– ¿Julia no encontró nada en el cuerpo de Skinner? ¿No había pelos, ni hilos? ¿Nada?
Jack negó con la cabeza.
– No. Encontramos restos de tierra en las prendas, barro mezclado con algún residuo químico de la fábrica. Lo he contrastado con la del lugar en el que hallamos la bala y puedo confirmar que Skinner estuvo allí. Además, apretó de tal manera el aparato que utilizó para inmovilizarle la cabeza, que le ha dejado marcado el código del modelo. Julia ha teñido la piel para que se pueda ver en las fotos. Corresponde a un torno de banco.
– Pues vaya descubrimiento -masculló Mia-. Es lo que lodos los padres de familia piden por Navidad.
– Yo también tengo uno -dijo Spinnelli-. Mi esposa me lo regaló hace tres años.
– Me temo que todo el mundo tiene uno -dijo Jack.
– ¿Y qué sabemos de la bala? -preguntó Spinnelli.
– La hemos mostrado en todas las armerías importantes -explicó Mia-. Nadie reconoce la marca del fabricante. Es ilegible. Y todos los dueños nos han dicho que ningún miembro de su club de tiro utiliza balas hechas a mano. Pero estaba pensando…
– No. -Spinnelli arrastró la voz y Mia le dirigió una mirada medio enfadada y medio dolida.
– Sí. Lo hago de vez en cuando, Marc -dijo sin alterar el tono.
– Lo siento, Mia. Ya sé que lleváis casi todo el fin de semana con esto, pero esta mañana me ha llamado el comisario. Acababa de hablar con el alcalde y se ve que este se ha callado lo de las llamadas de Conti y le ha pedido que asigne más personal al caso. El alcalde no estaba precisamente contento y el comisario tampoco. Además, parece que todos los abogados defensores de la ciudad los han llamado para quejarse. Dicen que si los amenazados fueran los fiscales asignarían más policías al caso. -Spinnelli apretó la mandíbula-. Menuda mierda.
– Así que estás de mierda hasta el cuello -ironizó Mia-. Pues no lo pagues conmigo.
– Muy bien. -Spinnelli arqueó las cejas-. ¿En qué estabas pensando exactamente, Mia?
Ella no pareció aplacarse.
– En que si ese tipo se ha molestado en fabricar las balas y es un francotirador que no practica en ningún lugar público, es posible que tenga su propio campo. Para eso necesita bastante terreno, con lo cual los vecinos lo habrían visto y habrían llamado a la policía. Desde el 11-S, todo el mundo se ha vuelto bastante neurótico y no hay quien soporte a los vecinos que juegan a ser Rambo.
– Buena idea, Mia -dijo Abe-. Si es propietario de un terreno, su nombre aparecerá en el registro. Podemos cruzar los datos con la lista de la empresa que vende los equipos de chorro de arena.
– No hace falta que los crucemos con la de los floristas -dijo Jack.
– Aún se me revuelve el estómago al pensarlo -se quejó Mia-. Me pasé horas comprobando el listado. Cuánto tiempo perdido.
– ¿Seguro? -insistió Spinnelli-. Hay dos chicos que dicen que vieron rótulos distintos en la furgoneta, pero ¿cómo sabemos que es verdad?
– McIntyre también lo vio -dijo Abe, y Spinnelli se encogió de hombros y accedió sin estar del todo convencido.
– De todas formas, ¿por qué iban a mentir los chicos? -observó Jack-. ¿A ellos qué más les da?
– Sobre todo teniendo en cuenta que el del paquete de Conti pasó por delante de un coche patrulla cuando iba a entregarlo -añadió Mia-. McIntyre se encontraba en la puerta de la casa de Kristen cuando Tyrone Yates dejó la caja. Si estuviese compinchado con el asesino, no haría algo tan tonto.
A Abe lo asaltó una idea terrible.
– No es que ellos sean tontos. Es idea de él.
Mia se volvió a mirarlo con extrañeza.
– ¿Qué quieres decir?
Abe se sentó delante del ordenador y entró en la base de datos del departamento criminal.
– ¿Cómo eligió el asesino a los chicos? Viven en barrios distintos, van a escuelas distintas. ¿Los eligió de forma aleatoria? ¿Dio con ellos por casualidad?
