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Se hizo otra pausa violenta; a Kristen le habría gustado tener más don de gentes, ser capaz de invitarlo a entrar y tomar un té sin hacer de ello una montaña. Aunque, de hecho, a ella se le hacía una montaña. Aún sentía en la palma de la mano la caricia de su dedo pulgar. Tenía ganas de volver a notar su tacto. Exhaló un profundo suspiro.

– No se me da nada bien.

Él arqueó una de sus cejas morenas y la miró con desenfado.

– ¿El qué?

Kristen alzó la vista.

– ¿Te apetece entrar y tomar un té o no?

Sus ojos centellearon en la oscuridad y a Kristen se le aceleró el corazón mientras aguardaba su respuesta.

– Sí, claro -aceptó a media voz; Kristen supo definitivamente que sus intenciones iban más allá de tomarse un té-. Tengo que hablar un momento con el policía que vigila la calle. Vuelvo enseguida.

Él dio un portazo y la dejó en la penumbra con sus pensamientos.

«Te besará, Kristen. Idiota, estúpida. Lo descubrirá.»

No era tan ingenua. Sí, intentaría besarla. Y ella no podría evitar lo inevitable. Él lo descubriría. A un hombre como Reagan le bastaría un beso para descubrirla. «Se dará cuenta. Bueno, ¿y qué? A lo mejor no le importa», pensó.

«¡No, qué va! -se burló de sí misma-. Eres una imbécil integral. A todos les importa.»

Suspiró. Incluso un hombre tan encantador como Abe Reagan buscaría algo que ella no podía ofrecerle. Con el primer beso se daría cuenta de su frialdad… De su frigidez, excesiva para darle lo que necesitaba, lo que quería. Enseguida concluiría que aquello no podía funcionar y, aunque tratara de ser amable, ambos resolverían que lo más recomendable era mantener una relación puramente profesional. Lo cual era mucho mejor. Cuanto antes atraparan al asesino, antes desaparecería Reagan de su vida y esta volvería a la normalidad.

«La normalidad es la soledad. La normalidad es lo que siempre has tenido. Olvídalo y punto.»

Él abrió la puerta del coche. Una ráfaga de aire frío puso el punto final a sus reflexiones. Lo miró con desaliento.

– ¿Ha ocurrido algo mientras he estado fuera?

– No. Esta noche le toca el turno a Charlie Truman. Es un buen policía, es amigo de mi hermano. Con él ahí afuera, estarás a salvo. ¿Te acuerdas de McIntyre, el chico que te tomó declaración ayer? A él le toca el turno de día. Lo verás por la mañana. -La miró con atención-. Kristen, ¿qué ocurre?

– Nada.

La ayudó a salir del coche en silencio, abrió la puerta de la cocina y se apresuró a encender todas las luces mientras ella desconectaba la alarma.

– Olvidemos lo del té -dijo con suavidad-. Debes de estar cansada.

– No. -La palabra brotó de sus labios con premura y ambos se sorprendieron. Ella exhaló y se desabrochó el abrigo. «Acabemos con esto cuanto antes», se dijo-. No; quédate, por favor. -Se quitó el abrigo de cualquier manera y se dedicó a preparar el té mientras oía cómo la prenda se escurría de la silla; se enfadó consigo misma al ver que la mano le temblaba y la mitad de la cucharada de té iba a parar a la encimera.

– Kristen. -La voz procedía de atrás. Era grave, profunda y tranquilizadora-. No te preocupes.

«Sí que me preocupo.» Bajó mucho la cabeza, de modo que la barbilla le rozaba el pecho.

– Puede que tengas razón. Estoy cansada.

«Y esto se me da fatal.»

Se estremeció cuando él le puso las manos en los hombros; no hacía fuerza, se limitaba a calmarla, a masajearle los hombros trazando grandes círculos que la obligaron a ahogar un suspiro y rogarle sin voz que no dejara de hacerlo. Le bajó la chaqueta y retomó la tarea; ella notó el calor de su tacto a través de la blusa y, poco a poco, su cuerpo se relajó.

«Y a ti esto se te da genial», pensó.

– Gracias -dijo él.

Kristen comprendió que había respondido en voz alta a sus pensamientos. Su voz se había vuelto más profunda, más ronca. Un gran escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Por un momento, las manos de Abe le aferraron los hombros, pero enseguida las desplazo hasta la nuca. Le presionó con los pulgares los tensos músculos de ambos lados del cuello y ella notó que le flaqueaban las rodillas. La rodeó un brazo firme, justo por debajo del pecho, y… dejó que la sujetara, que la atrajera contra sí, contra su cuerpo robusto, recio en todas sus partes, incluidas las prohibidas. Dio un tirón hacia delante, para aumentar la distancia que los separaba; volvía a estar tensa. Él la soltó sin pronunciar palabra y puso las manos en sus hombros para empezar de nuevo. «Para tranquilizarme», pensó.

