Él arqueó una de sus cejas morenas y el gesto le confirió un aire travieso. Kristen se avergonzó al notar que la boca se le hacía agua y que el calor de sus mejillas invadía el resto de su cuerpo. «No lo desees, Kristen. Nunca será tuyo.»
– Digamos que mi personaje era muy masculino; dejémoslo así -dijo con ironía y sin apartar la mirada de sus ojos.
Kristen tragó saliva y volvió la cabeza. Retomó su tarea y se concentró en lijar bien una zona de la repisa en la que la pintura de hacía décadas estaba muy adherida.
– Aquel día llevaba documentos a la policía del distrito -explicó-. Primero te oí y luego te vi. Tú me observabas. -Lo hacía con aquellos ojos azules penetrantes que nunca había olvidado del todo-. ¿Por qué?
Lo oyó aproximarse y a continuación notó el calor de su cuerpo detrás de ella. De pronto, le pareció imposible haber sentido frío.
– No lo sé -dijo muy serio-. Levanté la vista y allí estabas tú, con el traje negro y el pelo recogido. Me quedé… anonadado.
«Anonadado.» Kristen se echó a reír.
– Vamos, detective. «Anonadado» es un poco exagerado, ¿no te parece?
– Tú has preguntado, y yo he respondido -dijo en tono seco-. No me gustó nada sentirme así.
Al oír la dureza de sus palabras, el estómago de Kristen dio un vuelco peligroso. Aquello le había dolido. Se refugió en la pintura hasta que estuvo segura de que podía hablar con voz firme.
– Es bueno saberlo. Me parece que ya estoy preparada para hablar de espías obsesos.
– Entonces mi esposa aún vivía. -Las palabras quebradas parecieron cernerse sobre ambos.
«Su esposa.» Kristen se volvió despacio. Él se encontraba muy cerca; retrocedió hasta apoyarse en la repisa de la chimenea para ganar unos centímetros de distancia. Se había fijado en ella cuando aún estaba casado. No creía que fuera de ese tipo de hombres. Aquello le dolió aún más.
– ¿Tu esposa? -preguntó con un hilo de voz.
Él la miraba con ojos penetrantes, retador.
– Sí. Debra, mi esposa.
Debra era su esposa. Y a él le molestaba que sus padres acudieran al bautizo del sábado. Kristen se humedeció los labios; de repente, los tenía resecos.
– Si lo he entendido bien, murió.
– Hace un año.
Ella aguardó un momento pero él no añadió nada más.
– ¿De qué murió?
La expresión de Abe se tornó airada.
– Me parece que la causa oficial de la muerte fue un fallo cardíaco, pero tras cinco años en estado vegetativo un fallo de cualquier órgano habría bastado.
Ella se quedó sin aliento al asimilar la magnitud de lo que acababa de decirle. «Cinco años.» Le dolió en el alma que hubiese tenido que pasar por semejante experiencia. Su primera impresión la noche en que coincidieron en el ascensor había sido acertada. Su semblante mostraba una desolación inequívoca.
– La amabas.
Los ojos de Abe emitieron un destello.
– Sí. -La intensidad con la que pronunció aquella corta palabra lo expresaba todo.
Kristen supo que si quería saber más cosas tendría que preguntárselas. Aunque no estaba segura de querer saber más. Ya le había creado bastantes problemas ocuparse de los asuntos ajenos. «Pero él se ha ocupado de los tuyos, Kristen, y lo ha hecho sin dudarlo ni un segundo.» De pronto, se dio cuenta de que él le estaba ofreciendo la oportunidad de compartir lo que pesaba sobre ambos.
Una relación. Algo con lo que llevaba años soñando, algo que la aterrorizaba tanto como la atraía.
Mientras ella reflexionaba, él la observaba, lo cual la ponía nerviosa; le parecía que podía leer sus pensamientos, y tal vez fuera así. «Quizá no le importe», se dijo. Pero casi en el mismo momento en que aquella idea, ingenua y esperanzadora, acudió a su mente la descartó. Sí le importaría. Aquello los alejaría; pero eso pasaría más adelante. En ese momento él necesitaba hablar, y ella quería escucharlo. Serían amigos.
