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– «Por allí» hay muchos edificios. -Mia señaló en la misma dirección que él-. Nos iría bien que precisaras un poco más tus amables indicaciones -añadió en tono seco y mordaz.

La expresión del chico se endureció.

– Es el único edificio de la manzana que tiene la entrada pintada de verde. Hay una vieja que se pasa el día allí sentada, espiándonos.

– Lleva un pañuelo de topos en la cabeza, es inconfundible -añadió otro de los chicos con cara de fastidio-. Se dedica a echar el mal de ojo a la gente.

Mia esbozó una falsa sonrisa.

– Gracias -dijo, y tendió la mano al chico de la pelota-. ¿Puedo?

Era evidente que el muchacho no la creía capaz de encestar. Le lanzó el balón y ella lo cogió con una mano. Luego, desde una distancia de tres puntos, Mia cerró un ojo, lanzó el balón y, tras describir un arco, este atravesó el aro. Los chicos la observaban boquiabiertos mientras ella se limitaba a sonreír.

– No os metáis en ningún lío, ¿de acuerdo, chicos? No me gustaría llevaros a la comisaría.

Abe los oyó refunfuñar mientras se alejaban.

– ¿Dónde aprendiste a jugar?

– Me enseñó mi padre. -Mia se encogió de hombros-. Quería un niño y solo tuvo niñas.

Abe pensó que era una pena, pero no dijo nada. Avanzaron en la dirección que les habían indicado los chicos. Abe recordó la frialdad de los ojos de Kristen la noche anterior, cuando le había revelado que su padre seguía vivo, y pensó que sus problemas debían de tener motivos bastante más complejos que el hecho de que él deseara haber tenido un niño.

– Una entrada verde, una vieja que echa el mal de ojo… -masculló Mia mientras se acercaban al edificio donde saltaba a la vista una anciana con un pañuelo moteado que los miraba con recelo. Ni siquiera la más dulce sonrisa de Mia suavizó el semblante de la mujer.

– Parece que hemos llegado -convino Abe-. Crucemos los dedos para que Aaron Jenkins esté en casa.

Encontraron la puerta y llamaron. Abrió una mujer con un niño pequeño apoyado en la cadera. Al verlos, abrió los ojos como platos.

– ¿Qué ocurre?

– Estamos buscando a un joven llamado Aaron Jenkins, señora -empezó Mia en tono amable.

La mujer se colocó bien al niño.

– Es mi hijo. ¿Por qué? ¿Se ha metido en algún lío?

Mia negó con la cabeza.

– Solo queremos hablar con él.

La mujer se volvió hacia atrás, vacilante.

– Mi marido está trabajando.

– Solo nos llevará unos minutos -la tranquilizó Abe-. Luego nos iremos.

– ¡Aaron! -llamó la mujer, y el joven de la foto salió de una de las habitaciones. Los miró brevemente y se dispuso a retroceder.

– Solo queremos hablar contigo -aclaró Mia, y el chico se detuvo.

– No he hecho nada malo.

– ¡Aaron! -gritó su madre-. ¡Ven aquí! -Y él se acercó arrastrando los pies.

– Entregaste un paquete el viernes por la tarde, ¿verdad? -dijo Abe.

Aaron frunció el entrecejo.

– ¿Y qué? Eso no es ilegal.

– No hemos dicho que lo sea. ¿De dónde lo sacaste, Aaron? -preguntó Mia.

– Me lo dio un blanco. Y también me dio cien dólares por llevarlo.

– ¿Qué aspecto tenía? -preguntó Abe.

Aaron se encogió de hombros.

– Yo qué sé. Llevaba una sudadera con capucha, no le vi la cara.

– ¿Era joven o viejo? -insistió Mia.

Aaron resopló, impaciente.

– Les he dicho que llevaba capucha. No le vi la cara.

– ¿Iba en coche? -prosiguió Abe.

– En una furgoneta. Blanca. Llevaba un dibujo al lado, un anuncio.

Abe se extrañó.

– ¿Un anuncio?

– Sí, como los de la pared. Una cara contenta. Decía algo así como «Componentes electrónicos Banner». -Aaron asintió, satisfecho de sí mismo-. No sé nada más.

