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– ¿Y se hizo abogada para cambiar las cosas?

La expresión vehemente de la chica le llamó la atención. Rachel Reagan le recordaba mucho a sí misma muchos años atrás.

– Me gustaría creerlo así.

Rachel tenía una larga lista de preguntas. Kristen las respondió una a una mientras seguía los movimientos de Becca en la cocina. Le traía recuerdos de su madre; recuerdos agridulces. Becca trabajaba la masa con el rodillo cuando se abrió la puerta trasera y por ella entró un hombre vestido con una sudadera de los Bears y unos vaqueros descoloridos; era tan alto y de piel tan morena como Abe. Le dio un beso cariñoso en la mejilla a Becca, y Kristen supo que se trataba del otro hermano de Abe. Le habían presentado a Sean al llegar, así que aquel tenía que ser…

– ¡Aidan! -Rachel soltó el bolígrafo-. Pensábamos que no vendrías.

Aidan llevaba al hombro una percha con un uniforme de policía.

– He tenido que arreglármelas para que me cambiaran el turno, pero no quería perderme el asado. -Puso la gorra de policía en la cabeza de Rachel y bajó el ala con un tirón para que le cubriera los ojos-. ¿Qué hay de nuevo, pequeñaja?

Rachel se subió la gorra para poder ver.

– Estoy haciendo los deberes.

Aidan se volvió hacia Kristen y esta pudo observar la mirada crítica de sus fríos ojos azules.

– Ya lo veo -dijo-. Tú eres la fiscal Mayhew.

No estaba segura de que lo considerara algo bueno, pero le tendió la mano.

– Me llamo Kristen.

Él se la estrechó.

– Yo soy Aidan. -Entrecerró aquellos ojos tan parecidos a los de Abe-. ¿Qué haces aquí?

– ¡Aidan! -Becca hizo una mueca de desaprobación-. ¿Qué demonios te pasa?

– Lo siento -se disculpó él, pero la tensión de su mandíbula y su expresión desdeñosa dejaban claro que no era así.

– ¡Aidan!

Kristen se volvió instintivamente al oír la voz de Abe. Estaba apostado en el vano de la sala de estar. Verlo le cortó la respiración e hizo aflorar en sus labios el beso que le había dado cuando regresó del lugar en el que Conti estaba enterrado. Aún llevaba el traje, pero se había desanudado la corbata, y la camisa un poco abierta revelaba la anchura de su cuello y dejaba entrever su pecho, poblado de espeso vello.

Abe se acercó a su hermano con una expresión de cautela en los ojos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

Aidan miró a Abe y luego de nuevo a Kristen. La incredulidad se mezclaba con el desdén, y Kristen se preguntó si llevaba tatuada en la frente la frágil relación que mantenía con Abe.

– Ni hablar -soltó Aidan.

Rachel quiso meter baza.

– ¿Ni hablar de qué?

– Cállate, Rachel -atajó Aidan-. Dime que no es cierto, Abe.

Abe lo analizó con serenidad.

– Nunca te habías comportado de forma insolente con un invitado. ¿Qué te ha ocurrido?

– Ah, nada. Es que a mi compañero y a tres policías más del distrito los avisaron ayer de asuntos internos. Parece ser que el fiscal del Estado está interrogando a algunos policías por los asesinatos de esos desgraciados a los que hacía tiempo que deberían habérselos cargado. -Aidan miró a Kristen-. Son buenas personas y buenos profesionales que no harían daño a nadie, ni siquiera a los que no están entre rejas por culpa de ineptos como vosotros. -Kristen estuvo a punto de protestar, pero una mirada de Abe hizo que mantuviera la boca cerrada-. Y encima tienes el valor de traerla aquí -añadió Aidan con desprecio-. Pues yo me voy.

– No se te ocurra moverte -intervino Becca-. Antes de marcharte, discúlpate ante la invitada de Rachel.

Aidan abrió los ojos como platos y se volvió hacia Abe.

– Yo pensaba que…

Abe torció el gesto.

– Esta vez la ha invitado Rachel. -Dejó a Aidan un momento en suspenso y luego añadió-: Pero la próxima vez lo haré yo.

