– Yo protesté una y otra vez -masculló mientras miraba el nombre de aquella mujer inscrito para siempre en el mármol-. Pero el juez permitió que Skinner la hiciese pedazos.
El equipo de Jack extraía el cadáver bajo la mirada atenta de Julia. Cuando los restos de Skinner fueron depositados en el suelo, los cinco se apiñaron a su alrededor y Mia se arrodilló justo al lado.
– Tiene algo en la mano -dijo-. Lleva el puño vendado. -Jack quitó la venda con cuidado y le abrió la mano. Con repugnancia, Mia levantó la vista y la cruzó con la de Abe-. Parece que Skinner no ha podido relamerse con el pastel que nuestro humilde servidor ha hecho que descubriéramos. Tanta elocuencia le ha costado la lengua.
– «Murió sin poder pronunciar ni una palabra en su defensa» -citó Kristen-. ¿Se lo habéis dicho a su esposa?
Abe asintió.
– Spinnelli llegó a casa de Skinner al mismo tiempo que nosotros llegamos aquí. No queríamos que se enterara por la prensa.
Mia, todavía arrodillada junto al cadáver, miró a Julia.
– ¿Puede morir una persona porque le corten la lengua?
Julia se arrodilló al otro lado del cuerpo de Skinner.
– No. Pero mira estas concavidades a ambos lados del cráneo, justo detrás de las orejas. Son del mismo tamaño y simétricas.
– Se las han hecho con un torno de banco -dijo Jack, y Julia le dirigió una mirada aprobatoria.
– Eso lo explicaría.
– ¿El qué? -preguntó Abe.
Julia se puso en pie.
– Tendré la confirmación después de la autopsia. Pero si vuestro hombre es consecuente y este agujero de bala que Skinner presenta en la frente resulta ser posterior a la muerte y no la causa, tendríamos que encontrar sangre en los pulmones.
Abe suspiró.
– Quieres decir que le cortó la lengua y le inmovilizó la cabeza de forma que se ahogó con su propia sangre.
Mia se levantó y se sacudió la tierra de las rodillas.
– Creo que tendríamos que proteger al hombre que fue absuelto tras la violación de Renee Dexter. Lo lógico sería que ahora fuera por él.
Todos dieron un paso atrás cuando el forense cerró la cremallera de la bolsa que contenía el cadáver de Skinner.
– Ha ido demasiado lejos -masculló Kristen-. Skinner era un hijo de puta en los tribunales, pero nunca infringió la ley.
– ¿Y quiénes serán los siguientes? -preguntó Jack con amargura-. ¿Los jueces?
– O los fiscales que pierden los casos -dijo Abe, y Kristen lo miró con los ojos muy abiertos-. Ese tipo no conoce límites, Kristen. De momento no te culpa a ti de nada, pero eso puede cambiar.
– Le hemos pedido a Spinnelli que te ponga protección las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana -agregó Mia.
Kristen abrió la boca para protestar pero enseguida la cerró.
– Gracias -dijo.
– Y hasta entonces -añadió Abe-, te quedarás en casa de uno de nosotros.
Sonó el móvil de Mia y esta lo abrió.
– Mitchell. -Sus labios se curvaron en una sonrisa desmesurada mientras escuchaba-. No me digas. Para que luego vengan con que la tecnología no es una maravilla. No cuelgues. -Miró a Abe con las cejas rubias arqueadas-. Han encontrado el coche de Skinner fuera de la ciudad; tiene GPS.
A Abe le dio un vuelco el corazón. Por fin iban a tener un respiro.
– Pregunta si pueden investigar los desplazamientos que realizó el jueves por la noche.
Mia mostró satisfacción.
– Sí que pueden, ya lo han hecho. Parece que ya saben adónde debemos dirigirnos.
Sábado, 21 de febrero, 7.00 horas
Se apoyó tambaleándose en la pared del sótano, sentía náuseas. Jadeante, se deslizó hasta el suelo. El corazón le latía de tal forma que parecía que fuera a salírsele del pecho. Las manos, los brazos, el pecho, el rostro… Estaba completamente cubierto de sangre.
«¿Qué he hecho? Dios mío… Lo he hecho… ¿Qué he hecho?»
Cerró los ojos.
«Relájate. Respira hondo y recobra el control.»
