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– Hazlo aquí -le aconsejó-. No quiero que empiecen a verificar la procedencia de las llamadas que hagas desde tu casa.

– Aquí aparecen muchísimos nombres -observó Spinnelli-. Te llevará horas y horas, días enteros.

Kristen los miró a todos.

– Escuchadme, tenemos nueve cadáveres. Nueve. No pienso ir a ninguno de los funerales y echarme a llorar, pero esas personas han sido asesinadas. Skinner ha dejado esposa e hijos. Y ellos merecen que se haga justicia. Mi vida pende de un hilo y anoche amenazaron a mi madre. Hasta que atrapemos a ese tipo, cuento con todo el tiempo del mundo.

Martes, 24 de febrero, 9.15 horas

Mia se apoyó en el mostrador de cristal y se quedó mirando a Diana Givens, quien a su vez observó la bala con una lupa.

– ¿Y bien? -le preguntó-. ¿Había visto antes esa marca?

Diana levantó la cabeza, molesta.

– Calma, no disparen. -Bajó la cabeza y entornó los ojos-. Parecen emes o uves dobles entrelazadas. Nunca había visto esta marca, pero tal vez alguno de mis clientes la reconozca.

– ¿Y cómo podemos localizar a sus clientes? -insistió Mia.

– Bueno, ya les dije que pensaba proponerles que nos reuniéramos, pero no esperaba que tardasen tan poco en volver con una bala en buenas condiciones. -Le entregó la bala a Mia y sacó una hojita de papel de debajo del mostrador-. Aquí tienen sus nombres. Si quieren, pueden llamarlos y hablar con ellos.

Mia le sonrió.

– Gracias. Le debemos una.

Martes, 24 de febrero, 11.30 horas

– Odio casi tanto los hospitales como los depósitos de cadáveres -masculló Abe.

Mia mantenía los ojos fijos en el panel luminoso del ascensor.

– Ya lo sé. Me lo dijiste anoche mientras esperábamos para hablar con Carson, varias veces. -Sonó el timbre y se abrieron las puertas-. No seas infantil, sube, quiero hablar con él antes de que vuelva a perder el conocimiento.

Una enfermera los miró con mala cara cuando entraron en la habitación de Carson.

– No está en disposición de hablar.

– Está vivo -espetó Mia-. Está en mejor disposición que los nueve cadáveres del depósito.

Carson, con el rostro ceniciento, yacía recostado en la almohada.

– ¿Cómo está Muñoz?

– Ha muerto -dijo Abe en tono quedo.

– Menudo guardaespaldas -masculló Carson-. Tengo que acordarme de no pagar sus honorarios.

Mia alzó los ojos, pero habló como una buena profesional cuando se acercó a la cama de Carson.

– Tenemos que hacerle unas cuantas preguntas, señor Carson; luego lo dejaremos descansar. Necesitamos saber qué le hizo acudir a aquel lugar anoche.

Carson cerró los ojos y exhaló un hondo suspiro.

– Me prometieron información -confesó-. Me llamaron al móvil antes de cenar y me dijeron que tenían información sobre Melanie Rivers.

– ¿Quién es Melanie Rivers? -preguntó Abe y Carson puso expresión de disgusto.

– Una blancucha de mierda. -Respiró hondo y los detectives aguardaron-. Acusó a mi cliente de violación, dijo que había abusado de ella en una fiesta. Sabe que tiene dinero. -Volvió a respirar-. Solo quiere que le pague por sus servicios.

Abe disimuló la repugnancia que sentía.

– Puede que diga la verdad.

– ¿Y qué? -Carson abrió los ojos, su mirada era perspicaz y astuta a pesar de su estado-. Ya sé lo que piensan de mí y, francamente, me tiene sin cuidado. Yo tampoco espero mucho de ustedes.

– ¿Por qué? -preguntó Mia con frialdad.

Carson frunció sus labios grisáceos.

– Ese asesino se está ocupando del trabajo sucio que ustedes no quieren hacer. Yo en su lugar también me espabilaría por mi cuenta.

Mia abrió la boca para protestar pero acabó apretando los labios.

– ¿Quién sabía su número de móvil, señor Carson? -preguntó Abe.

