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– ¿Qué quieres decir?

Ella hizo una mueca.

– Que los tipos de los que me protejo habrán comprado las armas a algún traficante que no cumple la ley. Ellos van armados y yo tengo que esperar.

– Es posible que no te hagan esperar.

– ¿Y no te parece que eso le va a ir de perlas a Zoe Richardson para su exclusiva? -Meneó la cabeza-. No; dormiré con un garrote bajo la almohada hasta que obtenga el permiso.

Reagan iba a responder pero se calló de inmediato con un gruñido cuando se abrió la puerta del restaurante. Kristen se irguió de inmediato y retiró la mano hacia su lado de la mesa.

– ¿Qué hay? -preguntó torciendo el cuello para mirar atrás con expresión alarmada-. ¿Más periodistas?

– No. Peor. Mi hermana.

Era cierto. Rachel entró seguida de un tropel de adolescentes, y el ambiente del restaurante se saturó de repente.

Era difícil que Rachel no lo viera, pero que no reconociera a Kristen era imposible. Desde la otra punta del restaurante vio cómo Rachel abría los ojos como platos. En menos de un minuto se había situado junto a su mesa.

– ¡Abe! -Se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla-. No sabía que estarías aquí esta noche. ¿Se lo has preguntado? ¿Eh? ¿Se lo has preguntado?

Abe suspiró. Rachel se refería a la entrevista con Kristen para el trabajo de la escuela. Entre tanta actividad lo había olvidado completamente.

– No, Rach. Hemos estado muy ocupados.

Rachel mostró disgusto.

– Pues por lo menos preséntamela y ya lo haré yo. Por favor.

Abe suspiró, esta vez con mayor elocuencia.

– Kristen, esta es mi hermana pequeña, Rachel. Rachel, esta es Kristen Mayhew, ayudante del fiscal del Estado.

Sábado, 21 de febrero, 19.30 horas

– No quiere que lo molesten.

Jacob Conti oyó las palabras de su mayordomo. En la penumbra de su despacho una voz de tenor se elevaba desde los altavoces para ofrecerle las últimas notas de su aria favorita. Solía servirle para relajarse al acabar la jornada, pero aquel día no lo conseguía. Angelo había desaparecido. Elaine no paraba de llorar y él sabía que, fuera cual fuese el desenlace, sería malo.

– Seguro que se alegrará de verme -oyó decir a Drake Edwards.

«No, no me alegro de verte», pensó Jacob. Pero bajó el volumen del aria con el mando a distancia.

– Hazlo pasar. -Se puso en pie y se sintió furioso al notar que le temblaban las piernas. Dirigió una mirada a Drake y se dejó caer en la silla. El jefe de seguridad tenía el semblante lúgubre.

– Lo siento, Jacob -empezó Drake en voz baja. Se sacó un juego de llaves del bolsillo y Jacob reconoció al instante el logotipo que pendía de la cadena-. Hemos dado con el Corvette. Unos chicos han dicho que habían encontrado las llaves tiradas en el asiento del conductor y que habían dado una vuelta con él.

– ¿Y Angelo? -Jacob había enronquecido.

Drake meneó la cabeza.

– Lo vieron por última vez en un bar de las afueras. Sus amigos dicen que había bebido mucho pero que no quiso que llamaran a un taxi.

«Qué estúpido. Qué estúpido.»

– Me lo imagino. Es normal tratándose de Angelo.

– Jacob… -Drake cerró los ojos y su semblante expresó pesadumbre-. Hemos encontrado manchas de sangre en el asiento del conductor.

Jacob exhaló un suspiro. Tenía que decírselo a Elaine, pero aquello la mataría.

– Esperaré a estar seguro para decírselo a la señora Conti. Sigue buscándolo, Drake. Y haz que vigilen a Mayhew y a esos dos detectives… Mitchell y Reagan. Según Richardson, el asesino le envía cartas a Mayhew. Si Angelo… -Se esforzó por que la palabra brotara de su boca- está herido, se lo hará saber pronto.

