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– Yo tenía dieciséis años, ella dieciocho. -Hizo una pausa para encontrar la palabra adecuada-. En nuestra casa se respiraba mucha rigidez. A mi padre le gustaban las normas; a Kara, no. Cuando cumplió dieciocho años, se fue de viaje con unos amigos. Se dirigieron a Topeka, un hervidero de pecado.

Abe sonrió y ella le devolvió el gesto con tristeza.

– Después de haber vivido en una pequeña granja rodeada de campos de trigo por todas partes, Topeka le parecía el no va más. Supongo que Kara empezó a salir de fiesta. En fin; mis padres recibieron una llamada de la policía en plena noche. Kara había muerto.

El semblante de Abe se había tornado serio.

– Lo siento.

– Yo también lo sentí. Por varios motivos. Quería a mi hermana y la echaba de menos. De hecho, todavía la añoro. Pero mis padres también cambiaron al perderla. Mi padre se volvió más estricto y mamá se deprimió. Antes, ella atemperaba la rigidez de él. Pero al morir Kara quedó sumida en una especie de… Yo qué sé. En la oscuridad. Nunca volvió a ser la misma.

– Supongo que le reprochabas que no se preocupara de ti lo bastante.

Kristen lo pensó un momento.

– Supongo que sí. Me subía por las paredes. Además, mi padre tomó enérgicas medidas con respecto a mí. Cualquiera habría pensado que era una chica díscola. Solo me dejaba salir de casa para ir al colegio. Me perdía todos los partidos de fútbol, los bailes, todo. Pero en el instituto topé con un profesor de arte que me ayudó a conseguir la beca para Florencia y me puso en contacto con una familia de allí. Incluso le pidió permiso a mi padre para que me dejara ir.

– Y dijo que no.

Kristen se lo quedó mirando. No le había quitado ojo de encima.

– Dijo que no. -Se encogió de hombros-. Así que le desobedecí y me fui de todas formas. Tenía dieciocho años y contaba con el dinero que había ganado trabajando de canguro antes de que Kara muriera. Además, Kara tenía algunos ahorros. Sabía que habría querido que yo me quedara el dinero; lo cogí y compré un billete de avión para Italia. Solo de ida. Sabía que un día u otro tendría que volver a casa, pero en aquel momento no me lo planteé.

– No te imagino improvisando -dijo Abe en tono quedo.

Kristen pensó en la persona que había sido de joven.

– La gente cambia con el tiempo. De todas formas, volví de Italia y me matriculé en la universidad. Mi padre no había cambiado nada, así que… me marché de casa. -Todo aquello solo era verdad a medias, pero de momento no podía o no quería contarle nada más. Tal vez no lo hiciera nunca.

Él escrutó su rostro y ella supo que él era consciente de que no le había contado toda la historia; sin embargo, no insistió.

– Me dijiste que tu padre todavía vive. ¿Cuándo lo viste por última vez?

– El mes pasado.

Abe la miró sorprendido.

– ¿El mes pasado?

– Sí. Mi madre está en una residencia. -Se le puso un nudo en la garganta-. Tiene Alzheimer en un estado muy avanzado. Hace tres años que no me reconoce, pero una vez al mes cojo el avión para ir a Kansas a visitarla. Mi padre estaba con ella la última vez. Los domingos no suele ir, pero mi madre había pasado mala noche y lo habían avisado. En cuanto yo llegué, él se marchó, así que puedo decir que lo vi aunque no cruzamos palabra.

– Lo siento.

– Yo también. Es muy duro ver a mi madre así. Anoche me deleité contemplando a la tuya. Antes de que muriera Kara, a mi madre le encantaba la cocina; en cambio, después de su muerte estaba demasiado deprimida para hacer nada. Ahora su vida consiste en permanecer allí tumbada, consumiéndose. Es como si me hubiese quedado sin madre a los dieciséis años.

Él guardó silencio un momento.

– Solía visitar a Debra y hablar y hablar sin saber si podía oír algo de lo que le decía.

Kristen apoyó la frente en el pecho de él.

– A veces -dijo con desaliento- deseo que mi madre se muera, y luego me siento tan culpable…

Su pecho se hinchó y se deshinchó.

