Kristen estaba preparando té cuando Abe y Mia entraron seguidos de McIntyre. Mia se acomodó en una silla y Abe se acercó a una ventana que daba al patio trasero, cubierto de hielo. McIntyre aguardó en el vano de la puerta de la cocina; su rostro juvenil expresaba preocupación.
– ¿Qué habéis descubierto? -preguntó Kristen.
Abe volvió la cabeza momentáneamente con aire abatido.
– No gran cosa, la verdad.
McIntyre se removió con inquietud.
– La furgoneta blanca…
– ¿La de la floristería? -preguntó Kristen, y Mia negó con la cabeza.
– Creemos que usa distintivos magnéticos -explicó-. El chico de la escuela King asegura que se trataba de un electricista. Este, en cambio, dice que era de un fabricante de alfombras.
– Por eso no he encontrado restos de flores ni de polen en las cajas -observó Jack con enojo dando un golpe en la mesa-. Maldita sea. Cambia de furgoneta como quien cambia de camisa.
Abe se volvió desde la ventana con expresión grave.
– ¿Qué sabemos de la furgoneta blanca, McIntyre?
– La noche en que la señorita Mayhew se salió de la carretera yo regulaba el tráfico. La gente se paraba a curiosear. Uno de los vehículos era una furgoneta blanca con el distintivo de un electricista.
A Kristen se le revolvió el estómago. Ahora entendía lo que quería decir la posdata. Cogió la carta de encima de la mesa y se la mostró a McIntyre.
– ¿Reconoce este número, agente?
McIntyre asintió.
– Es la matrícula del coche que chocó con el suyo. Lo habían robado aquel mismo día.
Kristen dejó la carta en la mesa; tenía el pulso sorprendentemente firme.
– Me lo temía.
Jack renegó entre dientes.
– Él estaba allí.
Abe sonrió con tristeza.
– Probablemente lo tuve al alcance de la mano. ¿Se acuerda de su aspecto, McIntyre?
McIntyre negó con la cabeza.
– Llevaba un gorro con orejeras que le cubría casi todo el rostro. Aquella noche hacía mucho frío y no me extrañó. Fue muy amable, eso sí que lo recuerdo.
– ¿Qué edad cree que tiene? -preguntó Mia con aspereza.
McIntyre se encogió de hombros con impotencia.
– No lo sé. Unos cuarenta tal vez. No dijo casi nada, solo asintió cuando le pedí que circulara. Me imaginé que se avergonzaba de que lo hubiera sorprendido mirando.
Durante un momento, nadie dijo nada. Entonces Jack se puso en pie.
– Tengo que avisar a mi equipo para que se dirija al lugar indicado en el mapa. Llamaré a Julia para que se reúna con nosotros allí. ¿Venís, chicos?
– No me lo perdería por nada del mundo -dijo Abe con denuedo-. Vamos.
Kristen se dispuso a seguirlos pero Abe la detuvo.
– Quédate aquí, por favor.
– Quiero ir -dijo con un hilo de voz, consciente de que los demás los estaban observando.
Abe miró a Jack, a Mia y a McIntyre.
– Dadnos un minuto, por favor.
McIntyre salió al instante.
– Saldré a vigilar.
Mia abrió mucho los ojos y los miró con patente curiosidad.
– De acuerdo.
Kristen notó que le ardían las mejillas.
– Reagan, por favor.
Jack le dirigió una mirada reprobatoria.
– Abe tiene razón. Ya has sufrido un accidente este fin de semana. No queremos que acabes herida. -A continuación, siguió a Mia hasta la cocina y los dejó solos.
Abe la miró con expresión convincente.
– Quédate aquí.
A Kristen la frustración le hacía hervir la sangre.
– No me excluyas de esto, por favor. Necesito estar presente.
Abe puso las manos sobre sus hombros y empezó a masajeárselos de forma compulsiva.
– ¿Sabes lo que ocurrirá cuando Jacob Conti descubra que han asesinado a su hijo? -Sus ojos azules centellearon-. ¿Lo sabes, Kristen? Si vienes y aparecen los periodistas, tu rostro cobrará protagonismo, sobre todo si corre el rumor de que Angelo ha sido asesinado por atacarte verbalmente. Conti te culpará, y seguro que no es precisamente la persona que quieres que ande detrás de ti. Por favor, quédate aquí; hazlo por mí.