Cogió aire a grandes bocanadas y lo expulsó de la misma forma. Poco a poco sintió que recuperaba el dominio de sí mismo. Había acabado con él. Angelo Conti estaba muerto y bien muerto.
Apoyando con firmeza los pies en el suelo de cemento, se dio impulso contra la pared para ponerse en pie. Contempló la carnicería que había hecho sin proponérselo; había perdido el control. No podía permitir que aquello volviera a ocurrir.
«Pero ese cabrón engreído de Conti se lo merecía», pensó. No le había costado mucho dar con él la noche anterior. Había aguardado a que Angelo saliera del bar que frecuentaba cerca del campus de la Universidad de Northwestern; andaba haciendo eses. Se dirigía a su Corvette recién estrenado con la clara intención de sentarse al volante. Ni siquiera se daba cuenta de que estaba demasiado borracho incluso para andar. Cualquiera hubiera pensado que el chico moderaría su conducta después de salvarse por los pelos de ir a la cárcel tras el asesinato de Paula García y del hijo que gestaba. Sin embargo, Angelo se creía invulnerable.
Y se equivocaba…
«Ni siquiera vio que me acercaba.» Podría haberle asestado un golpe en la cabeza y llevárselo a la furgoneta, pero su andar zigzagueante y el flamante coche lo habían puesto a mil. Así que le había disparado a las rodillas; a ambas.
Luego le había aporreado la cabeza y lo había trasladado a la furgoneta.
Saboreaba con anticipación el momento en que recuperaría la conciencia, el miedo que le tornaría los ojos vidriosos y lo obligaría a dejar de darle a la lengua. Pero no. Angelo había vuelto en sí en un estado de alerta sorprendente y en cuestión de segundos ya sabía dónde se encontraba.
«Y me reconoció.»
No había cesado de hablar.
«Antes de que me diera cuenta, ya tenía la llave inglesa en la mano.»
Con los primeros golpes solo pretendía llamarle la atención, pero Conti no se había callado. En vez de eso, empezó a hablar de Kristen.
«Y perdí el control.»
La de cosas que había llegado a decir… Cosas crueles, infames. «¿Y qué te ha dado a cambio de que le hagas el trabajo sucio, eh? ¿Qué tal se porta? Seguro que detrás de ese aire remilgado se oculta una tigresa.» Había seguido hablando, haciendo afirmaciones viles y obscenas sobre él y sobre Kristen. Y no pensaba callarse.
«Por eso yo tampoco me detuve.»
Suspiró. Ahora nadie podría reconocer a Conti. Apenas quedaba algo de su rostro. No tenía sentido tomar una instantánea. Se dirigió a donde había dejado las pertenencias de Conti y encontró su cartera. Le habían quitado el carnet de conducir por haber cometido demasiadas infracciones, pero tenía el de la universidad. Y en él había una foto. Con eso bastaría.
Se entretuvo ocupándose de Conti. El fuerte estallido y el olor acre procedente del arma recién disparada lo aplacaron. Se había convertido en un acto rutinario.
Miró el reloj y puso mala cara.
– Llego tarde -masculló. Tenía que cambiarse y regresar al trabajo. Volvería más tarde y grabaría la lápida. Paula García y el hijo que gestaba en el momento de su muerte se merecían aquello.
Sábado, 21 de febrero, 9.30 horas
La esposa de Trevor Skinner era una mujer delgada y de piel pálida que parecía estar a punto de desmayarse de un momento a otro. No resultó de gran ayuda a la hora de responder a las preguntas sobre el paradero de su marido y las posibles visitas extrañas, algo que explicara cómo Skinner fue atraído hasta el lugar donde le habían disparado el jueves por la noche.
Gracias a la tecnología, les resultó fácil descubrir el sitio de la emboscada. Skinner había contratado uno de esos servicios telefónicos de localización de los vehículos vía satélite, de forma que el conductor puede pedir ayuda si sufre una emergencia. Afortunadamente, el servicio también puede proporcionar información sobre la ruta. Skinner había preguntado cómo dirigirse a una fábrica abandonada y una vez allí el asesino le había disparado en las rodillas y se lo había llevado a otro lugar. En apariencia, el coche había sido robado por unos adolescentes que se habían trasladado en él hasta el emplazamiento donde había sido encontrado por la mañana.