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– ¿Me has traído pastel? -preguntó con la esperanza de desviar la conversación.

– De manzana. Es una receta de la familia de Vincent. ¿Por qué vas a comprarte un perro?

Kristen abrió la bolsa y olfateó con gusto.

– Estoy muerta de hambre. No he tenido tiempo de bajar a comer. -En realidad no había bajado porque le daba miedo salir del despacho, además del disgusto que llevaba.

Cuando estaba a punto de meter la mano en la bolsa, Owen la cerró.

– Primero cuéntame lo del perro. ¿Qué ha ocurrido?

– Hay algún que otro pesado merodeando por casa por culpa del ridículo asunto del humilde servidor. -Se obligó a sonreír para evitar que Owen se preocupara-. Y les he prometido a los chicos que me compraría un perro.

Él entrecerró los ojos.

– ¿Eso es todo? ¿Solo algún que otro pesado?

Kristen asintió.

– Muy pesados. ¿Qué tal el nuevo cocinero?

Owen le entregó la bolsa con mala cara.

– Se ha largado. He contratado a otro pero tampoco está contento. ¿Por qué no has venido a cenar en todo el fin de semana? No estarás a dieta, ¿verdad?

Kristen soltó una risita. Entre los gyros de Reagan, la comida italiana y los guisos de su madre, había engordado. Hacía tiempo que no comía tan bien.

– No; lo que pasa es que… -Titubeó-. Estoy saliendo con una persona. -Se encogió de hombros cuando una amplia sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Owen-. Y me invita a cenar.

– Estupendo. Eso es estupendo. ¿Cómo se llama?

– Abe Reagan.

La mirada de Owen volvió a tornarse recelosa.

– ¿El detective que se ocupa del caso del asesino?

– Sí -admitió Kristen mientras destapaba el cuenco de sopa-. ¿Por qué?

– No sé. Parece peligroso.

«Seguro que no representa mayor peligro del que ya corre mi vida», pensó Kristen.

La expresión de Owen se suavizó.

– ¿Te trata bien?

Ella recordó lo ocurrido la noche anterior y aquella mañana, su paciencia y su delicadeza, y notó que se ruborizaba.

– Sí, sí. Muy bien.

– Pues con eso ya me quedo tranquilo. Tengo que volver antes de que Vincent se cargue al nuevo.

Kristen sonrió.

– No me imagino a Vincent en esa tesitura.

– Te sorprenderías. Tiene mucho genio.

Kristen se quedó verdaderamente asombrada.

– ¿Vincent? ¿Vincent tiene genio?

Por un instante, una estúpida idea atravesó su mente. No, no era posible que Vincent le hiciera daño a nadie; aunque cosas más raras se habían visto.

– Ajajá. -Owen se dirigió a la puerta-. Anoche perdió veinte dólares por culpa de los Bulls y se le escapó un «mecachis». Un poco más y tenemos que atarlo.

Kristen se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo y se rio para sus adentros al pensar que por un momento se había planteado que aquel hombre pudiera ser el humilde servidor.

– Qué malo eres, Owen.

Él sonrió con aire burlón.

– Ya lo sé. -Abrió la puerta y estuvo a punto de chocar con Lois.

– Kristen, tienes otra visita. -Parecía en parte divertida y en parte atribulada; enseguida descubrió por qué.

– ¡Kristen! -Rachel Reagan entró dando botes en el despacho-. ¡Ohhh! ¡Tienes comida! ¿Puedo?

Kristen se echó a reír, le había alegrado el día de golpe.

– Claro que sí. Pero ni se te ocurra tocar la tarta de manzana; es mía. Rachel, te presento a mi amigo Owen. Owen, esta es la hermana pequeña de Abe, Rachel.

Rachel le sonrió con aquel gesto reservado exclusivamente a las personas interesantes a quienes aún no había conseguido camelarse.

– Encantada de conocerlo.

Owen le correspondió ladeando un sombrero imaginario.

– El gusto es mío. Hasta pronto, Kristen.

– Gracias, Owen. -Kristen le sonrió a Lois, que aguardaba en la puerta-. La chica puede quedarse.

Rachel desenvolvió el sándwich.

