Vincent sacudió su greñuda cabeza.
– Creo que deberías sentirlo por mí. Pasaré por casa de Timothy y le preguntaré a su madre cuándo volverá. ¿Cómo es posible que su abuela esté enferma tantos días? Tiene que volver al trabajo antes de que yo pierda los nervios.
– ¿Cuánto tiempo lleva Timothy trabajando aquí? -preguntó Kristen.
Vincent se rascó la cabeza.
– Bueno, yo llevo aquí quince años. Owen compró el local hace unos tres años y pasó más o menos uno antes de que contratara a Timothy. ¿Quieres un poco de tarta? La he preparado esta mañana.
– Me estás tentando, Vincent.
Él esbozó una de sus pausadas sonrisas.
– ¿Te pongo helado?
– Claro.
Vincent estaba colocando las bolas de helado de vainilla junto a la tarta cuando tintineó la campanilla de la puerta acristalada. Kristen se estremeció al notar una ráfaga de aire frío en la espalda y se volvió al observar que Vincent bajaba poco a poco la cuchara y se quedaba mirando al recién llegado. A ella también le costó un momento reconocer el rostro que asomaba por encima de aquel abrigo de pelo corto tan fuera de lugar en un establecimiento con taburetes de escay agrietado. Al fin ató cabos.
– ¿Sara? -Era la esposa de John. «Dios santo», pensó mientras observaba el rostro de Sara Alden imaginándose lo peor-. ¿Qué pasa? ¿Qué le ha ocurrido a John?
Sara se desabrochó el abrigo con tranquilidad y elegancia.
– ¿Podemos hablar a solas, Kristen?
– Por supuesto. -Guió a la esposa de su jefe hasta un reservado de la esquina.
Al sentarse, Sara le preguntó sin preámbulos:
– ¿Qué te hace pensar que a John le ha ocurrido algo?
– Te has tomado la molestia de venir a buscarme y me he imaginado que… ¿Cómo me has encontrado?
– Lois me ha dicho que seguramente estarías aquí. Me ha explicado que estarás fuera de la oficina por un tiempo indeterminado.
A Kristen el comentario le atenazó las entrañas.
– Sí, es cierto.
– Ha sido cosa de John. -Los ojos de Sara destellaban de ira.
Kristen, perpleja, negó con la cabeza.
– No, fue su jefe quien lo llamó. John me dijo que había tratado por todos los medios de evitarlo, pero Milt estaba decidido.
Sara hizo una mueca de incredulidad.
– Sí, sí, ya me imagino el esfuerzo que hizo John por evitarlo.
Kristen no sabía cómo reaccionar ante aquello.
– Sara, ¿qué está ocurriendo?
– Esta mañana han llamado de parte del teniente Spinnelli. Un tal detective Murphy me ha explicado que estaban contrastando las coartadas de todos los subordinados de John para las noches de los asesinatos de esos hombres. Me ha preguntado dónde estaba John.
– Es lógico, es el procedimiento habitual. El teniente Spinnelli está investigando a todas las personas implicadas en los casos. ¿Es eso lo que te preocupa, Sara? Puedo asegurarte que nadie sospecha de John. No está implicado en ningún asesinato.
– Ha mentido -dijo Sara en tono rotundo-. John le dijo a Spinnelli que estaba en casa conmigo, en la cama. Pero ha mentido. Estaba con otra mujer. Él se cree que duermo, pero me doy perfecta cuenta cuando se marcha.
Kristen se dejó caer en la silla y respiró hondo. Sabía que John formaba parte de la lista de tiradores de Spinnelli, pero lo había descartado nada más leer su nombre. Ni por un instante había concebido la posibilidad de que John Alden pudiese estar implicado en los asesinatos. Se tomaba muchas molestias para seguir el procedimiento legal, para asegurarse de que se cumpliera la ley al pie de la letra y que todos los condenados lo fueran de forma legal. Era un buen fiscal.
Pero parecía que no era tan buen marido.
– Vaya, Sara. -Para su consternación, los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas-. No sé qué decir.
Sara rebuscó en el bolso y sacó un pañuelo.
