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– ¿Crees que voy a acostarme contigo después de esto? ¡Santo Dios!

– Lástima. Después de la rueda de prensa y la entrevista con los Conti aún me va el corazón a mil. Lo último que me apetece es dormir.

Él la miró con recelo.

– ¿Has dicho Conti? ¿Qué tiene que ver ese hijo de puta en todo esto?

Zoe se echó a reír.

– Qué mojigato te has vuelto de repente. Vete a casa, cielo. A lo mejor aún llegas a tiempo de ver la entrevista.

Él agitó cabeza.

– Eres peor que el veneno.

– Es probable. Ah, y te aconsejo que tengas cuidado con lo que dices mientras duermes, cielo.

Él volvió a palidecer y guardó silencio un momento.

– ¿De qué hablas?

Aquello era demasiado denso para resumirlo en cuatro palabras.

– Hablas en sueños, cariño. Estoy segura de que tu mujer sabe lo nuestro. Y si no, pronto lo sabrá. -Zoe ladeó la cabeza y sonrió con expresión condescendiente-. Que duermas bien.

Viernes, 20 de febrero, 22.00 horas

Había seleccionado el siguiente nombre de la pecera. Era una buena elección. Lo miró mientras reflexionaba sobre la vileza de los crímenes de aquel sujeto. Sería un gran placer verlo muerto.

Suspiró. Debía admitirlo; al menos tenía que confesárselo a sí mismo. Había empezado la misión para vengar a Leah y a las muchas otras víctimas a quienes la justicia había dado la espalda. Tras eliminar al segundo, a Ramey, sintió satisfacción, lo cual estaba bien. Con King fue más que satisfacción, sintió casi… entusiasmo al apalear el rostro de aquel hombre hasta dejarlo como una masa sanguinolenta. Pero lo de Skinner… había sido verdadero placer.

Observó los ojos horrorizados de Skinner. Lo vio forcejear y dar boqueadas cuando ya tocaba a su fin. Y sintió placer.

¿Estaba eso mal? ¿Se habría enfadado Dios?

Se dijo que no. Los hombres de Dios se vieron a menudo obligados a matar y después fueron alabados por ello. Había precedentes. Incluso el propio Skinner habría apreciado que hubiese precedentes.

Se levantó para acercarse al ordenador cuando una imagen del televisor captó su atención. Llevaba todo el día mirándolo, primero apagado y luego encendido. Oyó que lo nombraban y observó la reacción del público. Si la opinión de la gente en el juzgado era un buen indicador, contaba con muchos adeptos. Su cuerpo se tensó cuando Zoe Richardson llenó la pantalla.

Odiaba a aquella mujer. También ella era vil; siempre pavoneándose y haciendo que Kristen pareciera incompetente. Se alegraba de que Reagan le hubiera arrebatado la cinta aquella tarde. Si no, lo habría hecho él mismo. Se sentó, cogió el mando a distancia y subió el volumen. Richardson estaba entrevistando a aquel asesino, a Angelo Conti.

– ¿Cuál fue su reacción al conocer la existencia de Humilde Servidor? -preguntó Richardson.

Conti adoptó un aire fanfarrón.

– No me sorprendió demasiado -respondió.

Richardson ladeó su cabeza rubio platino.

– ¿Y por qué no?

– Por la forma en que ella se dedicó a perseguirme, como si estuviese loca o algo parecido. Soy inocente.

– De hecho, su caso no está cerrado. La fiscal Mayhew podría volver a llevarlo ante los tribunales.

El rostro de Angelo se tornó granate.

– Sí, y volvería a perder. Es una incompetente, ¿sabe? Por eso ha contratado a ese tipo. No puede ganar por sí misma y busca otra forma de pelear.

Richardson pareció desconcertada.

– ¿Está diciendo que la fiscal Mayhew paga a Humilde Servidor para que asesine a las personas que ella no ha conseguido que condenen? ¿Se trataría, entonces, de un sicario?

El estómago se le revolvió al oír la acusación que había lanzado Richardson desde el televisor.

– No -susurró mientras aferraba con el puño cerrado el medallón que llevaba colgado al cuello-. No es cierto.

Angelo Conti se encogió de hombros.

– Llámelo como quiera. Me gustaría que alguien husmeara en su cuenta corriente como ella hizo con la mía.

