Abe hizo una pausa y miró a Kristen.
– Sí, es cierto; yo protestaba una y otra vez, pero él nunca se daba por vencido. Estaba muy solicitado por los ricos; era capaz de hacer que una víctima pareciera peor que el acusado. Los casos de violación eran de lo más penoso. -Empezaron a temblarle los labios y los frunció-. Conseguía que las mujeres acabaran considerándose sucias y despreciables -dijo con un hilo de voz. Miró a Abe a los ojos; los suyos mostraban un brillo lloroso-. Siento que lo haya asesinado, Abe, pero me alegro mucho do que no pueda volver a hacer eso a ninguna otra mujer. -Parpadeó y dos lagrimones le resbalaron por las mejillas; Jack le cogió la mano.
– Tendríamos que haber hecho esto en el laboratorio -apuntó Jack en voz baja-. Es demasiado para ti, después de todo lo que ha pasado esta noche.
Ella espiró largamente y le soltó la mano con suavidad.
– Estoy bien, solo un poco afectada. Oigamos el resto.
– «Siguiendo la filosofía del "ojo por ojo", concebí un castigo apropiado. Ahora podrás dormir tranquila, Kristen, al saber que Skinner murió sin poder pronunciar ni una palabra en su defensa. Por favor, asegúrate de que los criminales de Chicago sepan que los acecho; estoy furioso y no pienso atenerme a las leyes de los hombres. Se despide como siempre, tu humilde servidor.»
Abe suspiró.
– «Posdata: Sería mejor que terminaras una cosa antes de empezar la siguiente.»
– ¿Qué has empezado a hacer? -preguntó Jack.
Los labios de Kristen se tensaron.
– Anoche empecé a confeccionar unas cortinas para cubrir las ventanas.
Jack hizo esfuerzos por aguantarse la risa. De pronto, estalló, y al cabo de un momento Kristen hizo lo propio. Abe pensó que tenía una risa maravillosa; de nuevo le atenazaba el estómago, y su semblante debió de manifestarlo porque Kristen se puso seria de repente y pareció sentirse culpable.
– Lo siento, de verdad. Es que… ha sido un día muy largo.
– Y lo que queda todavía -dijo Spinnelli desde el vano de la puerta-. ¿Habéis oído las noticias?
– Andamos algo ocupados, Marc -respondió Kristen con ironía-. Hemos asistido a la rueda de prensa. ¿Qué otro desastre puede haber causado esa mujer desde entonces?
Spinnelli extrajo una cinta del bolsillo de su abrigo.
– ¿Dónde tienes el vídeo?
– En la sala de estar -dijo en tono preocupado.
Spinnelli miró la caja.
– ¿A quién le ha tocado esta vez?
– A Trevor Skinner -respondió Abe.
El rostro de Spinnelli se tornó tan céreo como el del resto.
– Y yo que creía que el día no podía ir a peor.
Sábado, 21 de febrero, 2.00 horas
– Tendrías que estar durmiendo.
Sorprendida por la voz grave de Reagan procedente de la escalera del sótano, Kristen desvió la atención de la repisa de la chimenea que estaba puliendo y apartó de su mente la imagen de Zoe Richardson sumergida en miel y atada junto a un rebosante hormiguero. Las fieras hormigas rojas mordían con fuerza. Horas después, aún estaba enojada; le exasperaba que Richardson insinuara que ella había contratado al asesino, que aquella bruja teñida de rubio platino proporcionase a la comunidad criminal un nuevo motivo para cernerse sobre ella, que Angelo Conti contara con otra oportunidad de mentir ante la cámara. Y, en aquel preciso momento, le exasperó que el pulso se le acelerara con solo oír la voz de Reagan.
Pero él no tenía la culpa de los motivos de su enfado. Él había sido más que amable y se había negado a marcharse después de que lo hicieran Spinnelli y Jack, preocupado porque los hombres que la habían abordado volviesen.
– Lo siento -se disculpó Kristen-. No quería despertarte. Trataba de no hacer ruido.
– No estaba durmiendo.
