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– La encontraron en el pulmón derecho de Carson -explicó Abe-. El cirujano la extrajo hace solo unas pocas horas.

– Me alegro de haber estado allí -gruñó Mia-. Estuvo a punto de deshacerse de ella.

– Pero luego se sintió tan culpable que invitó a Mia a salir a cenar para disculparse -añadió Abe con una sonrisa.

Tras un segundo más de gruñidos, Mia también sonrió.

– Esta vez es un médico. Estoy subiendo en la escala social.

Spinnelli movió la cabeza mientras esbozaba una sonrisa forzada.

– ¿Y ahora qué más está pendiente, chicos?

– Hoy Julia le hará la autopsia a Arthur Monroe -explicó Mia-. Resulta extraño. A Conti le causó la muerte de forma brutal, en cambio a Monroe… -se encogió de hombros- un tiro en la cabeza y santas pascuas. Se supone que debería haber reservado un final peor para un tipo que abusó de una niña.

– Lo de Conti fue un arrebato -dijo Jack-. Le reventó que… cómo lo diría… que difamara públicamente a Kristen. Aquello fue una venganza personal, en cambio Monroe forma parte de su misión.

– Tal vez esté desconcertado -opinó Kristen, pensativa-. Con Conti perdió el control.

– Lo cual podría ser otro motivo para que errase al dispararle a Carson anoche -observó Abe-. Quiero saber cómo atrajo a Carson hasta la emboscada. Sabemos que Skinner recibió un paquete el día en que fue asesinado. Tenemos que averiguar si en el caso de Carson también fue así.

Spinnelli frunció el entrecejo.

– Preguntádselo a él mismo.

Mia negó con la cabeza.

– Hemos estado esperando tras la operación para ver si recobraba el conocimiento, pero no ha habido suerte. Se supone que nos llamarán del hospital cuando vuelva en sí.

– ¿Y qué hay de Muñoz? -preguntó Spinnelli-. ¿Qué relación había entre él y Carson?

Mia se encogió de hombros.

– Lo había contratado como guardaespaldas. El propio Carson se lo explicó a los primeros policías que llegaron al escenario del crimen.

– Parece que muchos abogados defensores están haciendo lo mismo -dijo Kristen con sequedad-. Uno de ellos me envió esta factura justo antes de que saliera de la oficina ayer por la tarde.

– Pues menudo guardaespaldas -masculló Jack-. Ni siquiera llevaba pistola.

Mia frunció el entrecejo.

– ¿No habéis encontrado la pistola? Llevaba la funda, me acuerdo de haberla visto cuando cerraron la bolsa del cadáver.

– Nosotros no la cogimos -dijo Jack-. Lo único que tenemos de Muñoz es su móvil.

– Entonces, la cogió otra persona -dedujo Abe-. Alguien vio que cesaban los disparos y se llevó el arma antes de que llegara la policía.

– A lo mejor fue el mismo asesino -opinó Jack.

Mia negó con la cabeza.

– Entonces, ¿por qué no le quitó también a Muñoz el móvil? Gracias a eso supimos dónde encontrarlos.

– Menudo invento el GPS -dijo Jack-. Tienes razón, Mia. Si tuvo el aplomo suficiente para coger la pistola, debería haber visto también el móvil. Muñoz lo llevaba aferrado en la mano.

– Lo cual quiere decir que tenemos un testigo -concluyó Abe.

– Que vio una furgoneta con un falso rótulo magnético -dijo Kristen con un suspiro-. ¿Y?

– Un día de estos daremos con un testigo que haya visto algo que merezca la pena -insistió Abe-. Marc, ¿puedes enviar a alguien a rastrear las casas de empeños? La pistola de Muñoz no debe de ser precisamente barata; quienquiera que la haya robado la empeñará.

Spinnelli tomó nota en su cuaderno.

– Le pediré a Murphy que se ocupe de eso. Acaba de terminar con un caso importante.

– También es posible que quien la cogió tenga varias pistolas en propiedad -masculló Mia.

– Todo el mundo tiene pistola menos yo -protestó Kristen.

Los labios de Abe describieron una curva.