Drake asintió con formalidad. Jacob pensó que a él también debía de resultarle duro. Llevaba trabajando para él mucho tiempo, desde mucho antes de que se convirtiera en el actual Jacob Conti, el adinerado empresario de Chicago. Drake había sido su brazo derecho desde que empezara a estafar a ancianas solitarias y a hacer algunos trabajitos sucios. Era como de la familia. Le había cambiado los pañales a Angelo y de niño solía llevarlo al circo. Debía de tener el corazón hecho añicos.

– He ordenado a unos cuantos hombres que los sigan, y también a sus jefes y a esa Richardson -explicó Drake-. Jacob, trata de descansar. Yo no pararé hasta encontrar a Angelo.

No, Drake no pararía de buscarlo. Conti lo sabía tan bien como que se llamaba Jacob. «Pero cuando lo encuentre, ¿seguirá pareciéndose a mi hijo?»

Capítulo 13

Sábado, 21 de febrero, 21.30 horas

Reagan hizo una señal con la mano al coche patrulla y penetró en el camino de entrada a la casa de Kristen. Los faros de su coche iluminaron otro vehículo allí estacionado.

– Parece que tienes visita -dijo.

– No lo creo. -Nunca recibía visitas, a excepción de él-. Creo que la compañía de alquiler me ha traído otro coche. -Kristen aguzó la vista para ver la marca y el modelo en medio de la penumbra-. Es un Chevy. -Se volvió y lo encontró escrutándola con expresión intensa y expectante, tal como venía haciendo durante todo el trayecto. En el ambiente reinaba una esperanza que le hacía sentir a un tiempo nerviosismo y nostalgia-. A lo mejor tiene GPS, como el de Skinner.

Reagan esbozó una sonrisa.

– No estaría mal.

Se hizo un silencio violento. Los ojos de Reagan la habían atrapado. Él estaba esperando. Kristen no sabía muy bien el qué. Bueno, sí, lo sabía. El problema era que no tenía ni idea de cómo empezar.

– Gracias -dijo-. Lo he pasado bien.

Era cierto. Había conocido a su hermana y a unos cincuenta amigos suyos. Los chicos se habían comportado de forma escandalosa y alocada, pero tanto entusiasmo juvenil sirvió para disipar su desánimo. Habían mostrado curiosidad por el caso, que gracias a Rachel todos conocían, y habían formulado preguntas, en su mayoría sorprendentemente pertinentes. Rachel imitó a Zoe Richardson de un modo tan irreverente y divertido que a Kristen acabaron doliéndole los costados de tanto reír. Luego, el tropel de adolescentes se trasladó a la otra punta del restaurante y Kristen y Reagan pudieron charlar en paz.

A Reagan le gustaba el arte, según le contó, y descubrieron su afición común por los impresionistas. En cuestión de música había diferencias. Él prefería el rock de los setenta y ella había confesado que tenía todos los álbumes de los Bee Gees, a quienes él desdeñaba. Reagan le pareció un verdadero encanto y su compañía le resultó de lo más cómoda. Y tentadora.

Volvió a tomarle la mano. Hacía mucho tiempo que nadie le cogía de la mano. Le entraron ganas de ir más allá. Y la idea la asustaba tanto como la atraía.

– Siento lo de mi hermana. Puede resultar de lo más…

– ¿Adolescente?

En el rostro de Abe se dibujó una sonrisa radiante.

– Sí, me imagino que es un calificativo tan bueno como cualquier otro. No tienes por qué acceder a que te haga esa especie de entrevista mañana por la tarde, Kristen. Ya sé que te has sentido obligada a decirle que sí.

Kristen negó con la cabeza. Rachel Reagan tenía madera de comercial. Un minuto después de declinar amablemente la petición de la chica, se encontraba aceptando la invitación para la cena del domingo en casa de los Reagan; es decir, al día siguiente.

– No hay problema. -Y de verdad pensaba que no lo había-. No me importa.

«De hecho, para ser sincera, me muero de ganas de ir. Además, me servirá para tener buena prensa.»

Reagan la miró con una mueca.

– A Tony le ha sentado fatal.

– Era normal que ocurriera. Él no tiene la culpa de que los periodistas estuvieran fuera al acecho. Me pregunto cuándo duerme Richardson. Está en todas partes.

– Por lo menos, el policía apostado delante de tu casa le impedirá que te moleste aquí.