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– Gracias. -La palabra contenía más que simple gratitud. Se trataba de un hito en su vida y él había gozado del privilegio de compartirlo. No podía sino albergar la esperanza de que muy pronto llegara otro, un poco más ambicioso. No estaba seguro de que su organismo le permitiera contemplarla de nuevo sin participar de forma más activa.

Le subió el sujetador para cubrirle los pechos y le apartó los rizos alborotados de la cara.

– Ha sido un placer.

En aquel momento ella dio un grito ahogado.

– Tú no…

Él le estampó un beso en los labios.

– Yo no, pero no importa.

Ella se mordió el labio.

– Lo siento.

Él puso un dedo en sus labios.

– No digas nada. Estoy bien.

– Abe… -Los ojos se le llenaron de lágrimas y su respiración se tornó sollozante-. Lo siento. Yo…

– Chis. -Él la rodeó con los brazos y se la sentó en el regazo por segunda vez aquella noche. En el fondo se esperaba aquella respuesta, pero las lágrimas le resultaban desgarradoras. Apretó la mejilla de ella contra su pecho y observó en sus hombros un movimiento convulsivo.

– Tenía mucho miedo.

Él la besó en la coronilla.

– ¿De mí?

Ella meneó la cabeza.

– No, de ti no. De que yo nunca… -Levantó un hombro-. Ya sabes.

Lo sabía y maldijo en silencio a aquel que le había hecho perder la confianza en su propio cuerpo, a aquel que le había hecho tanto daño que la había obligado a anular a la persona que un día había sido.

Decir que le había hecho daño era un eufemismo patético. Él era policía y había visto de todo, aun así le costaba pronunciar la palabra que ella nunca podría olvidar. La habían violado. Se obligó a pensar en la palabra y a mantenerse sereno cuando de lo que en realidad tenía ganas era de averiguar quién lo había hecho y arrancarle las entrañas con sus propias manos, y por un instante sintió respeto y gratitud al pensar en el asesino que había erradicado a un violador del planeta. Aquel sentimiento no era bueno, pero no podía prometer que si en aquel momento hubiese sabido quién le había hecho daño a la mujer que tenía en sus brazos no se habría cobrado venganza cometiendo un crimen a sangre fría.

– ¿Quieres que hablemos de eso ahora? -le preguntó con voz queda, y ella se puso en tensión.

Volvió a sacudir la cabeza, esta vez con mayor vehemencia.

– No, ahora no, ahora no.

Abe la abrazó fuerte.

– Pues duerme.

Lunes, 23 de febrero, 1.30 horas

Con Angelo Conti había perdido el control. Aquello no podía volver a pasar; no debía volver a pasar. No es que aquel salvaje no se lo mereciera; se merecía aquello y mucho más. Pero era peligroso. Había dejado rastros en el cuerpo de Conti, estaba seguro. Sin embargo, aparte de introducir al hombre en un barreño de lejía, no se le ocurría qué más podía hacer para arreglar aquel desaguisado. Lo hecho, hecho estaba.

«Podría haberme limitado a enterrarlo y dejar que su familia lo buscara», pensó. Pero aquello le habría impedido disfrutar del punto final. Todo el mundo sabía que Conti había sido castigado por los crímenes que había cometido contra Paula García, contra el hijo que esperaba, contra el sistema judicial estadounidense y, por último pero no por ello menos importante, contra Kristen Mayhew. Tal vez ahora la escoria que desfilaba ante ella en los tribunales lo pensaría dos veces antes de difamarla.

Se removió en la cubierta de hormigón, tratando de encontrar una postura cómoda. Había tenido que buscar otro tejado. ¿Quién podía imaginarse que la policía utilizaría el coche de Skinner para localizar el anterior? Los detectives le merecían respeto. Mitchell y Reagan no eran tontos, sobre todo Reagan. Torció un poco el gesto al pensar en cómo había rescatado a Kristen de los bestias que la habían obligado a salirse de la carretera. Y Kristen se había arrojado en sus brazos como si lo conociera de toda la vida y no de hacía solo unos pocos días.

