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Y el beso se prolongó más y más.

De pronto, él lo interrumpió. La decepción estuvo a punto de arrastrarla como una ola, pero él le tomó una mano y la llevó a su corazón. Al notar el fuerte latido, lo miró a los ojos y supo que nunca en toda su vida, ocurriera lo que ocurriese al día siguiente o al siguiente minuto, olvidaría la forma en que la miraba.

«No puede obtener lo que espera de mí.»

– No, no puedo. -Sus ojos centelleaban, azules como el corazón de una llama; ella supo que había vuelto a pensar en voz alta y, sin embargo, lo último que sintió fue vergüenza-. ¿Notas lo que provocas en mí, Kristen? Por favor, no tengas miedo.

– No tengo miedo. -«De verdad que no.» Y para demostrárselo, y tal vez también para demostrárselo a sí misma, lo atrajo del cuello para besarlo; esta vez el beso fue más corto pero por iniciativa suya. A continuación lo apartó de sí y lo vio sonreír. Y su pulso se detuvo un instante antes de reanudar el ritmo acelerado. Tenía una sonrisa muy dulce, muy relajante, muy aliviadora. Y sus labios respondieron con un gesto similar.

– Me alegro -dijo él.

– Yo también.

– Tengo que irme.

Kristen, sorprendida, lo miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Por qué?

La sonrisa de Abe se tornó compungida.

– Porque deseo mucho más que besarte.

La imagen que aquellas palabras despertaron en su mente la atenazó. Aquello superaba con creces lo que esperaba, lo que había planeado.

– Abe, yo…

Él le puso los dedos en los labios.

– No te preocupes, Kristen. Puedo esperar.

Ella le besó las yemas de los dedos y la mirada de él se tornó cálida.

«Soy capaz de despertar… su pasión.» Y vaya si era capaz. Lo había notado en el breve contacto de sus cuerpos mientras se besaban. Estaba excitado; aun así, no había insistido. No la había presionado; no la había forzado, ni la había herido. De pronto, se vio a sí misma a los veinte años, muerta de miedo. «Estate quieta, no forcejees. Eres una maldita provocadora, tú te lo has buscado.» El pavimento estaba muy duro y aquella noche hacía mucho calor; la noria no paraba de dar vueltas, las luces lo iluminaban todo.

«No, no, no.» Cerró los ojos, suspiró y se obligó a interrumpir el recuerdo. Cuando volvió a abrirlos, se dio cuenta de que él lo sabía todo. Lo había entendido. Y no había echado a correr.

– Iremos poco a poco, Kristen -susurró-. Eso es lo que haremos.

«Haremos.» Las lágrimas asomaron a sus ojos y ella parpadeó para ocultarlas.

– ¿Por qué te preocupas por mí?

Él sonrió con tal dulzura que estuvo a punto de romperle el corazón.

– Porque me gustas. Ahora tengo que irme y voy a darte un beso de buenas noches. -Lo hizo; fue un breve gesto cómplice-. Pasaré a recogerte mañana para ir a cenar. Hasta entonces, no salgas si no es acompañada de Truman, de McIntyre, de Mia o de mí.

Domingo, 22 de febrero, 9.00 horas

La mayoría de la gente opinaba que hacía demasiado frío para estar al aire libre; sin embargo, al oír los botes rítmicos de las pelotas de baloncesto, Abe supo que algunos habían optado por salir de casa. Tal vez aquel día les deparara mayor fortuna que el anterior y lograran encontrar al chico que había dejado la caja en la puerta de la casa de Kristen. Si alguna de las personas con quienes habían hablado lo conocía, lo había negado. De otro modo, tendrían que esperar a que la escuela abriera sus puertas al día siguiente para preguntar a los profesores si el rostro de la fotografía les resultaba familiar.

Mia estaba apoyada en el coche, tratando de levantar la lengüeta de la tapa de plástico que cubría su taza de café. Señaló otra taza humeante depositada en el capó.

– Es para ti.

Abe tomó la taza y le dio las gracias entre dientes.

Mia le dirigió una mirada inexpresiva.

– Vaya; pensaba que hoy tendrías una cara más alegre.

– No he dormido bien.

– ¿Por qué?

Abe hizo una mueca. «Porque cada vez que cerraba los ojos soñaba que besaba a Kristen hasta que ella era incapaz de recordar su propio nombre, hasta que lograba arrancarle de la mente lo que tanto la había herido, hasta que me suplicaba que siguiera adelante.» El sueño lo había dejado tenso y apesadumbrado; se sentía solo.

– Creo que es culpa de este caso, me está afectando demasiado. Empecemos ya. Tenemos que encontrar pronto al chico, esta noche voy a cenar a casa de mi madre.

A Mia se le iluminó el rostro.

– ¿Me guardarás las sobras?

Abe se echó a reír.

– Vamos, Mia.

Se dejaron guiar por el sonido de los botes y penetraron en el patio de la escuela King, al otro lado de la calle. Aquel era el nombre que mostraba con toda claridad la insignia de la chaqueta del chico fotografiado. En la pista de cemento había cinco jóvenes. Y los cinco se detuvieron al verlos.

– Son polis.

Abe lo oyó.

– Ayer ya vinieron a meter las narices -masculló otro.

Abe mostró su placa.

– Soy el detective Reagan y esta es la detective Mitchell. Estamos buscando a un chico de la escuela King. ¿Alguno de vosotros va a esa misma escuela? -Los cinco se miraron entre ellos. Parecían tener unos dieciséis años. «No son mucho más jóvenes que el desgraciado que disparó a Debra», pensó-. Os he hecho una pregunta -insistió Abe con voz más seria-. ¿Vais a la escuela King?

Todos asintieron de mala gana.

Mia se sacó la fotografía del bolsillo.

– Estamos buscando a este chico. Si no lo encontramos hoy, daremos con él mañana, cuando la escuela esté abierta. Si hoy decís que no lo conocéis y mañana nos enteramos de lo contrario… -Dejó la frase a medias expresamente-. Os conviene ayudarnos.

Se miraron con expresión de disgusto y se oyeron unas cuantas quejas. Observaron la foto y volvieron a mirarse unos a otros.

– Lo conocéis -afirmó Mia.

Uno de los chicos asintió.

– Sí, lo hemos visto por aquí.

Abe fijó la mirada en uno de los muchachos; sujetaba la pelota bajo el brazo. El chico le aguantó la mirada, desafiante.

– No ha hecho nada malo.

– Nosotros no hemos dicho eso -dijo Mia en tono tranquilo-. ¿Dónde podemos encontrarlo?

Los chicos bajaron la vista al suelo.

– Ni idea.

Abe suspiró.

– Muy bien. Todos contra la valla. Llamaremos a unos coches patrulla para que os lleven a la comisaría.

El chico de la pelota dio una patada en el suelo.

– No hemos hecho nada malo. ¿Por qué coño van a llevarnos a la comisaría?

Mia se encogió de hombros; tenía el móvil en la mano.

– Sois posibles testigos relacionados con la investigación de un homicidio. ¿Es que no veis pelis de polis?

– ¡Me cago en la leche! -dijo otro joven-. ¡Mi madre me matará si se entera de que se me ha vuelto a llevar la poli!

Abe siguió hablando con severidad.

– Pues decidnos dónde podemos encontrar a ese chico y os dejaremos en paz.

El chico de la pelota frunció el entrecejo.

– Se llama Aaron Jenkins y ya no va a la escuela King. Vive tres manzanas más arriba. -Señaló a lo lejos con un dedo escuálido-. Por allí.