Lo observó descender por la escalera despacio, con cuidado. Aún llevaba puestos los gruesos zapatos, como si esperase tener que salir corriendo en cualquier momento detrás de algún intruso. Sus pantalones conservaban la raya a pesar de la cantidad de horas que hacía que los llevaba puestos. Los únicos indicios de relajación los constituían la ausencia de corbata y el hecho de llevar la camisa por fuera de los pantalones y el botón del cuello desabrochado. Fijó los ojos en el cuello, probablemente más tiempo del que debía. Luego los posó en su rostro, cuyas mejillas oscurecía una barba incipiente, y, de allí, en sus ojos, ensombrecidos por la preocupación. «Está preocupado por mí», pensó, y trató de que la idea no calara en ella excesivamente.
– ¿No te duele el hombro haciendo eso? -preguntó Abe, y ella bajó la vista al papel de lija.
– No mucho. El que me duele es el izquierdo, y soy diestra.
– Ah, pensaba que estabas cosiendo las cortinas -dijo.
– La máquina de coser hace demasiado ruido y…
– Y no querías despertarme; ya lo he entendido. -Se dirigió a las pequeñas ventanas que se alineaban en la pared del sótano. A diferencia de ella, Reagan era lo bastante alto para mirar a través del cristal sin necesidad de encaramarse a una silla. Su estatura y su fuerza resultaban tranquilizadoras-. ¿Dónde tienes la máquina de coser?
– En la habitación libre.
– Entonces puede haberte visto desde la calle.
Kristen dejó el papel de lija; de pronto notó en las palmas de las manos un sudor frío. Se las secó en el pantalón del chándal.
– Sí. -Se levantó; al hacerlo el dolor de la rodilla la obligó a torcer el gesto-. Mira, ya sé que esto me hace parecer débil y cobarde, pero ¿podríamos no hablar de él? Me estoy volviendo loca, no dejo de preguntarme si está ahí fuera observándome. -Sintió un frío repentino y se frotó la parte superior de los brazos-. Espiándome. Es como una película de Hitchcock. Me da miedo hasta meterme en la ducha.
Abe frunció los labios. No era la primera vez que Kristen observaba lo atractivos que eran. Armonizaban con las otras facciones del rostro que en aquel momento se volvía hacia ella.
– Bueno, si quieres ducharte ahora me ofrezco a vigilar desde la puerta. Te prometo que no miraré.
Kristen se quedó muda. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron de golpe. Lo había dicho de broma, con la intención de hacerle sonreír, pero era evidente que sus propias palabras le habían afectado. Todo en él se paralizó, a excepción del rítmico movimiento de su pecho, mientras sus ojos azules emitían un destello y capturaban la mirada de Kristen. El aire que los separaba había adquirido una carga eléctrica. Casi veía las chispas.
Chispas. Levantó la cabeza al encendérsele la luz.
– Participante en el caso Electric, ¿verdad? De eso te conozco. Fue hace dos años, en verano. Trabajabas de incógnito y te detuvieron junto con los demás acusados por posesión de drogas. Te vi en la zona de registro. -Recordó que primero lo había oído y luego lo había visto. Cómo no iba a acordarse.
Los labios de Abe se curvaron en una sonrisa casi petulante.
– Me preguntaba si te acordarías. Te ha costado bastante.
Kristen avanzó cojeando.
– Y con razón. -Soltó una risita al recordar su aspecto-. Entonces llevabas coleta, barba y un ojo morado, y tenías la lengua muy larga.
Abe sonrió abiertamente y la imagen dejó a Kristen sin aliento.
– Aquel día iba camuflado. Tendrías que haber oído lo que dije de ti en cuanto te marchaste.
Estaba sola con un hombre al que había conocido hacía tres días, que le proporcionaba seguridad y que, si no se equivocaba, flirteaba con ella. No era la primera vez que alguien lo hacía, pero todos los casos anteriores la habían dejado fría. En ese momento no podía decir lo mismo.
– Casi me da miedo preguntártelo. -Lo decía en serio.