– Me muero de hambre. He estado hablando con la profesora y no me ha dado tiempo a comer. -Dio un gran bocado y mientras masticaba añadió-: Hemos estado hablando de ti.

– ¿De mí?

Rachel asintió y se tragó la comida.

– ¿Se puede comprar bebida por aquí?

Kristen le tendió uno de los botellines de agua que guardaba en un cajón del escritorio y Rachel engulló la mitad antes de continuar.

– Gracias. La entrevista que te hice le ha encantado. Quiere saber si estarías dispuesta a dar una charla en clase. -Ladeó la cabeza con aire pícaro-. Por favor.

Kristen puso mala cara porque consideraba que era lo que tenía que hacer.

– ¿Sabe tu madre que estás aquí?

– Más o menos. Le he dicho que iría a casa de una amiga al salir de clase. Tú me contaste que trabajas tantas horas que casi vives aquí, así que no le he dicho ninguna mentira.

Kristen se tragó la sonrisa y dirigió a Rachel una mirada severa.

– Pero tampoco le has dicho la verdad. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

– He venido en el ferrocarril elevado. -Parecía molesta-. No soy tonta, Kristen. Sé moverme por la ciudad.

Pero entre el barrio donde vivía Rachel y la parada del ferrocarril que llevaba hasta la fiscalía había varios rincones sórdidos. Kristen se echó a temblar al pensar que una niña de trece años andaba sola por la calle.

– Rachel, tus padres no te dejan que te muevas sola por la ciudad, ¿verdad?

Rachel clavó los ojos en el bocadillo que sostenía sobre el regazo y Kristen se dio cuenta de que había observado aquella misma expresión en Abe; fue la mañana en que encontraron el primer cadáver y él se enfadó muchísimo al ver que Kristen había incluido policías en la lista de sospechosos. Ella se lo había reprochado y lo había violentado. Rachel sacudió su cabeza de pelo castaño.

– No. Es probable que vuelvan a castigarme. -La miró y Kristen observó un destello en sus ojos azules. Tenía los mismos ojos de Abe, y en ellos Kristen también había observado un destello igual-. Claro que si tú no te chivas…

A Kristen se le escapó la risa.

– Lo que voy a hacer es acompañarte a casa. A tus padres les extrañará vernos juntas, así que tendrás que contárselo. Supongo que no pensabas que dejaría que te marchases sola, ¿verdad? No tardará en oscurecer.

Rachel, disgustada, frunció sus bonitos labios.

– No lo había pensado.

Kristen arqueó una ceja.

– Pues si quieres ser fiscal, más vale que te acostumbres a pensar bastante más rápido que los demás. Hace falta determinar todas las posibles consecuencias y trazar un plan para cada una.

Rachel se animó.

– ¿Darás la charla en la escuela? Por favor. -Se llevó las manos entrelazadas al pecho-. Te prometo no volver a venir sola en el ferrocarril nunca más.

– Ya me había dado cuenta de que no me lo habías prometido -respondió Kristen con ironía. Rachel se limitó a esbozar una sonrisa. Kristen se quedó mirando los archivadores colocados sobre su escritorio. Habían pasado a ser problema de Greg. Ella iba a tomarse las vacaciones que le debían-. ¿Por qué no? Acabo de cancelar todos los compromisos de mi agenda.

Con un aspecto de plena confianza que indicaba que no esperaba una respuesta distinta, Rachel se volvió a sentar y dio otro bocado.

– Prepárate, éxito, que ya llego.

Kristen miró a la niña con cariño.

– No hables con la boca llena, Rachel.

Lunes, 23 de febrero, 17.00 horas

Jacob Conti se dejó caer en la silla con aire melancólico.

– Bueno, ¿qué has averiguado?

Drake le dirigió una mirada preocupada.

– Es perfectamente honrada, Jacob. Ni siquiera le han puesto una multa en toda su vida. Es imposible que haya sido ella. Es una abogada honesta.

Jacob hizo girar la silla y se quedó de cara a la pared con el entrecejo fruncido.

– Eso ya me lo habías dicho.

– Lo era cuando juzgaron a Angelo. Y lo es ahora -dijo Drake con una paciencia que a Conti le ponía de los nervios.