Pero solo amigos. Así lo decidiría él, y no ella. Él sería quien se apartara de ella y no al revés. Lo sabía. A ambos les dolería. Pero aún no había llegado aquel momento. Partió el papel de lija y le ofreció la mitad.
– Háblame de ella; de Debra.
Abe cogió el trozo de papel de lija; en su mano parecía ridículamente pequeño. Se alejó para empezar por el extremo opuesto de la repisa y Kristen respiró hondo para llenar de aire los pulmones. Luego siguió lijando.
– Debra era… -su voz se tornó áspera y se quebró-. Lo era todo para mí.
Kristen notó que se le partía el corazón mientras se preguntaba qué debía significar serlo todo para alguien. Sobre todo para alguien como él. Lijó con más fuerza.
– ¿Qué ocurrió?
– Nos dirigíamos a una tienda. Ella salió del coche y le dispararon.
Kristen lo miró por el rabillo del ojo. Permanecía inmóvil, con la vista fija en el papel abrasivo.
– ¿Querían atracaros?
Abe apretó la mandíbula.
– No. Fue un desgraciado que quería vengarse del detective al que acababan de ascender por haber detenido a su hermano.
Cerró un momento los ojos. Le habían arruinado la vida por hacer su trabajo. Había un claro paralelismo entre el pasado de él y la vida actual de ella, pero de momento no pensaba tocar el tema.
– Háblame de ella.
– Tenía el pelo castaño y los ojos oscuros. -Se calló un momento y Kristen observó cómo se esforzaba por recuperar el recuerdo de la mujer que lo había sido todo para él-. Era alta -prosiguió con voz más firme-. Era maestra; le encantaban los niños.
– Debía de ser una gran mujer.
– Lo era. -Notó la tristeza en su voz y se volvió para descubrir que su sonrisa también la reflejaba. Permanecía de pie, con el papel de lija en la mano-. Tenía mucha paciencia conmigo.
Kristen sonrió.
– Me lo imagino.
La sonrisa de Abe se disipó y, con ella, toda la energía de Kristen.
– No tienes ni idea.
De pronto, Kristen reparó en que no se sostenía en pie y dejó de lijar.
– Estoy muy cansada, Abe. Creo que ya he tenido bastante por esta noche. Y a ti también te convendría irte a dormir. Haz el favor.
Él se limitó a volver la cabeza y mirarla de arriba abajo; y, luego, de abajo arriba. Tenía la mirada acalorada. El cansancio se desvaneció y fue reemplazado por un hormigueo. Él se había quedado anonadado la primera vez que la vio. A ella le estaba ocurriendo lo mismo, tenía que admitirlo.
– ¿Piensas cambiar de peinado algún día? -preguntó él; ella exhaló tal suspiro que le vació el aire de los pulmones y la cabeza empezó a darle vueltas.
«Respira, Kristen, respira.»
– ¿Por qué lo dices?
Él sacudió la cabeza y el gesto rompió el hechizo.
– No importa. Vete a dormir. Falta poco para que se haga de día.
– ¿Qué haremos mañana?
Abe arqueó una ceja.
– Desenterraremos a Trevor Skinner.
Capítulo 12
Sábado, 21 de febrero, 7.00 horas
Los periodistas formaban una horda que apenas se dominaba. Los encabezaba nada más y nada menos que Zoe Richardson, quien desafiaba al destino blandiendo un micrófono justo en las narices de Abe.
– La gente tiene derecho a conocer la identidad de la víctima -reclamó Richardson-. No pueden ocultarla.
– Lo haremos hasta que se lo hayamos notificado a la familia -afirmó Abe en tono de advertencia, consciente de que cada uno de sus movimientos estaba siendo grabado para mostrárselo a la gente que tenía derecho a saberlo todo. Se acercó al agente a quien habían asignado la tarea de controlar a la multitud-. Que no pasen de esa raya. -dijo, y volvió al escenario del crimen bajo el amparo de unos árboles que bordeaban la carretera.
Julia se encontraba de pie al lado de Jack, junto a la tumba poco profunda coronada con una lápida que rezaba Renee Dexter. Mia estaba al lado de Kristen, quien los había puesto al corriente de los detalles del caso. Todo había sucedido tal como ella lo había descrito la noche anterior, en la cocina de su casa. Dexter era una víctima de violación a quien Skinner había destrozado verbalmente en el estrado.