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Abe estaba seguro de que detrás de aquello había algo más. Tenía que haber algún otro motivo por el que se mostraba tan decidida. Por algo había dicho que no quería que la echara de su propia casa, tenía que haber alguna razón para que lo hubiera expresado con aquellas palabras. Se lo confesaría cuando llegase el momento, como había hecho con todo lo demás.

– Muy bien -accedió-. Pero yo me quedo contigo.

A Kristen se le llenaron los ojos de lágrimas y se las enjugó con enojo.

– Estoy harta de todo esto.

Él la atrajo hacia su pecho y ella se lo permitió con gusto.

– Lo sé. -En ese momento el teléfono móvil vibró en su bolsillo; lo sacó mientras ella se abrazaba a él-. Dígame.

La voz de Mia llegaba entrecortada. Pero no era culpa de la línea; la oía así porque hablaba con voz entrecortada.

– Abe, han encontrado a Tyrone Yates. Está muerto.

– Maldita sea. ¿Cómo ha sido?

– Han sido los Blade. Le han dejado su signo grabado en el rostro.

– ¿Y el otro chico, Aaron Jenkins?

– Todavía lo están buscando -dijo Mia-. Sus padres están histéricos. Por lo menos ahora los padres del chico que hemos atrapado esta noche dejarán de darnos la lata por haber detenido a su pequeñín como medida preventiva.

– A lo mejor a raíz de esto se abra el expediente de Jenkins. Hasta ahora el juez Rheinhold se ha mostrado totalmente reacio. Quizá ahora cambie de idea.

Al otro lado de la línea, Mia suspiró.

– Me parece que con la señora Jenkins habrá más suerte. Pero hasta que llegue el momento, los Blade representan un serio peligro. Dile a Kristen que se marche de vacaciones a Jamaica.

– Se lo diré -respondió Abe en tono irónico. Volvió a guardarse el teléfono móvil en el bolsillo-. Mia te manda saludos.

Kristen lo miró con recelo.

– ¿Y qué más te ha dicho?

Le contó lo de Tyrone Yates y Kristen mostró desánimo.

– Prefiero el álgebra.

Abe le estampó otro beso en la frente.

– Dime en serio cómo estás.

– ¿Por lo de hoy o por lo de ayer?

– Por las dos cosas.

Ella exhaló un suspiro y enderezó la espalda.

– Si te soy sincera, estoy cabreadísima. Pero todo tiene su lado bueno. Ahora tendré más tiempo para dedicarme a esos viejos expedientes y así podré ayudarte a descubrir qué tienen en común aparte de mí.

Abe frunció el entrecejo.

– Pero… -Ella le dedicó una sonrisa ufana.

– He grabado en un CD toda la información. Así podré trabajar en casa.

– Me parece que eso es ilegal.

Su sonrisa se tornó pícara y él se quedó un instante sin respiración.

– ¿Vas a detenerme, Reagan?

Él se echó a reír con cierta tristeza.

– Estoy tentado de hacerlo. Vámonos antes de que saque las esposas. -Le rodeó los hombros con el brazo y la guió fuera del lavadero hasta la cocina, donde se oía bastante más ruido del que hacía la secadora. Los niños de Sean y Ruth no paraban de correr como si la cocina fuese el circuito de las mil millas de Indianápolis. Abe le dio un beso en la mejilla a su madre y otro al bebé que sostenía en brazos. Era su nueva sobrinita.

– Ya estoy de vuelta.

Becca lo miró con expresión divertida y Abe supo que Aidan le había contado lo del lavadero.

– Ya lo veo. Hola, Kristen.

Abe vio que Kristen miraba a Ruth con una expresión de horror.

– ¿Son todos tuyos?

Ruth sonrió y al momento se estremeció al oír el ruido de cristales rotos.

– Sí. Todos estos y uno más que va a pagar lo que acaba de romper con las semanadas de toda su vida.

Becca le pasó el bebé a Ruth.

– Iré a ver qué ha ocurrido. Abe, te he guardado una ración. Caliéntala en el microondas.

Abe resopló.

– Dios, voy a comerme la tarta que ha quedado antes de que Aidan se entere.

– Pues ve a comértela a la sala de estar -dijo Ruth-. Quiero hablar con Kristen. ¿Quieres café?

