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– Kristen…

Ella levantó la mano mientras una sonrisa afloraba a sus labios.

– No importa. -Pero Abe sabía que sí importaba. Se volvió hacia el televisor-. ¿Podrías rebobinar un poco el vídeo, Sean? Nos hemos perdido un par de minutos.

Sean obedeció. Ruth le envió a Abe un mensaje silencioso y sincero de disculpa. La película continuó, pero Steve Martin había dejado de parecerles gracioso.

Domingo, 22 de febrero, 22.00 horas

Abe pasó por delante del coche patrulla y penetró en el camino de la casa de Kristen. La chica había dado las gracias a sus padres por la cena, había felicitado a Sean y a Ruth por su bebé y había cruzado los dedos para desear a Rachel que le pusieran una buena nota por la entrevista. Sin embargo, en cuanto se subió al todoterreno, permaneció en silencio. Abe experimentó durante todo el trayecto una pesadumbre creciente. Casi oía el mecanismo de su cerebro dar vueltas y deseaba con desesperación que dijera algo, cualquier cosa. Al fin, lo hizo.

– No importa, Reagan -dijo. Le dolió que lo llamara por el apellido. No lo miraba a los ojos, tenía la mirada fija en las ventanas de su casa, cubiertas por las nuevas cortinas-. Lo entiendo.

Él le tomó la mano.

– ¿Qué es lo que entiendes?

– Ya había comprendido antes de esta noche que necesitas cuidarme, protegerme porque no pudiste hacerlo con Debra. Pero creo que no me había planteado el hecho de ser una sustituta en otros aspectos. -Tragó saliva y se volvió a mirar por la ventanilla-. Ha sido un pequeño golpe para mi amor propio -añadió con ironía.

– No eres la sustituta de Debra. Mierda, Kristen, mírame.

Ella agitó la cabeza con fuerza y abrió la puerta.

– Gracias, de verdad. Lo he pasado muy bien, tienes una familia estupenda. Llámame mañana si quieres, para seguir con la investigación. Esta noche tengo aquí al agente Truman. Estaré tranquila.

Y de verdad pensaba que lo estaría. Había pasado por momentos mucho peores que aquel. Había cerrado de golpe la puerta del todoterreno con la vaga esperanza de que Abe corriera tras ella, y al ver que no lo hacía no se permitió sentirse decepcionada. Él se alejó por el camino pisando a fondo el acelerador, lo cual iba a provocar las protestas de los vecinos. Entró en la cocina. No pensó que era la primera vez que lo hacía sola en cinco días. Tampoco pensó en el beso que se habían dado junto a la tetera. No pensó en él en absoluto.

Por lo menos, no había sido una completa pérdida de tiempo. Había descubierto que era capaz de tolerar, e incluso de esperar, que un hombre la rodeara con sus fuertes brazos. Podía besarlo sin después vomitar, y hasta podía anhelar sentir el contacto de sus labios en los de ella. No todo era malo.

Depositó el abrigo en la silla de la cocina, vio la tetera y pasó de largo. No creía que le sentase bien un té. Por lo menos aquel tipo ya no podría espiarla a través de las ventanas. Los cristales estaban cubiertos por gruesas cortinas.

Cerró la puerta del dormitorio y no pensó más en Abe Reagan.

Sin embargo, fue su nombre el que pronunció cuando en plena noche una mano le cubrió la boca y, ahogando su grito, tiró de ella hasta aferrarla de espaldas contra una figura alta y robusta. Ella forcejeó con ímpetu, le clavó las uñas y las arrastró por su piel. Oyó un grito entrecortado y la mano que le cubría la boca la soltó, pero al instante un brazo férreo la sujetó por el pecho y la inmovilizó. Volvió a chillar, empezó a dar patadas y topó con el talón contra algo duro. Entonces se quedó paralizada. El frío y duro metal le rozaba la sien. «Voy a morir.»

Unos labios se acercaron a su oído y tragó bilis.

– Mejor así -dijo una voz áspera-. Ahora, dime, ¿quién es?

