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Cuando puso las manos en su cuerpo, ella se tensó, pero él no dijo nada; se limitó a masajearle los músculos con metódica destreza hasta que Kristen empezó a relajarse.

– Mmm, se te da muy bien.

Él permaneció en silencio; siguió masajeándole los músculos de ambos lados de la columna y ella suspiró. Se preguntaba qué sentiría si sus manos le rozaran directamente la piel.

Abe detuvo los movimientos.

– Me parece que te gustaría bastante más -susurró con voz cálida y queda-. Quítate la blusa. -Había vuelto a pensar en voz alta. Debería asustarse de que aquel hombre fuera capaz de hacer aflorar sus pensamientos, pero no era así como se sentía-. Date la vuelta.

Ella se despojó de la blusa y vaciló con el sujetador. No, el sujetador no. Volvió a colocarse boca abajo.

– Vale.

Aguardó expectante el primer contacto de sus manos en la piel desnuda. Contuvo la respiración cuando la tocó y luego exhaló un largo suspiro. Tenía razón, le gustaba bastante más.

– Tienes una espalda muy bonita -dijo bajito.

Ella sintió un escalofrío. Muy fuerte.

– ¿Tienes frío?

– No. -Ni por asomo. Sentía calidez allá donde la tocaba, y donde no lo hacía. Notaba los pechos turgentes y sensibilizados, ocultos por el sencillo sujetador de algodón, y el pulso le latía entre las piernas con una presión casi dolorosa. Arqueó la espalda y apretó la pelvis contra el colchón.

Él hizo una pausa.

– ¿Te he hecho daño?

– No. -Por lo menos, no de la forma a la que él se refería. Las punzadas que sentía no eran de dolor sino más bien de anhelo. Un anhelo que solo él podía satisfacer. «Estoy deseando que me acaricie.»

Abe se detuvo en seco. Sabía que Kristen no tenía intención de que oyera aquella frase, pero la había oído. Deseaba que la acariciara, en aquel lugar y en aquel momento; apenas era capaz de pensar en otra cosa. Sin embargo, le había prometido que solo iba a darle un masaje; nada más. A pesar de que vislumbraba la sugerente turgencia de sus senos; a pesar de que su espalda describía una atractiva curva a la altura de la cinturilla de los pantalones de lana; a pesar de que en aquel preciso momento él se sentía más erecto y preparado de lo que jamás se habría imaginado.

Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad, cogió el edredón que cubría los pies de la cama y la tapó. Estaba casi dormida, en cambio él estaba seguro de que apenas iba a pegar ojo en toda la noche. Se puso en pie. Observó su respiración profunda y regular. Notó la forma en que sus oscuras pestañas descansaban en su claro rostro, como abanicos. Se inclinó y la besó en la mejilla.

– Que descanses -susurró. Se incorporó despacio, pero de pronto ella lo aferró por la muñeca con una fuerza asombrosa.

Se puso de lado para mirarlo con sus intensos ojos verdes.

– No te vayas.

Él bajó sus arrolladores ojos azules y los posó en sus pechos mientras en silencio se lamentaba de que aquel sujetador blanco los ocultara. Tenía que alejarse de allí, al instante.

Sacudió la cabeza.

– Dormiré en el suelo, ahí fuera. No te ocurrirá nada.

– No te vayas. -Lo aferró con más fuerza-. Por favor.

– Kristen… -Suspiró y le levantó los dedos con suavidad para que lo desasiera-. Necesitas dormir. Y yo no puedo quedarme aquí. Te he hecho una promesa.

– Ya lo sé. -Se cogió a su camisa, se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Con la mano libre tomó la de él y se la llevó a los labios.

Él no pudo ahogar un gemido.

– Kristen, deja que me vaya ahora.

– No. -Le puso la mano sobre su corazón palpitante-. Tú no lo entiendes… Nunca pensé que sentiría algo así. -Sus ojos no reflejaban miedo ni preocupación ni dolor. Al revés; su mirada era viva y cautivadora. Irresistible. Sin apartarla de la de él, le desplazó la mano poco a poco hasta que esta cubrió el tejido de algodón. Y, posando encima la suya, hizo presión sobre los dedos para que rodeara con ellos su pecho-. Eres tú -susurró, tan bajito que él apenas lo oyó. Ella le soltó la mano y apoyó la suya en el regazo mientras cerraba los ojos.

