Abe estaba a punto de dar por terminada la entrevista con la histérica señora Skinner cuando una criada entrada en años le tiró de la manga de la chaqueta.
– Señor -susurró-. Dejaron un paquete.
Tras un instante de sorpresa, Abe y Mia acompañaron a la criada a la habitación contigua para que pudiera hablar sin que los comprensibles gritos histéricos de la señora Skinner ahogaran su voz.
– ¿Cuándo? -preguntó Abe.
– El jueves. -Se encogió de hombros, incómoda-. Creo que sobre las dos.
– ¿Vio a la persona que lo dejó?
– No, señor. Llamaron a la puerta y al abrir encontré el paquete.
– ¿Puede describirlo? -intervino Mia.
– Estaba envuelto en papel de embalar de color marrón. Llevaba una etiqueta escrita a máquina con el nombre del señor Skinner. Era muy ligero, como si no contuviera más que aire. De un tamaño así -dijo separando las manos.
Ligero como el aire. Una hoja de papel, probablemente otra carta. Abe se preguntó qué podría haber tentado a Skinner lo bastante como para dirigirse a aquel lugar.
– ¿Vio algún coche?
– Sí, sí. Había una furgoneta blanca. Me acuerdo porque me extrañó que fuera de una floristería y que no hubieran dejado flores.
– Sí -masculló Mia-. Una flor, sea cual sea, siempre huele bien. ¿Abrió el paquete?
La criada abrió los ojos como platos en un gesto horrorizado.
– No. Al señor Skinner no le gustaba que tocáramos sus cosas. Era muy suyo. -Se volvió a mirar a la señora Skinner, que sollozaba-. ¿De verdad está muerto?
«Ya lo creo -pensó Abe-. Muerto y bien muerto.»
– Sí, señora. Lo sentimos mucho.
Sábado, 21 de febrero, 16.00 horas
– Diana Givens no podrá ayudarnos. -Mia, sentada en el asiento trasero del todoterreno de Reagan, parecía abatida-. Nadie puede ayudarnos. La bala está hecha cisco.
La policía científica había encontrado la bala en el marco de madera de una puerta de la vieja fábrica en la que Skinner había sido secuestrado el jueves por la noche. El análisis de la sangre que habían encontrado en la calle les confirmaría si era allí donde le habían disparado, aunque ellos ya estaban casi seguros de que así había sido. La bala era un gran hallazgo, puesto que el asesino se había tomado muchas molestias para extraerla del cuerpo de King y para ello lo había abierto en canal y después lo había cosido.
Tenía la marca del fabricante, según el informe de balística. Pero por desgracia la marca estaba destrozada hasta el punto de resultar irreconocible.
– No lo sabías, Mia. -Reagan aparcó su enorme vehículo junto a una armería antigua y Mia se bajó.
– ¿Vienes, Kristen?
Kristen suspiró. Aquel día había estado en todos los lugares posibles de la ciudad. Era la séptima armería que visitaban.
– ¿Por qué no?
Reagan le dirigió una mirada comprensiva.
– Puedo llevarte a casa. A estas horas Spinnelli ya te habrá asignado un guardaespaldas.
La idea le fastidiaba tanto como la reconfortaba. Los vecinos ya estaban hartos de soportar las linternas de la policía científica durante toda la tarde. Solo faltaba que vieran un coche patrulla aparcado permanentemente delante de su casa, hasta… Bueno, suponía que hasta que las cosas cambiasen y su humilde servidor la dejase en paz; hasta que dejase de ser el punto de mira de pandillas furibundas y ávidos periodistas; hasta que ya no se sintiese como una víctima esperando a que sucediera lo inevitable. Miró el gran letrero sobre el escaparate de la armería y se decidió.
– No. Yo también voy.
Reagan la ayudó a bajar del alto asiento y ella contuvo la respiración hasta apoyarse con firmeza sobre ambos pies. La rodilla le daba unas punzadas terribles, pero no pensaba siquiera dejarlo entrever, no fuera a ser que hubiese alguna cámara al acecho.