Domingo, 22 de febrero, 22.05 horas

«Tenía derecho a sentirse herida», pensó Abe al alejarse por el camino de su casa. Una mujer lista como Kristen ataba cabos muy rápidamente; por desgracia aquella vez el resultado no había sido muy agradable. «No es una sustituta de Debra. No lo es.» Pensó en cómo debía de sentirse al entrar sola en casa; completamente sola. Tendría que haberla acompañado y mirar dentro del armario. Pero Charlie Truman estaba allí y, si hubiese entrado alguien, lo habría visto.

De pronto, Abe se quedó paralizado mientras los pelillos de la nuca se le erizaban. Truman estaba allí, ¿verdad? Había visto el coche patrulla, pero ¿había visto a Truman?

El pánico le atenazó la garganta y dio media vuelta en plena carretera. Un coche le pitó, pero Abe ya ascendía por el camino de entrada a la casa de Kristen. Dio un frenazo junto al coche patrulla y se bajó de un salto para mirar por la ventanilla. El interior del coche estaba oscuro y vacío. Accionó el tirador para abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Truman se había marchado.

«Kristen.»

«Maldita sea.» Abe subió corriendo por el camino, resbalando por culpa del hielo. Se cayó, pero se puso en pie de inmediato y siguió corriendo. La puerta de la cocina estaba cerrada con llave. La emprendió a puñetazos.

– ¡Kristen!

Bordeó la casa hasta la parte trasera. La puerta del sótano no era tan resistente y podría echarla abajo. Se abalanzó contra esta una y otra vez hasta que la estructura cedió y se encontró dentro. Subió las escaleras de cuatro en cuatro e irrumpió en el dormitorio empuñando el arma; el corazón se le salía por la boca.

Ella estaba arrodillada en el suelo, cabizbaja, jadeante; tenía en la mano el teléfono inalámbrico de la mesilla. Él se apoyó sobre una rodilla y le levantó la barbilla. Tenía los ojos muy abiertos y vidriosos.

Se lo quedó mirando y luego bajó la vista al teléfono que sujetaba en la mano; el móvil de Abe empezó a vibrar en su bolsillo.

– Te estaba llamando -dijo ella en un tono distante que le resultaba desconocido-. Acaba de escaparse, por la ventana.

Abe se asomó a tiempo de ver una figura vestida de negro que destacaba sobre el blanco de la nieve que cubría el patio. El hombre puso una mano en la valla y la saltó como si se hallara en mitad de una carrera.

– Mierda -gruñó Abe.

Si se hubiese quedado fuera lo habría atrapado. Sin embargo, también cabía la posibilidad de que el hecho de irrumpir en la casa fuera lo que había ahuyentado a aquel hijo de puta. Se volvió y vio a Kristen luchando por ponerse en pie. En dos zancadas estuvo a su lado, la ayudó a levantarse y la abrazó. Se sentó en la cama sin soltarla; notaba el temblor de su cuerpo. Ella se refugió en sus brazos, con las manos asía las solapas de su abrigo. Respiraba deprisa, muy deprisa, y él la meció suavemente.

– No te preocupes. Estoy aquí contigo. -La mecía mientras con la mejilla apoyada en su cabeza ejercía una ligera presión. «Dios mío. Dios mío. He llegado a tiempo.» Exhaló un suspiro y se dio cuenta de que su respiración era casi tan irregular como la de ella. Rebuscó en el bolsillo el teléfono móvil y se dispuso a dar el aviso.

– El agente Truman ha desaparecido.

La operadora le respondió con voz calmada.

– El agente Truman ha llamado hace diez minutos para informar de que tenía que interrumpir el servicio. Una joven se acercó al coche y le dijo que su abuelo se había caído y estaba inconsciente en el patio de su casa, así que fue a ayudarla. ¿Qué ha ocurrido, detective?

– La mujer a la que tenía que proteger ha sido atacada en su propio dormitorio -masculló Abe-. Avíselo para que regrese inmediatamente.

Colgó y llamó a Mia. Esta contestó a la primera.

– ¿Qué ha pasado?

– Han atacado a Kristen.

Oía los pasos de Mia y el ruido de cajones que se abrían y cerraban.

– ¿Está bien?

– No lo sé. Llama a Jack. Quiero que venga una unidad de la policía científica cuanto antes. Yo llamaré a Spinnelli.

– De acuerdo. ¿Dónde está el agente que le ha sido asignado esta noche?

– Ha tenido que atender a otra persona. Enseguida estará de vuelta. Ven en cuanto puedas.