Y Dios acudió en su ayuda; no podía negarse. Despacio, se tumbó de espaldas en la cama y la invitó a unirse a él mientras su mano la exploraba ya con total libertad y el pulgar palpaba el erecto pezón que el tejido de algodón blanco no podía ocultar.

– Eres preciosa -susurró, y se inclinó para besarla.

Ella levantó la mano y le acarició el pelo que le cubría la nuca, así que él la besó con más pasión y la oyó gemir. Desplazó la mano al otro pecho y ella arqueó la espalda para unir su cuerpo al de él. Su gracia fluía y contagiaba inocencia y él en aquel momento estuvo seguro de que, fuera cual fuese su pasado, fuera lo que fuese lo que le impedía comportarse de la forma impulsiva y espontánea de su adolescencia y la había convertido en la mujer cautelosa que había conocido cinco días atrás, lo que en aquel momento sentía era totalmente nuevo. Inclinó la cabeza sobre su pecho y lo besó a través del sujetador; su gemido le hizo sentirse orgulloso, como si acabase de hacer algo realmente importante. Y tal vez fuera así.

Ella le bajó la cabeza y él abrió la boca y lamió ligeramente el duro pezón deseando que nada separara la lengua de su piel. Entonces ella le soltó la cabeza y tiró de la prenda de algodón hasta que dejó de estar allí. Él atrajo el pezón dentro de su boca y lo succionó.

Ella, entre gemidos, pronunció su nombre. Y el violento latido de su corazón estalló. La deseaba. Deseaba desnudarla, notar que lo asía con su cuerpo. Quería notarla tensa y luego convulsa, y que de sus labios brotara su nombre. Antes de que adquiriera conciencia de sus intenciones, ya había deslizado la mano hacia abajo y sus dedos buscaban algo, lo palpaban, empujaban.

Un pequeño gemido sobresaltado lo sorprendió; bajó la cabeza. El pánico y el desconcierto se mezclaban con la pasión de su mirada.

– Chis -siseó él-. Es solo la mano. Ya paro.

Ella entrecerró los ojos y volvió a cogerle la mano evitando así que cumpliera lo dicho.

– No, ni se te ocurra.

Él hizo una mueca. Ella había tomado las riendas. Bien hecho.

– Como usted quiera, señorita.

– No me llames «señorita». -A continuación, cerró los ojos y frunció los labios. Retiró la mano que cubría la de él y se aferró al edredón. Su gesto tenso y su expresión de esfuerzo lo hicieron sonreír. Le frotó el pubis con la base de la mano y observó cómo le cambiaba el semblante, su gesto se suavizó y el placer disipó el ceño. Estaba muy guapa de aquella manera, descubriendo su propia capacidad de apasionarse. Le acarició la entrepierna de los pantalones, en silencio, y le hizo saber lo bien que podía llegar a sentirse. De pronto, ella abrió los ojos como platos y Abe vio en ellos asombro y apremio.

– No pares -susurró.

Él apretó los dientes mientras luchaba contra el repentino impulso de su propio cuerpo. No, ahora no. «Le toca a Kristen.»

– No lo haré. -Y no lo hizo.

Ella empezó a mover las caderas y se frotó contra su mano entre sonoros jadeos. Se asió al colchón para poder empujar con más fuerza y entonces su cuerpo se paralizó. Soltó la colcha y entrelazó la mano con la de él haciendo mucha fuerza. Y en aquel instante Abe supo que no había visto nunca nada más sexy que a Kristen alcanzando el clímax. Se dejó caer en la cama, aún jadeante. A él le dolía el miembro, la erección pujaba por aliviarse. Sin embargo, la intensidad de su propia necesidad no tenía punto de comparación con la de la mirada de los ojos de Kristen cuando cerró los párpados.

– Lo he logrado. -El susurro denotaba asombro-. Lo he logrado.

Él no pudo por menos que sonreír a pesar de las punzadas que notaba en la ingle.

– Sí, lo has logrado.