– Puedes recogerla mañana, pero si quieres verla antes ven con nosotros a hablar con Diana Givens. Aprovecha esas vacaciones que te has cogido.

– ¿Qué? -preguntó Jack, boquiabierto-. ¿Qué ha ocurrido?

– Me han suspendido temporalmente del cargo. Los abogados defensores me consideran una amenaza. -Lo dijo en tono deliberadamente inexpresivo y Mia soltó una risita.

Abe hizo esfuerzos por mantenerse serio.

– Estamos agotados, Marc. Ninguno de nosotros ha dormido esta noche.

Spinnelli se quedó mirando a Kristen.

– Tú no has ido al escenario del crimen, ¿verdad?

Kristen negó con la cabeza.

– No, pero de todas formas no he podido dormir. Estuve haciendo unas cuantas averiguaciones mientras vosotros estabais en el hospital con Carson. -Golpeteó el montón de papeles que tenía enfrente, sobre la mesa-. A excepción de los Blade y de Angelo Conti, todos los asesinados están relacionados con algún delito sexual. De todas formas, esa no es una buena pista. No existe un orden cronológico. Tan pronto se salta un año como retrocede dos. Las sentencias no tienen nada en común a excepción de que ninguno de los acusados cumplió condena. Algunos fueron absueltos y los menos fueron puestos en libertad por falta de pruebas. Ha elegido tanto a abogados como a acusados. Diría que selecciona a las víctimas al azar, pero entonces lo raro es que entre ellas haya tantos agresores sexuales.

– Muy bien. -Spinnelli señaló con un gesto la pila de papeles-. ¿Qué es eso?

– La lista de todos los delitos sexuales de los que he llevado la acusación durante los últimos cinco años y cuyo autor no cumplió condena. No creo que los casos estén relacionados entre sí, pero el asesino tiene que estarlo con alguno, estoy segura. Tal vez no se trate de ninguna de las víctimas que ya ha vengado. A lo mejor es otra. Si no… -se encogió de hombros- tiene que ser algún funcionario.

– Nuestro humilde servidor presta un servicio público -observó Jack exhalando un suspiro.

– Exacto. Y es probable que la próxima vez que entre en acción se ocupe de alguna de las personas de esta lista; podría atacar tanto al autor de algún crimen como al abogado defensor.

Spinnelli retrocedió.

– Por favor, dime que no estás pensando en que ofrezcamos protección a toda esa gente.

– No, Marc. Pero ¿te acuerdas de que Westphalen comentó que podría haber sufrido un trauma reciente? Bueno, ya habéis investigado a todas las víctimas originales y no habéis encontrado que ninguna estuviera especialmente afectada en el momento del primer asesinato, el de Anthony Ramey. Creo que habría que llamar a las víctimas de todos estos casos para averiguar cómo se encuentran, a ver si alguien ha pasado por alguna experiencia traumática.

– Si el interrogado es el asesino, no admitirá que haya sufrido ningún trauma reciente -observó Jack.

Kristen arqueó una ceja.

– Ya he pensado en eso. El esfuerzo no tiene por qué ser baldío. Puede que nos ayude a descartar algunos de los nombres de esta lista. ¿Se os ocurre algo mejor? Tenéis una muestra de ADN, a un hombre inconsciente, parte de una huella digital y una bala.

– Puede que Carson recobre el conocimiento, y podemos investigar la procedencia de la bala -dijo Abe.

Kristen se encogió de hombros.

– Pues hacedlo. El hecho de que yo investigue casos cerrados no tiene por qué interferir con eso.

– Podría resultar de ayuda, Abe -dijo Mia en tono tranquilo-. Además, Kristen está de vacaciones, si se le puede llamar así. Yo, en su lugar, me volvería loca sin nada que hacer.

– Exacto -admitió Kristen-. También podría terminar la repisa de la chimenea del sótano. El caso es que si me paso el día mano sobre mano acabaré volviéndome loca. No me han echado de la oficina de John, solo han decidido apartarme de los casos actuales. Pero no han dicho nada sobre los casos archivados.

Abe comprendió que necesitaba mantenerse ocupada. Él se había refugiado en el trabajo después de que le disparasen a Debra, y la mayor parte de los días era lo único que le ayudaba a seguir adelante.