Esperaba de veras que Reagan no fuera del tipo de hombres que se aprovechan de las circunstancias. Si cometía una insensatez y lo intentaba, descubriría que Kristen tenía poderosos aliados en lugares ocultos.

Ajá, por fin. Pensaba que nunca daría con aquel blanco. Tras el pequeño rodeo de Conti, había vuelto a meter la mano en la pecera para elegir el siguiente. El objetivo de aquella noche había resultado muy fácil de engañar. Había encontrado a Arthur Monroe en un bar y se había ganado su confianza invitándolo a una cerveza. Luego casi lo había hecho babear al hablarle de un alijo de cocaína pura y le había ofrecido parte de la droga si accedía a encontrarse con él en aquel lugar. El truco había funcionado bien otras veces, excepto con Skinner, para quien había tenido que idear otro tipo de cebo. A él le había prometido proporcionarle información para desacreditar a una víctima que acusaba a uno de sus clientes de acoso sexual. Sus labios se curvaron hacia abajo con expresión disgustada. El asesinato de Skinner había sido una de sus mayores contribuciones al bienestar de la humanidad.

Pero aquella noche se trataba de Arthur Monroe, un hombre que había justificado el flagrante hecho de abusar sexualmente de la hija de su novia alegando que la pequeña de cinco años lo había tentado y que él no había podido evitarlo, que solo lo había hecho una vez. Kristen había presionado para que el juicio se celebrara, pero la madre no quiso que la niña declarara. Apretó los dientes mientras apuntaba al blanco. La mayor parte de las veces los padres se negaban a que sus hijos testificaran para evitar que salieran en los medios de comunicación y protegerlos de traumas posteriores. La madre de aquella niña no quería que su novio fuera a la cárcel. Y, para sorpresa de Kristen, en aquel caso el juez se puso de parte del hombre.

Para entonces ya la conocía y recordaba aquel día muy bien. Estaba destrozada. Había elaborado un alegato de contenido repugnante. Sin embargo el juez, increíblemente, resolvió que la conducta del novio pederasta era culpa del trato que había recibido de la sociedad, rechazó el alegato y dictó para Monroe libertad condicional y asistencia sociopsicológica.

Libertad condicional. Después de acosar a una niña de cinco años. Sonrió con tristeza mientras seguía al hombre que, en aquel momento, cruzaba la calle. Ahora se ocuparía del novio. Quizá la vez siguiente extrajera de la pecera el nombre de un juez. Puesto que en la pecera también había jueces que aguardaban junto con los demás.

Inclinó un poco el objetivo y captó con el visor las rodillas del hombre. Tenía muchas ganas de que Monroe pagara lo que había hecho, y con algo más que con una muerte rápida. Sin embargo, la imagen de sus manos ensangrentadas tras matar a Conti ocupaba su mente de forma clara y destacada. Tenía las manos ensangrentadas y no llevaba guantes. Había cometido un error estúpido. No podía arriesgarse a volver a perder el control. La policía ya sabía que el rótulo de la floristería era falso. Y habían encontrado una bala. El hecho de que el proyectil estuviera demasiado destrozado para que lo identificaran solo ayudaría a retrasar la investigación. Más tarde o más temprano darían con él. Tenía que apresurarse. Aún quedaban muchos nombres en la pecera.

Subió el visor hasta centrarlo en la frente de Monroe y apretó el gatillo.

Ya habían caído nueve. Quedaban muchos más.

Capítulo 15

Lunes, 23 de febrero, 5.00 horas

– Despierta. -Kristen oyó el zumbido de una mosca y le dio un manotazo-. Kristen, despiértate.

No, no era una mosca. Era una voz grave, la de Abe. Se dio la vuelta para quedar boca arriba y abrió los ojos. Permanecía sentado en el borde de la cama con expresión preocupada. Estaba guapísimo. La camisa un poco desabrochada dejaba entrever el pecho. Kristen sabía que era robusto, había notado su fuerza protectora cada vez que la había abrazado. Ahora se preguntaba qué sentiría si acariciase justo aquella parte de su cuerpo, si pasase los dedos por el grueso vello moreno que la cubría. ¿Resultaría áspero o suave? ¿Qué le parecería a él? ¿Notaría en las manos la vibración de sus gemidos?