Su mirada resultaba instigadora, pero al final fue la emoción que transmitía su voz lo que hizo que se diera por vencida.
– De acuerdo, me quedo.
El alivio que sintió Abe fue palpable. La soltó.
– Vendré a buscarte esta tarde.
– A las cuatro.
Él se inclinó y le estampó un beso en los labios que la dejó turbada.
– Llámame si me necesitas.
Kristen suspiró al oír el portazo. Se había acostumbrado a llamarlo cuando lo necesitaba. En un momento de lucidez, las palabras de la cuñada de Abe cobraron sentido. Ruth le había dicho que a él le hacía mucho bien cuidarla. No hacía falta ser psiquiatra para atar cabos. Abe había visto cómo disparaban a su esposa sin poder hacer nada por evitarlo. Él, que trabajaba por mantener el orden público, no había sido capaz de salvar la vida de su mujer.
«Así que se dedica a proteger la mía.» Y aunque la idea la reconfortó, no pudo dejar de preguntarse qué ocurriría cuando la pesadilla tocara a su fin y ya no necesitase su protección. Se llevó los dedos a los labios, aún vibrantes por el efecto del beso.
«Me conformaré con disfrutarlo mientras dure.» Por el momento lo que tenía que hacer era acabar de coser un montón de cortinas.
Domingo, 22 de febrero, 11.30 horas
El lugar marcado con una cruz resultó estar a cincuenta metros de donde el coche de Angelo Conti había chocado con el de Paula García. Muy apropiado. Encontraron una lápida de mármol en la que había inscritos los nombres de la chica y el hijo que gestaba. A Abe se le humedecieron los ojos al contemplarlos; al pensar en Thomas García experimentaba una empatía que a buen seguro los demás no alcanzaban a comprender. En el lugar de la sepultura reinaba un silencio tenso que solo interrumpían las paladas y alguna palabra ocasional de los hombres de Jack.
– Uf. -Mia torció el gesto cuando retiraron la tierra que cubría el rostro de Conti. O, más bien, lo que quedaba de él.
Julia hizo una mueca.
– Esta vez se le ha ido la mano.
El cadáver fue extraído con cuidado de la fosa. Abe le dio la vuelta con suavidad y al hacerlo quedaron expuestos una serie de moretones en la parte baja de la espalda.
– ¿Son de una llave inglesa?
Julia se arrodilló junto a él.
– Es probable. Lo tendré más claro cuando lo limpie.
– Conti golpeó a García con una llave inglesa -explicó Mia-. Esa parte de la historia no se hizo pública.
– Ha vuelto a hacer uso de información privilegiada -masculló Abe-. Perfecto.
Julia observaba el cadáver con una mueca de preocupación.
– Se ha pasado con Conti, Abe. Hacía mucho tiempo que no veía el resultado de una paliza semejante. ¿Sigue espiando a Kristen?
Abe frunció los labios.
– Sí. Y seguimos sin saber por dónde empezar.
Julia se encogió de hombros; su aliento se condensaba por el frío.
– Míralo por el lado bueno. Ha perdido el control. Quizá esta vez no haya sido tan precavido en cuanto a no dejar rastros. -Le hizo una señal con la cabeza a una ayudante, quien de forma muy eficiente colocó el cadáver en una bolsa y cerró la cremallera-. Anoche terminé la autopsia de Skinner. Encontré sangre en los pulmones.
Mia resopló.
– Así que hizo lo que pensábamos.
Julia asintió.
– Esta mañana he sacado fotos de las marcas del cráneo para entregárselas a Jack. Intentará ver si se corresponden con algún modelo concreto del aparato. Skinner tenía las rótulas reventadas, igual que King, y el agujero de bala de la cabeza se lo hicieron después de muerto. -Se quitó los guantes de goma y se colocó otros de piel-. Ah, he conseguido hacer un modelo de escayola de las marcas de estrangulamiento de Ramey. También lo tiene Jack.
– Buen trabajo, Julia -alabó Abe.