Reagan había elegido aquel preciso momento para volver.
– Kristen está bien, Abe -dijo Ruth dándole una palmadita en el hombro-. En cambio tú necesitas imperiosamente tomarte algo caliente y descansar.
Abe le dirigió a su cuñada una sonrisa que denotaba verdadero afecto. A Kristen se le encogió un poco el corazón. Se preguntaba cómo debía uno de sentirse al tener familiares tan allegados que acudían al momento de haberles pedido ayuda. De nuevo, se puso a soñar despierta.
– No te preocupes por mí -dijo Abe.
Ruth suspiró.
– Siempre me dices lo mismo, pero no puedo evitarlo. Vendrás el sábado, ¿verdad? Falta solo una semana, no te olvides.
– Ni por todo el oro del mundo me perdería el bautizo de mi nueva sobrinita.
Ruth se mordió el labio inferior.
– Siento lo de los padres de Debra, Abe. Mi madre los ha invitado y no podía decirles que no vinieran sin provocar un altercado familiar.
¿Quién era Debra? ¿Por qué al mencionar a sus padres la mirada de Abe se había endurecido?
– No te preocupes, Ruth. Seguro que podemos convivir de forma pacífica durante unas horas. -Le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja; tenía práctica, se notaba que lo había hecho muchas veces antes-. Si veo que se avecinan problemas me iré, te lo prometo.
– No quiero que te marches, Abe. -La voz de Ruth se empañó; cerró los ojos-. Lo siento. Es que ya te has perdido muchas cosas y no quiero que te pierdas también esta.
Él, incómodo, se volvió hacia Kristen. Ella estuvo tentada de apartar la mirada, por educación, pero recordó de nuevo aquella expresión afligida y decidió dedicarle una sonrisa de apoyo. Aquel desconocido se había portado con ella como si formara parte de su familia. Se había preocupado por ella cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo. Ruth había dicho que era importante que le permitiera cuidarla y, cualquiera que fuese el motivo, Kristen creyó que tenía razón.
– No me seas melindrosa -dijo Abe-. Ya sabes cuánto lo odio.
Ruth, con los ojos llorosos, esbozó una sonrisa.
– Es culpa de las hormonas. Encantada de haberte conocido, Kristen. Mantén la pierna en alto. -Se inclinó y besó a Reagan en la mejilla-. ¿Vendrás a cenar el domingo?
Kristen observaba la escena fascinada mientras las mejillas de barba incipiente de Reagan se enrojecían ante el pequeño gesto de su cuñada.
– ¿Crees que voy a perderme el asado? Pues te equivocas. Te acompaño al coche.
Kristen agitó la mano en señal de despedida.
– Gracias.
Los vio marcharse. Reagan rodeaba a Ruth por los hombros; la imagen la atenazó. Odiaba desear cosas que nunca tendría. Se volvió y miró la caja.
Él estaba allí por aquella maldita caja; por todas aquellas malditas cajas. Y en cuanto su humilde servidor estuviera entre rejas, desaparecería. Aspiró hondo y soltó el aire antes de concentrarse en la caja.
Se preguntaba a quién habría elegido esta vez el espía como víctima. Se esforzó por sentir su muerte, pero era muy difícil lamentarse por la desaparición de aquellos criminales. Y todavía le resultaba más difícil después de lo ocurrido aquella noche. No hacía falta ser ningún genio para adivinar lo que aquellos hombres le habrían hecho si no se hubiera librado de ellos. No hacía falta mucha imaginación para saber cómo habría terminado.
Con los recuerdos bastaba.
– Spinnelli llegará enseguida -masculló para sí. No era cuestión de que la encontrara allí sentada con las piernas desnudas. Tenía que cambiarse. Hizo acopio de toda su energía y se puso en pie.
Viernes, 20 de febrero, 21.15 horas
No llamó. Dio tal golpe en la puerta que bastaba para despertar a un muerto.
Zoe le abrió.
– ¿Es que no eres capaz de dominarte? -le espetó.
Él la empujó para abrirse paso y dio tal portazo que el edificio tembló.
– Parece que no, puesto que he sido lo bastante estúpido para liarme contigo. -El cuerpo le temblaba por la furia apenas contenida y por primera vez Zoe sintió miedo.
– Tranquilízate, por el amor de Dios. ¿Quieres tomar algo?
– No, no quiero tomar nada. -La aferró por los brazos y ella soltó un grito. Tiró de ella hasta obligarla a ponerse de puntillas-. Lo que quiero es que te retractes y dejes de hablar de Mayhew y de espías asesinos. -Tiró con más fuerza y ella ahogó un gemido-. ¿Lo entiendes?
Ella luchó por liberarse pero él la tenía inmovilizada.
– Es mi trabajo. Estoy haciendo mi trabajo.
– Pues búscate otra noticia o conseguirás que pierda el mío.
– Estás exagerando. No vas a perder el trabajo.
Él la zarandeó con ímpetu.
– Claro que no; porque tú vas a dejarlo estar.
Ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos.
– Y si no, ¿qué? ¿Qué harás? ¿Le contarás a todo el mundo que me acuesto contigo? Recuerda que yo no estoy casada; a mí me da igual. -Entrecerró los ojos-. ¿O piensas convertirme en un regalito para Kristen?
Él palideció de golpe, tal como ella preveía.
– ¿De qué estás hablando?
Ella se encogió de hombros con gesto despreocupado.
– Del poder de los periodistas, de la comunicación. Corre un rumor y de pronto la gente te asocia con un espía. Algo así arruinaría la carrera de cualquiera.
Se la quedó mirando un momento, luego la apartó de sí con fuerza, como si le quemara. Si por ella fuera, lo quemaría de verdad. Nadie se atrevía a amenazar a Zoe Richardson; nadie.
– Estás loca -masculló.
– Para tu desgracia, estoy perfectamente cuerda. -Se llevó las manos a las caderas, muy consciente del efecto que provocaba-. Bueno, ¿piensas quedarte o no?
El horror se plasmó en el rostro de él.