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Ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

– Sí. -Su voz se había vuelto áfona, ronca, y a él le provocó un cosquilleo por todo el cuerpo-. Sí, lo he pensado.

Abe tragó saliva. Se le ocurrían mil respuestas, pero todas eran completamente inapropiadas y la habrían ahuyentado de inmediato.

– Ah, signorina.

Abe se tragó una maldición por la interrupción mientras Kristen se volvía hacia un radiante Tony Rossellini, alma del restaurante y viejo amigo de sus padres. En su lugar, sonrió.

– Tony, me alegro mucho de verte.

Tony se llevó una gran sorpresa. A Abe la situación le hizo gracia; de pronto se dio cuenta de que el hombre no se había acercado a hablar con él.

– Abe. Abe Reagan. Mi sobrino no me ha explicado que eras tú quien acompañaba a esta bella signorina. Me alegro de verte. Tus padres vinieron la semana pasada pero no me dijeron que hubieras vuelto a la ciudad.

Era la historia que la familia contaba a todos sus amigos. Abe se había trasladado a Los Ángeles y solo volvía de vez en cuando para visitarlos. Por lo que sabía, incluso se lo habían contado a Rachel. Habría resultado demasiado peligroso que alguien mencionara sin querer su verdadera ocupación. Le dirigió una mirada a Kristen y vio que lo había entendido y que, por tanto, no iba a ponerlo en evidencia.

– Sí, señor. He vuelto. Ahora trabajo en el departamento de homicidios. Esta es Kristen Mayhew.

El rostro marchito de Tony hizo un esfuerzo por recordar dónde había oído aquel nombre. De pronto, abrió mucho los ojos.

– Bueno, esta noche no vamos a hablar de cosas de esas. Nada de trabajo; solo diversión. -Mostró una botella de vino tinto que ocultaba a su espalda. Era una marca excelente; Abe se percató a simple vista-. Mi sobrino solo me ha hablado de una atractiva joven que vivió un año en la hermosa ciudad de donde eran mi padre y mi abuelo. -Con la destreza de un experto, descorchó la botella-. Hace mucho tiempo que no voy a Florencia, pero siempre la llevo en el corazón. -Se dispuso a llenarles las copas con orgullo y entonces Abe recordó que Kristen no bebía.

Abrió la boca pero se quedó mudo y se le tensó todo el cuerpo al notar que ella deslizaba una mano sobre la suya. La miró y ella hizo un discreto movimiento de negación con la cabeza, perceptible solo por él. A continuación, retiró la mano y alzó la copa en un brindis que dirigió a Tony. Se expresó en italiano y lo que dijo hizo que Tony apareciera aún más radiante. El hombre respondió con amabilidad antes de volverse hacia Abe muy sonriente.

– Ahora que has vuelto a casa vendrás a vernos con frecuencia, ¿verdad, Abe? Y, cuando vengas, te acompañará la signorina.

– Claro. -No supo si Abe se refería a la primera afirmación o a ambas-. Tony, los periodistas llevan persiguiéndonos todo el día. Si aparece alguien sospechoso, ¿podrías…?

Tony frunció el entrecejo.

– No hace falta que digas nada más, Abe. No os molestarán -dijo, y volvió a la cocina sin esperar respuesta.

Kristen dejó la copa en la mesa y apartó la mirada.

– Qué amable.

– Sí. Tony es un viejo amigo de mis padres.

Ladeó la cabeza; quería que ella se volviese a mirarlo pero no lo hizo. Se moría de ganas de tocarla, de deslizar la mano bajo la mesa y cogerla de la mano tal como ella había hecho. Sin embargo, en vez de eso se llevó la copa a los labios.

– Pensaba que no bebías.

– No bebo, pero no he querido ofenderlo rechazando su hospitalidad. Daré solo un par de sorbos y quedará entre nosotros.

Otra vez volvía a demostrar su consideración por los sentimientos de los demás. Se acordó de la mirada que le había dirigido la noche anterior al partir en dos el papel de lija y ofrecerle la mitad. Había encontrado en ella compasión y comprensión, y también algo más. Algo que lo había mantenido en vela casi toda la noche.