Kristen negó con la cabeza.

– No, gracias.

– Siéntate, por favor. -Ruth señaló la mesa y Kristen se sentó-. Becca me ha avisado de que esta noche estabas aquí. Temía que no quisieses volver.

Kristen frunció el entrecejo.

– ¿Por qué?

– Bueno, anoche, cuando te marchaste, parecías muy afectada. Querías disimularlo pero se te notaba.

La noche anterior había estado con Reagan, se habían estado besando. Antes de eso, un agresor armado con una pistola la había atacado en su propio dormitorio. Y antes…

– Ah, por lo de Debra. Lo siento. Me afectó un poco, pero después de que Abe me acompañara a casa -vaciló-… alguien entró en mi dormitorio y me amenazó. Y Abe lo ahuyentó.

Ruth se quedó muda.

– ¿Era el mismo hombre que te obligó a salir del coche el viernes por la noche?

– No lo creo. -Todos sospechaban de Jacob Conti, pero no había pruebas. Solo contaban con los restos de piel que Jack le había extraído de las uñas. Sin un sospechoso con quien compararla, la muestra servía de bien poco.

Kristen se encogió de hombros.

– Me encuentro bien, de verdad. Solo estoy un poco alterada.

– Abe se quedó contigo anoche, ¿no? No iría a dejarte sola.

Kristen trató con todas sus fuerzas de no sonrojarse, pero por el brillo de los ojos de Ruth dedujo que no lo había logrado.

– No -dijo mientras se esforzaba por mantener la dignidad-. No me dejó sola.

Ruth extendió el brazo sobre la mesa y le cubrió la mano con la suya.

– Me alegro, Kristen; te lo digo de verdad. Abe lleva solo mucho tiempo. Es un buen hombre. Se merece estar con alguien que lo haga feliz.

Kristen no pudo soportar la mirada cálida de Ruth. Sabía que de momento hacía feliz a Abe, pero aquello no duraría mucho.

– No me gustaría que os hicierais demasiadas ilusiones, Ruth. Abe se preocupa por mí a causa de… todo esto. -Hizo un ademán vago con la mano-. Entre los medios de comunicación, los asesinos y los tipos armados con pistolas… Hay mucho jaleo, pero cuando todo termine no creo que se quede a mi lado.

Ruth suspiró.

– Eso depende de ti, Kristen. De ti y de Abe. Lo que ocurra entre los dos es asunto vuestro y de nadie más. Yo solo quiero que sepas que lamento la reacción que tuve anoche. Fue muy grosero por mi parte, pero al oír tu risa tuve la sensación de que Debra estaba entre nosotros. -Acunó al bebé y a Kristen aquella imagen le pareció enternecedora-. Para Abe será muy difícil encontrarse el sábado con los padres de Debra.

El sábado era el bautizo del bebé. A Kristen le horrorizaban los bautizos y hasta el momento siempre había logrado zafarse de ese tipo de compromisos, pero si Ruth se lo pedía acompañaría a Abe. Aquello abriría de nuevo las viejas heridas pero estaba dispuesta a ir para darle apoyo aunque por dentro se sintiera atenazada.

– Abe me ha contado que no se pusieron de acuerdo en cuanto a Debra.

Ruth se quedó pensativa; al momento le dio un beso en la vellosa cabecita al bebé y la visión volvió a enternecer a Kristen.

– No les cargues la culpa a ellos. Mi tía y mi tío creían que era lo mejor para Debra. No quiero ni imaginarme lo que debe de suponer tener que decidir algo así.

Kristen observó a Ruth abrazar al bebé y pensó en sus palabras. Qué difícil debía de ser tener que decidir qué era lo mejor para un hijo, actuar por su bien aunque a uno aquello le rompiera el corazón. Ella debía de entenderlo mejor que nadie.

Ruth carraspeó.

– De todas formas, creo que el sábado Abe agradecería ir acompañado. ¿Vendrías al bautizo? Ya sé que te aviso con muy poco tiempo, pero…

Él le había demostrado apoyo muchas veces.

– Claro. Gracias por invitarme.

– ¿Invitarte a qué? -Abe apareció en el vano de la puerta con el bolso de Kristen en la mano. Se inclinó para besar al bebé-. Algo suena en tu bolso.