Abe se extrañó aún más. No era la misma furgoneta. Mia lo miró preocupada y luego desvió la atención de nuevo hacia Aaron.

– ¿Cómo sabías dónde tenías que dejar la caja?

Aaron se encogió de hombros.

– Me apuntó la dirección en un papel y me dijo que luego lo tirara. Y eso hice. Ya les he dicho que no sé nada más. -Miró a su madre-. ¿Puedo irme?

La señora Jenkins colocó bien al niño que sujetaba.

– ¿Puede?

Mia asintió.

– Claro. -No dijo nada más hasta que estuvieron en la calle-. El equipo de chorro de arena también sirve para grabar letreros de goma.

– Que con un imán pueden sujetarse al lateral de una furgoneta. -Abe dio un resoplido que le levantó el flequillo-. Caray.

Mia alzó los ojos con gesto de exasperación.

– Me he pasado horas buscando floristerías y ahora resulta que el rótulo es falso. Por eso Jack no encontró restos de flores ni polen en la furgoneta. Puede que cada día anuncie una cosa diferente.

Sonó el móvil de Abe. Al mirar la pantalla se le erizaron los pelos de la nuca.

– ¿Qué pasa, Kristen?

La chica tenía la voz temblorosa.

– Me han dejado otra caja, Abe. McIntyre ha visto al chico que la traía y va a retenerlo hasta que llegues.

– Vamos hacia allá -dijo Abe en tono muy serio; luego se volvió hacia Mia-. Llama a Jack y dile que vaya casa de Kristen. Ya llamo yo a Spinnelli. Nuestro humilde servidor ha vuelto a atacar.

Domingo, 22 de febrero, 10.00 horas

– Dios mío. -Kristen palideció en cuanto Jack depositó el contenido del sobre en la mesa de la cocina-. Es Angelo Conti.

Mia le pasó el brazo por los hombros para reconfortarla.

– No te nos desmayes.

– No; no me desmayo nunca.

Abe recordó que se lo había dicho la noche en que se encontraron en el ascensor, después de darle aquel susto de muerte. Y ciertamente había demostrado tener unos nervios de acero; se sentía orgulloso de su fortaleza. Le costaba mantener las distancias, pero sabía que ella prefería conservar su imagen profesional. Volvía a llevar el pelo bien peinado y recogido, aunque las horquillas que le había extraído la noche anterior seguían en la encimera.

– No hay ninguna instantánea -observó Jack-. Solo el carnet de estudiante de la Universidad de Northwestern. ¿Por qué?

– No lo sé. -Abe cogió la carta-. «Mi querida Kristen: Angelo Conti está muerto. Su delito fue, inicialmente, producto de la negligencia, puesto que chocó contra el coche de Paula García mientras conducía borracho. Sin embargo, su flagrante desprecio por la vida humana lo indujo a apalear a la mujer hasta la muerte. Y el desprecio de su padre por el sistema judicial estadounidense lo llevó a comprar al jurado. Angelo Conti había quedado en libertad, por lo menos hasta que tú lograras volver a procesarlo. Pero no tenía bastante con los crímenes originales, así que agravó la situación deshonrándote públicamente, lo cual era intolerable. Espero que su muerte sirva de aviso a todo aquel que pretenda burlarse del sistema judicial y de los que están a su servicio. Como siempre, tu humilde servidor.»

Abe levantó la vista y vio que Kristen se dejaba caer en una silla.

– ¿Qué dice la posdata?

– Aparece un número de matrícula.

Abe le entregó la carta y ella lo observó perpleja.

– No es el mío. Esto no tiene ningún sentido.

– Creo que tendremos que hablar con el chico que dejó la caja -opinó Mia, y Abe se mostró de acuerdo.

Mia y él salieron de la casa y se acercaron al coche patrulla de McIntyre, donde el chico aguardaba en el asiento de atrás.

– Se llama Tyrone Yates -explicó McIntyre-. Sus padres vienen hacia aquí.

– Yo no he hecho nada -protestó Yates.

– Nadie dice lo contrario -replicó Mia.

Yates describió una escena casi calcada a la de Aaron Jenkins. Excepto que esta vez la furgoneta blanca lucía el nombre de un fabricante de alfombras. Para cuando el chico acabó con la explicación, sus padres ya habían llegado dispuestos a llevárselo a casa.