– Es un punto de vista interesante. -Richardson se volvió hacia la cámara-. Les ha informado Zoe Richardson desde Chicago.

Apagó el televisor. Estaba temblando. Miró el nombre del papelito que había sacado de la pecera y decidió que tendría que esperar. Otro blanco ocupaba ahora el punto de mira.

Viernes, 20 de febrero, 22.30 horas

– ¿Dónde está Spinnelli? -se quejó Jack-. Quiero abrir la caja.

Abe hizo una mueca irónica. Jack parecía un niño el día de Navidad.

– Llegará enseguida. Mañana tendrás todo el día para analizar lo que ha dejado esta vez.

Jack gruñó.

– ¿Y dónde está Mia? Pensaba que llegaría pronto para coger sitio en primera fila.

– Tenía una cita. La he llamado para decirle que Kristen estaba bien y he hablado con ella, pero media hora más tarde tenía el teléfono desconectado.

Jack parecía enfadado.

– Bueno, por lo menos mañana alguien estará contento.

Kristen levantó por un momento la vista desde su asiento, en un extremo de la mesa de la cocina. Se había puesto un chándal pero seguía llevando aquel pingorote tirante en la cabeza y Abe tuvo que contenerse para evitar extraerle las horquillas y liberar sus rizos; probablemente aquel moño era su último recurso para aparentar control.

– ¿Por qué iba a estar Mia más contenta que los demás? -preguntó, y al momento abrió los ojos como platos y sus mejillas se tornaron de un rosa muy favorecedor al captar el significado de lo que Jack había dicho-. No importa.

Jack sonrió.

– Lo siento, Kristen -dijo, y enseguida se puso serio-. Ya sabes que no habrá gran cosa para analizar mañana. Él ni siquiera se ha acercado a la casa.

Así era. El hijo de puta debía de haber descubierto las cámaras porque en la cinta solo aparecía un jovencito en el momento de dejar la caja. Habían captado un buen plano del rostro del chico y del nombre de la escuela que llevaba bordado en la chaqueta; sería fácil localizarlo.

No obstante, el equipo de Jack estaba esparciendo talco en el porche de la casa de Kristen, para tratar de descubrir huellas, y registrando a fondo cada rincón del jardín de la entrada en busca de cualquier rastro. Una llamada a los vecinos reveló que la caja ya se encontraba allí cuando regresaron del trabajo a las cinco. Aparte de eso, nadie había visto nada más.

Jack señaló la caja.

– Vamos a abrirla, ¿de acuerdo?

Abe suspiró.

– De acuerdo. Adelante.

Jack había cubierto la mesa de la cocina de Kristen con papel de embalar de color blanco.

– No creo que encontremos ninguna huella en la caja, aunque nunca se sabe. Aquí está. -Abrió la caja y sacó de ella un sobre. Se dejó caer en la silla-. Dios santo.

Kristen se puso en pie de repente.

– ¿Qué?

Jack levantó la cabeza, su rostro había perdido el color.

– Es Trevor Skinner.

– Oh, no. -Kristen se sentó y se hundió en la silla; tenía el rostro tan blanco como el papel que cubría la mesa-. Me lo temía -suspiró-. Ha añadido a los abogados defensores en su lista de objetivos.

Abe cogió el sobre de la mano temblorosa de Jack. De aquel hombre solo conocía su reputación. Hacía un trabajo excelente.

– ¿Lo conocías bien?

Ella asintió, aturdida.

– Tuvimos unos cuantos encontronazos. Era implacable. Odiaba encontrármelo en los tribunales. Se mostraba despiadado con las víctimas y las machacaba hasta anularlas. -Se presionó los labios con las puntas de los dedos-. No puedo creerlo.

Abe rebuscó entre el contenido del sobre esparcido en la mesa y encontró la carta.

– «Mi querida Kristen: Me alegro mucho de que se haya descubierto el pastel. Espero que te haya reconfortado saber que esos monstruos han muerto. Mientras pueda seguir, seguiré. A estas alturas debes de estar preguntándote por qué lo hago, por qué me he embarcado en la misión de librar a la ciudad de la chusma inmunda que vaga por sus calles. Huelga decir que tengo mis motivos. Vi al señor Trevor Skinner en acción en los tribunales, observé la habilidad con que minaba la confianza de las víctimas y las dejaba incapaces de hablar con voz propia.»