– No mucha gente. Por eso acudí a la cita. Dijo que un amigo común le había dado el número, que quería ayudarme. A cambio de dinero. -Respiró con dificultad y le dio un manotazo a la enfermera en la mano cuando esta trató de colocarle bien el conducto del oxígeno en la nariz-. Dijo que quería dos mil dólares. Si hubiésemos ganado el caso, eso habría significado muy poco dinero.

Abe estaba preguntándose qué tipo de amigos tendría un parásito como Carson cuando se le ocurrió una idea.

– ¿Conocía Trevor Skinner su número de móvil? -preguntó-. ¿Podría ser que lo tuviera anotado en la agenda?

– Es probable. -Carson hizo un esfuerzo para inspirar-. Trev guardaba su autobiografía en la BlackBerry.

– ¿Se refiere a la agenda electrónica? -preguntó Mia.

Carson asintió.

– Es un aparatejo magnífico. Trev podía enviar e-mails desde cualquier parte. -Alzó una ceja-. No la llevaba encima cuando lo encontraron, ¿verdad?

– No. -Abe negó con la cabeza-. No la llevaba.

– Entonces me parece que van a sudar tinta, detectives. Trev guardaba en ella los datos personales de todos sus clientes y de la mitad de los abogados de la ciudad. Y también de los jueces.

Martes, 24 de febrero, 13.30 horas

Spinnelli frunció el entrecejo.

– ¿Qué ha querido decir con «y también de los jueces»?

Mia echó kétchup en la hamburguesa.

– Cuando se lo preguntamos, sonrió y nos dijo que pusiéramos en marcha la imaginación. Qué hijo de perra.

– Pero tiene razón. -Abe volvió a analizar la insinuación-. Si el asesino tiene la agenda de Skinner, cuenta con municiones suficientes para mantenerse activo durante semanas enteras.

– Hablando de municiones -intervino Spinnelli-. ¿Qué ha ocurrido en la armería?

– La propietaria nos facilitó los nombres de los clientes que fabrican sus propias balas -explicó Mia-. Habíamos hablado con los dos primeros de la lista cuando recibimos la llamada del hospital avisándonos de que Carson estaba consciente. Ninguno de los dos reconoció la marca, pero aún nos quedan otros cuatro.

– Bueno, ya tenemos la respuesta a la petición de abrir el expediente confidencial de Aaron Jenkins. -Spinnelli apretó la mandíbula-. No, no y no.

Abe suspiró.

– Entonces más vale que vayamos a hablar con la madre del chico en cuanto hayamos terminado con los cuatro adultos.

Mia echó un vistazo al interior de la bolsa.

– Queda una hamburguesa. La hemos traído para Kristen. ¿Dónde está?

Abe recorrió de nuevo el despacho con la mirada. Ella fue su primer pensamiento cuando entró y la había tenido en mente mientras ponían al día a Spinnelli aprovechando la hora de comer. Pero Mia le había dirigido una sonrisita socarrona y él se había tragado momentáneamente las ganas de preguntar dónde estaba.

Spinnelli se encogió de hombros.

– Hace más o menos una hora que se ha tomado un respiro. Ha dicho que se iba a comer.

Abe notó que se le erizaban los pelillos de la nuca.

– ¿La has dejado salir? ¿Sola?

– Es una mujer adulta, Abe -dijo Spinnelli en tono moderado-. Y no es estúpida. Me ha dicho adónde iba y le ha pedido a Murphy que la llevara. El sitio se llama Owen's. Deduzco que debe de ser una cafetería.

Abe se tranquilizó un poco.

– Sí, lo es.

– Pero aun así la llamarás para asegurarte de que no le ha pasado nada, ¿verdad? -preguntó Mia en tono malicioso.

Abe se concentró en la hamburguesa; la mirada que cruzaron Marc y Mia le importaba un bledo.

– Pues claro.

Martes, 24 de febrero, 13.30 horas

– Has dejado el plato limpio -dijo Vincent en tono aprobatorio.

Kristen bajó la vista a las migajas.

– Tenía mucha hambre. -Estaba sorprendida. Pensaba que después de pasarse horas removiendo la frustrante historia de las víctimas a quienes había representado se le quitaría el apetito. Había acudido a la cafetería para despejarse y había accedido a comer solo porque Owen había agitado el dedo con gesto amenazador antes de desaparecer para darle instrucciones al nuevo cocinero. Kristen se estremeció al oír el ruido de platos y los gritos de Owen-. No sé por quién lo siento más, si por Owen o por el nuevo.