– Kristen. -Aguardó, pero ella mantuvo los ojos fijos en la otra punta del restaurante-. Podrías haberte ido a casa en cuanto Spinnelli te asignó un guardaespaldas. Mia se ofreció a llevarte a casa, le quedaba de camino al lugar donde había quedado. ¿Por qué estás aquí conmigo?

Hubo un largo silencio antes de que ella se volviera a mirarlo a los ojos, y al hacerlo adivinó en ellos tanto interés como vulnerabilidad, lo cual le atenazaba el corazón y, curiosamente, le hacía hervir la sangre.

– ¿Se te ha ocurrido pensar que tal vez yo también esté aquí porque quiero estar contigo? -preguntó con voz suave.

– Tenía la esperanza de que fuera así -respondió él con sinceridad.

Los labios de Kristen se curvaron con tal discreción que si no la hubiera estado mirando fijamente no lo habría notado. Posó la mano sobre la de ella y notó un ligero retroceso. Pero no llegó a retirar la mano y él lo interpretó como una señal positiva.

– ¿Por qué te fuiste a Italia?

Ella parpadeó; era evidente que no esperaba aquella pregunta.

– ¿Cómo dices?

Él deslizó su dedo pulgar bajo la palma de la mano de ella y empezó a moverlo adelante y atrás en una suave caricia. Ella se puso rígida pero no retiró la mano.

– Que por qué pasaste un año en Italia.

Ella bajó los ojos a sus manos unidas.

– Fui a estudiar a Florencia.

– ¿Arte?

Ella alzó la cabeza, esbozaba una pequeña sonrisa. A Abe volvió a paralizársele el corazón.

– ¿Es que hay alguien que vaya a Florencia a estudiar otra cosa?

– Ya he notado que tenías una gracia especial escogiendo colores -dijo-. ¿Cómo es que estudiaste arte y acabaste siendo abogada? ¿Por qué no te dedicas a pintar o a esculpir o a cualquiera de las cosas que estudiaste?

La sonrisa de Kristen se desvaneció.

– La vida no siempre acaba siendo como uno la planea. Aunque me imagino que lo sabes por experiencia propia.

Así era.

– Sí.

Ella se estremeció visiblemente.

– Me estoy comportando como una egoísta. Me invitas a cenar en un sitio estupendo y yo me pongo sensiblera. Hablemos de otra cosa.

– Vale, hablemos de otra cosa. -Ladeó la cabeza y la escudriñó con la mirada-. Esta tarde nos has sorprendido en el campo de tiro. No nos habías dicho que supieras disparar. -Lo hacía muy bien. La había observado elegir el arma de forma metódica ante el mostrador de Diana Givens y había fantaseado sobre lo agradable que resultaría enseñarle las cuestiones básicas sobre el manejo de las armas de fuego. Qué debía de sentirse al rodearla con los brazos, al notar el contacto de su delgado cuerpo. Su fisiología había respondido instantáneamente a la fantasía y casi se había sentido aliviado al oír que rechazaba la ayuda que le habían ofrecido Mia y él. En lugar de eso, había vaciado la recámara en el objetivo de cartón con rapidez y precisión, dejándolos a todos mudos por un momento-. En todas las ocasiones has hecho diana en la cavidad torácica.

– No soy una tiradora de primera, pero acierto en una lata colocada sobre una valla.

– Así que en Kansas vivías en una granja -supuso él al unir los pocos detalles que le había ido contando sobre su vida en los últimos días.

Ella se removió en la silla, incómoda, pero asintió.

– Mi padre tenía un antiguo rifle del calibre 38 con el que nos dedicábamos a practicar.

Había tratado de eludir aquella cuestión sobre la vieja granja de la familia Mayhew.

– ¿Y quién heredó el rifle de tu padre cuando él murió?

El ánimo de Kristen se enfrió.

– Mi padre no ha muerto.

Abe frunció el entrecejo.

– Pero me habías dicho que no tenías familia.

– Porque así es. -Volvió a suspirar y a estremecerse visiblemente-. Lo siento. He vuelto a comportarme de forma grosera. Es que me pone enferma tener que esperar tres días para que me den mi pistola. Al rellenar los impresos y darme cuenta de lo difícil que resulta conseguir una licencia me he sentido como si me metieran el dedo en la llaga.