– Aja -masculló él y Kristen supo que había vuelto a pensar en voz alta-. Y a mí -añadió.

– ¿Tranquilizarte, tú?

– No eres la única que está nerviosa, Kristen.

Se volvió para mirarlo. Mostraba una expresión seria, casi adusta.

– ¿Por qué? -La pregunta brotó en un susurro y las manos de Abe se ralentizaron; permaneció un instante en silencio.

Luego respondió, también con voz susurrante.

– Porque me has dicho que no tienes familia y resulta que tu padre está vivo; porque dices haber estudiado arte en Florencia y no veo en esta casa ninguna de tus obras; porque aseguras que las víctimas no olvidan nunca. Alguien te hizo daño y temo que por algún motivo pienses que yo también te lo haré, porque no va a ser así.

Pero sí que sería así. A Kristen se le partió el corazón al reconocerlo en su fuero interno. Sin embargo, asintió.

– Ya lo sé -dijo. Sabía que él no quería herirla. Y una parte de su ser deseaba con todas sus fuerzas que tuviera razón.

Él le dirigió una mirada penetrante.

– ¿De verdad? -Deslizó las manos hasta su pelo y ella notó que buscaba algo. De pronto, extrajo una horquilla que cayó haciendo ruido en la encimera; a continuación, extrajo otra.

– ¿Qué estás haciendo? -La pregunta brotó con voz grave y áspera.

– Te suelto el pelo. Estas horquillas llevan todo el día sacándome de quicio. -Lo dijo con un hilo de voz, lo cual hizo que un escalofrío le recorriera de nuevo todo el cuerpo. A Abe le brillaban los ojos; siguió extrayendo horquillas hasta que por fin su pelo quedó suelto, entonces sumergió en él sus dedos y le masajeó el cuero cabelludo. Ella relajó los párpados al tiempo que emitía un suave gemido; sus pulmones exhalaron hasta la última gota de aire. El contacto de sus manos le hacía mucho bien, le resultaba muy necesario.

Estaba loco por ella. La simple idea le daba vértigo.

Deslizó una mano del pelo al mentón y se lo sujetó mientras con el pulgar le acariciaba la mejilla, tal como antes había hecho en la palma de su mano. Ella abrió los ojos con dificultad; se sentía adormilada por el placer. El rostro de él se encontraba ahora más cerca; mucho más cerca.

Sus labios le rozaron la sien y de repente a ella se le cortó la respiración.

– Hay otro motivo por el que estoy asustado -susurró; su cálido aliento le abrasaba la piel.

– ¿Cuál? -Movió los labios para formular la pregunta, pero la voz apenas brotó.

– Te deseé en cuanto te vi por primera vez. Y te sigo deseando.

Aquella confesión en voz baja la hizo temblar, estremecerse. Debería estar asustada, aterrorizada.

«Pero no lo estoy.» En vez de eso, se sentía fascinada. De pronto, los labios de él le rozaron la mejilla a escasos centímetros de la boca. Se sentía tan fascinada… Lo único que tenía que hacer era volver un poco la cabeza y los labios de ambos se unirían. Lo deseaba, deseaba notar el calor de su boca y saber qué se sentía al ser besada por un hombre como él.

– Abe.

Él se detuvo en seco.

– Dilo otra vez -le pidió-. Di mi nombre otra vez.

Kristen tragó saliva y de algún modo consiguió que se oyera su voz.

– Abe.

Él se estremeció y el temblor de su cuerpo alcanzó el de ella. Un agudo cosquilleo le abrasaba la piel y penetraba en ella haciendo que anhelara más. Pero los pensamientos se disiparon en cuanto él desplazó la cabeza y cubrió los escasos centímetros que separaban sus labios. Cubrió sus labios sobre las de ella, con firmeza y suavidad a un tiempo le resultaron terriblemente ardientes. Quería más. Se volvió para enfrentar su cuerpo al de él, quien, en menos tiempo del que tardaba su corazón en dar un fuerte latido, la abrazó y puso las palmas de las manos en su espalda; le abrasaban la piel. Inclinó la cabeza y puso más pasión en el beso; ella levantó los brazos y los posó en su pecho robusto hasta que él le cogió las muñecas y la alentó a rodearle el cuello. Luego volvió a posar las palmas de las manos en su espalda y la presionó con las yemas de los dedos con insistencia; con desesperación.