– Sí, a mí me ocurría lo mismo. Y también me sentía culpable.

– El viernes por la noche me dijiste que se había pasado cinco años en coma. -Cinco años era demasiado tiempo para soportar la postración de una persona amada.

– No estaba en coma. Estaba en estado vegetativo persistente. Es distinto. A Debra le diagnosticaron muerte cerebral en el momento en que ingresó en urgencias.

Kristen vaciló, luego soltó lo que pensaba.

– ¿En algún momento te planteaste desconectarla?

El pecho macizo de Abe volvió a hincharse y a deshincharse.

– Cada vez que la veía o pensaba en ella. Pero no fui capaz. No lo logré mientras permaneció con vida. Pero sus padres querían que lo hiciera.

Kristen abrió los ojos como platos.

– Yo creía que los padres eran los que siempre querían seguir adelante.

– Los de Debra no. -Su rostro se ensombreció-. Su padre había interpuesto una querella para solicitar la custodia cuando ella murió. Decían que ella no habría querido continuar así, y yo sabía que tenían razón, pero al menos estaba viva.

– Y mientras hay vida hay esperanza.

– Sí. Entonces la madre de Debra sufrió un ataque al corazón. Su padre dijo que el hecho de ver a su hija así año tras año la estaba matando. Estaba desesperado. Yo no sabía qué hacer, pero no podía acceder a lo que me pedía. Solicitó la custodia un mes antes de que Debra muriera de una infección. Sus padres y yo no mantenemos una relación lo que se dice cordial.

– Me lo imagino.

Él suspiró.

– Debra y Ruth eran primas. Por eso nos conocimos. Sean y Ruth me prepararon una cita a ciegas.

Kristen pensó que, por algún motivo, aquel detalle era importante y rebuscó en su cabeza para atar cabos. Al lograrlo, asintió.

– De eso es de lo que hablaba Ruth la otra noche, cuando vino a casa. Su madre había invitado a los padres de Debra al bautizo.

Abe sonrió con tristeza.

– Muy bien. Si además se te ocurre qué se supone que tengo que decirles cuando los vea, quedaré realmente impresionado. Pero por esta noche ya está bien de angustia. -Se puso en pie y dejó que su cuerpo se deslizara contra el suyo hasta que sus pies también tocaron al suelo. Le estampó los labios en la frente y los mantuvo allí durante tres fuertes latidos de su corazón. A continuación la empujó con suavidad hacia el dormitorio-. Un masaje, y luego me acostaré en el sofá y dormiré fatal.

– ¿No es cómodo?

– Sí -respondió con cómico pesar mientras avanzaba tras ella-. Pero yo no me sentiré cómodo.

Ella se detuvo en seco, tenía todo el cuerpo tenso. Él se acercó y el calor que desprendía le abrasó la espalda.

– Lo siento.

De verdad lo sentía. Y él también iba a sentirlo cuando por fin llegara el momento.

Le retiró los rizos de la nuca y le rozó la piel con los labios. Ella se estremeció.

– No lo sientas -susurró-. Hablaba en serio. Iremos poco a poco. Eso es lo que haremos.

Ella hizo acopio de valor.

– No… te gustará.

Notaba su cálido aliento en la piel.

– Yo creo que sí, pero no te preocupes ahora por eso. De momento, voy a deshacerte esos nudos de la espalda y dormirás como un bebé. -Le dio otro suave empujoncito-. Te doy mi palabra.

Kristen se detuvo junto a la cama. Empezó a quitarse la blusa, vacilante. Se sentía ridícula. Por el amor de Dios, tenía treinta y un años.

– Ponte como te sientas más cómoda -murmuró él-. Has dicho que confiabas en mí.

Ella dio un hondo suspiro y se tendió boca abajo, con la ropa puesta.

– Sí. -«Más de lo que nunca he confiado en ningún hombre.»

– Apártate un poco -dijo él, y se sentó junto a su cadera-. Tengo que confesarte una cosa. Aprendí a dar masajes por Debra. Evitaban que se le atrofiaran los músculos y el hospital no tenía personal suficiente para dárselos con la frecuencia necesaria.