Spinnelli lo miraba con expresión sombría.
– No hace nada por casualidad. Es metódico. Todo guarda alguna relación, lo tiene todo controlado. Abe, dime que esos chicos son angelitos y que nunca han tenido tropiezos con la ley. Por favor.
Abe tecleó el nombre de Tyrone Yates y esperó la respuesta del ordenador. Cuando la obtuvo, suspiró.
– La lista de delitos del chico es más larga que mi brazo. Agresión, absolución. Tenencia ilícita, absolución. Etcétera, etcétera.
Mia se quedó muda.
– ¿Y qué hay de Aaron Jenkins?
El golpear de los dedos en el teclado llenó la sala.
– Lo mismo. Delitos menores por robos de poca monta. -Bajó por la pantalla con el ratón-. Hace cuatro meses que cumplió los dieciocho años. Su expediente es confidencial. -Abe levantó los ojos y vio que acaparaba la atención de todos-. Escogió a los chicos con premeditación.
Jack frunció el entrecejo.
– No te sigo.
Abe se recostó en la silla y se cruzó de brazos.
– No los seleccionó al azar. De eso estoy seguro. ¿Y si tenía algún asunto pendiente con ellos? Tal vez le hicieran algo personalmente, o se lo hicieran a alguien a quien quiere vengar. Si les paga por los encargos, lo lógico es que la gente piense que saben quién es él. Si suelen obrar mal, tendrán mala reputación en el barrio. Correrá la voz y todo el mundo los asociará con el asesino, así que si quieren dar con él lo lógico es que vayan a por los chicos.
Jack negó con la cabeza.
– Eso no tiene sentido, Abe. Aparte de la cantidad de suposiciones que tienes que hacer para llegar a esa conclusión, si ese tipo tuviera algún asunto pendiente con los chicos se encargaría de asesinarlos él mismo, ¿no te parece?
Abe se encogió de hombros.
– No sé por qué no lo hace. A lo mejor tiene que ver con algún código ético. A lo mejor considera que su delito no es lo bastante grave como para tomarse la justicia por su mano, pero no pondrá mala cara si otra persona les hace los honores. No sé. Sólo digo que esa es la única información con que contamos.
Mia cerró los ojos.
– Hemos enseñado la foto de Aaron Jenkins por todo el barrio; por todo el puto barrio.
Jack se presionó las sienes con movimientos circulares.
– Y, gracias a Zoe Richardson, en todas las casas en las que hay televisión se sabe que vosotros sois los encargados del caso.
– Anoche difundió en las noticias la imagen de Tyrone Yates -dijo Spinnelli, muy serio.
Abe apretó la mandíbula. No había visto las noticias la noche anterior. Había estado demasiado atareado ocupándose del agresor de Kristen.
– ¿Cómo la consiguió?
Spinnelli se pasó la mano por el pelo con gesto de frustración.
– Ayer debió de andar merodeando por casa de Kristen. Mostró un vídeo muy borroso en el que se veía a Yates aguardando detrás del coche de McIntyre. Luego captó las imágenes de Conti maltratando a Julia. Richardson lo llamó «la profunda pena de un padre» -dijo con sarcasmo-. Mi esposa lo grabó y lo vi al llegar a casa, puesto que todos estábamos en casa de Kristen ayer por la noche.
Mia se puso en pie y anduvo de un lado a otro.
– Así que tanto Richardson como nosotros conocemos la identidad de los dos mensajeros.
– Los chicos no podrán identificar al asesino -aseguró Jack-. A menos que os mintieran acerca de lo que vieron.
– Puede que hayan mentido -dijo Abe-, y puede que no. Si lo han hecho, los quiero aquí para arrancarles la verdad. Si no, quienes quieren conocer a toda costa la identidad de nuestro humilde servidor no se creerán el relato de los chicos y entonces su vida corre serio peligro. Sabemos que los Blade son de esos; por ello se arriesgaron a atacar a Kristen en plena calle. Lo mejor será que hagamos venir a los chicos, por su propio bien. Mientras tanto, quiero saber cuáles son los vínculos que los unen a nuestro hombre. Kristen no estuvo implicada en ninguno de los dos casos.
Lunes, 23 de febrero, 11.30 horas