Becca y Rachel se volvieron encantadas hacia Kristen, cuyas mejillas ardían. Ella las soslayó deliberadamente y miró a Aidan.

– Siento que hayan molestado a tus amigos, pero todas las personas relacionadas con esos casos deben dar razón de su paradero las noches de los asesinatos. Están interrogando a todas las personas de la fiscalía, también a mí. Si cuentan con una coartada, los eliminarán de la lista. Si no, tendrán que esperar un poco más. -Levantó las manos y las dejó caer-. Lo siento; de verdad.

Aidan vaciló, luego inclinó la cabeza en un único gesto de asentimiento.

– Muy bien.

– Si lo sentamos fuera, en el porche trasero, ¿puede quedarse a cenar? -preguntó Rachel con ironía.

Aidan la miró con expresión de hastío.

– Devuélveme la gorra, listilla del carajo.

– ¡Aidan! -lo reprendió Becca-. ¡En mi cocina no se dicen palabrotas!

– Vete al salón y dilas con papá -propuso Rachel con una sonrisita.

Por un momento Aidan también sonrió, pero en cuanto cruzó la mirada con Kristen se puso serio.

– Lo siento -dijo con voz queda-. A mi compañero le ha sentado muy mal que lo llamaran de asuntos internos. Todos nos tememos que esto se convierta en una caza de brujas.

– No mientras dependa de mí -prometió Kristen y Aidan frunció los labios para indicar que lo tendría en cuenta.

– Muy bien. -Arqueó una de sus cejas morenas-. Supongo que puedes quedarte.

Domingo, 22 de febrero, 20.00 horas

Abe pensó con orgullo que Kristen se había defendido bien; había sobrevivido a una cena de domingo en casa de los Reagan. La pierna de cerdo formaba parte de la tradición culinaria, y el hecho de que todos se reunieran en la sala de estar a ver una película, como en los viejos tiempos, hizo que notara un nudo en la garganta. Sean se sentó en el sofá y Ruth en el suelo, con el recién nacido en brazos y la espalda apoyada en las piernas de su marido. Tras la muerte de Debra, durante mucho tiempo Abe fue incapaz de ver a Sean y a Ruth juntos. El problema no era solo que ellas se parecían mucho (eran primas, sus madres eran hermanas), lo más difícil de soportar era la felicidad que irradiaban cuando estaban juntos. Sin embargo, al cabo de los años Abe se había acostumbrado al dolor incisivo de la pérdida. Había pasado a formar parte de la cotidianidad. Al ver a Sean y a Ruth juntos le dolía el alma.

Pero aquel día había sido distinto. No estaba solo. Había presentado a Kristen a su familia y ella había encajado bien, como si los conociera de toda la vida. En aquel momento estaba sentada junto a Rachel viendo una comedia de Steve Martin que Sean había alquilado. Desde el canapé, Abe observaba su rostro, relajado por primera vez en cinco días.

Estaba concentrada en la película cuando Rachel le susurró algo al oído. Debía de ser una de sus típicas bromas, irreverentes y divertidas, porque Kristen echó la cabeza atrás y soltó una de aquellas sonoras carcajadas que le atenazaban el estómago. Si hubiese mirado atrás se habría dado cuenta de que no era el único que se sentía así; Ruth, con el rostro desencajado por la sorpresa, torció el cuello para mirarla; sus padres también se volvieron, afligidos.

Abe habría querido congelar la escena y hacer desaparecer a Kristen de la sala antes de que se diera cuenta de la reacción familiar. Pero ya era demasiado tarde. Su sonrisa se disipó como la niebla al salir el sol.

Sus ojos verdes, de nuevo recelosos, se clavaron en los de él.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Dios santo -susurró Ruth, y a continuación agitó la cabeza con desesperación-. Lo siento, Kristen, no querría parecerte grosera; es que… tu risa se parece mucho a la de una persona que ya no está entre nosotros.

Kristen se quedó paralizada, sus ojos fijos en los de Abe.

– ¿Debra?

Había observado en sus ojos temor y valentía, vulnerabilidad y tristeza. Ahora, al deducir por sí misma la respuesta, observaba dolor, un dolor que a Abe se le clavaba en el alma como un cuchillo.