– Y encima quiere que mienta.
– ¿Lo has hecho?
– No. -Sara le dirigió una mirada empañada-. Bueno, no del todo. Le he dicho al detective Murphy que John no se acostó en toda la noche, que no estaba segura de dónde se encontraba.
– ¿Pero lo sabes? -preguntó Kristen con delicadeza.
Sara se subió el cuello del abrigo de piel y recobró la compostura.
– Hace años que habla en sueños, Kristen. Y habla de todo, a veces incluso de cosas que yo no debería oír. Pero durante años me he comportado como una buena esposa y no le he contado a nadie sus secretos.
Aquella insinuación hizo que Kristen abriera los ojos como platos.
– ¿Habla de los casos?
– Entre otras cosas.
– ¿Y alguna vez ha mencionado a esa otra mujer?
– Sí. ¿Te imaginas cómo supo Zoe Richardson lo de las cartas dirigidas a ti, Kristen? ¿Y lo de que iban firmadas por «Tu humilde servidor»? -Kristen se quedó boquiabierta-. Lo susurró todo en sueños pocas noches después de que empezara todo esto -confesó Sara con un hilo de voz-. Así fue como yo lo supe. Y así es como lo ha sabido Zoe Richardson.
Kristen tragó saliva; ataba cabos pero seguía sin poder dar crédito al resultado.
– ¿Tiene una aventura con Zoe Richardson? ¿John? ¿John Alden? ¿Mi jefe?
– Tu jefe y mi marido. Richardson no es la primera, Kristen. Pero con ella es distinto. Tú estás en peligro por culpa de que esa mujer ha sacado tu rostro en los telediarios y te ha vinculado con el asesino. Sé lo del sábado por la noche, y lo del domingo. Te han agredido dos veces.
Kristen se llevó los dedos a sus labios mientras le daba vueltas a la cabeza.
– Yo… -Desde su extremo de la mesa, miró a Sara a los ojos-. ¿Por qué no le has echado antes en cara que te engañara?
Sara se encogió de hombros. Su mirada reflejaba amargura.
– Me daba vergüenza, así que lo dejé correr.
– Hasta esta vez. -Kristen cerró los ojos; la magnitud de la situación la abrumaba.
– No pienso mentir por él, Kristen. Pagará por lo que te ha hecho. ¿Te acuerdas de la noche en que encontraste las primeras cartas en el maletero? Lo llamaste tres veces.
– Tenía el móvil desconectado.
– Porque estaba con ella. Llegó a casa en plena noche y entró a hurtadillas, como un perro. Se dio una ducha pensando que yo estaba dormida y no lo oía. Pero yo encendí el móvil y escuché los mensajes. Luego los borré para que no supiera lo que había hecho.
– Se puso hecho una furia con los de la compañía telefónica porque creía que no había recibido los mensajes -recordó Kristen mientras seguía pensando-. Y se puso hecho una furia conmigo por no haberlo llamado.
Sara salió del reservado.
– A lo mejor él también tiene que cogerse unas vacaciones forzosas.
Kristen la vio marcharse; respiró hondo, sacó el teléfono móvil y marcó el número de Spinnelli.
Martes, 24 de febrero, 17.30 horas
– Entren, siéntense.
Abe echó un vistazo al pequeño apartamento de Grayson James. Vio una discreta chimenea con una repisa sobre la cual había varios trofeos, todos premios de tiro.
– Gracias por dedicarnos su tiempo, señor James.
– Diana me ha avisado de que vendrían. Me ha dicho que están interesados en averiguar quién es el fabricante de una marca. -Colocó un flexo sobre la mesa de la cocina y lo encendió-. Vamos a ver esa bala.
Por sexta y última vez en aquel día, Mia sacó la bolsa de plástico que contenía la bala. Ninguna de las otras personas de la lista de Diana había podido ayudarlos.
– ¿Puedo cogerla? -preguntó James.
– Claro que sí -dijo Abe, y observó al anciano manejar la bala con sus dedos diestros.
James miró el proyectil a contraluz.
Luego se dejó caer despacio en la silla.