– ¿Veis alguna cámara? -preguntó, y Reagan miró a ambos lados de la calle.
– No. Creo que están todas en la rueda de prensa de Spinnelli -dijo Reagan con ironía-. Más vale que lo graben a él y que nos dejen tranquilos, sobre todo ahora que nuestro hombre ha ampliado su abanico.
– He recibido quince llamadas de abogados defensores desde que Richardson difundió la noticia de la muerte de Skinner. -Kristen hizo una tentativa de andar y se le crispó el rostro por el dolor-. A todos les asusta salir de casa. -Sintió cierta satisfacción al imaginárselos encerrados en sus casas, temblando como flanes; pensó que estaba en su derecho. Nunca había conseguido entender la mentalidad de los abogados defensores. Sabían que la mayoría de sus clientes eran culpables y sin embargo defendían a aquellos canallas como si las víctimas fuesen ellos.
Reagan soltó un gruñido.
– Eso les pasa por ponerse al servicio de unos hijos de puta. No les irá mal pasar miedo un par de días. Tendríamos que haber cogido el coche de Mia. A tu rodilla no le va a gustar que te pases el día forzándola para subir y bajar.
Kristen alzó la cabeza para mirarlo pero no pudo ver sus ojos detrás de las gafas de sol. Encajó la desilusión; en el fondo, era mejor así. Se estaba acostumbrando a su mirada afectuosa y eso no era bueno.
– Ya has oído a Ruth. Estoy bien.
Él le ofreció el brazo y juntos entraron en la tienda, detrás de Mia.
– ¿Qué es eso? -preguntó Kristen al ver el maletín que llevaba Mia. Había insistido en que hicieran una parada en su casa antes de iniciar la ruta de las armerías y había salido de allí con él.
Reagan soltó una risita.
– Ya lo verás.
Tras el mostrador de cristal, el tanque les dirigió una mirada feroz.
– Han vuelto.
– Eso parece -dijo Mia en tono cortante-. ¿Está Diana?
– No -espetó el chico.
– Ernie, por el amor de Dios. -La anciana emergió de la trastienda con el brazo en cabestrillo-. Aquí estoy. ¿En qué puedo servirles hoy? -La mujer miró con cautela el maletín negro y a continuación hizo un comentario que demostraba abiertamente su aprecio por Kristen-. Vaya, han venido en compañía de una persona famosa.
– Sí, sí. Es toda una celebridad. -Mia se inclinó sobre el mostrador-. Se trata de lo siguiente, Diana. Durante la investigación hemos encontrado una bala. -Sacó una bolsa y la depositó en el tablero de cristal-. No es gran cosa, pero es todo cuanto tenemos por ahora. ¿Qué puede decirnos?
La anciana frunció los labios y en las comisuras se formaron varias arrugas como rayos de sol. No paraba de toquetear la bolsa que contenía la bala.
– ¿Qué me darán a cambio?
Mia tamborileó en el maletín.
– Sea buena chica, y luego ya veremos.
– ¿Qué es esto? -susurró Kristen a Reagan, pero él negó con la cabeza para acallarla.
La mirada de Diana se suavizó considerablemente.
– Hacía mucho tiempo que no me llamaban «chica».
– Considérelo parte de la recompensa -espetó Mia-. Creemos que esta bala está fabricada artesanalmente.
Diana torció la boca con gesto pensativo.
– Sí. Pero está demasiado estropeada para obtener información sobre el molde. -Cogió la bala y aguzó la vista-. Tiene la marca del fabricante.
– Lo sé. Un compañero de balística me lo ha dicho, pero no ha sido capaz de reconocerla. ¿Y usted?
Sacó una lupa y examinó la bala con detenimiento.
– No, ya le he dicho que está demasiado estropeada. Pero no hay muchas personas que fabriquen sus propias balas.