– ¿De dónde la han sacado? -preguntó.
Mia miró a Abe con intensidad renovada en los ojos.
– ¿La había visto antes?
– Sí. Hace más años de los que me gustaría recordar. -Durante unos momentos, escrutó la bala mientras su semblante adquiría una expresión ausente. Al fin parpadeó y se la devolvió a Mia-. De joven tenía un amigo, antes de la guerra. Solíamos practicar el tiro en la cabaña de su padre. El hombre fabricaba sus propias balas y nos enseñó cómo hacerlo. Esta era su marca. No la había visto nunca antes y no había vuelto a verla. ¿De dónde la han sacado?
– Su amigo, señor James -dijo Abe con toda la calma que le fue posible-. ¿Podemos hablar con él?
James apretó los labios.
– Como no conozcan a algún médium… Hank Worth murió en Iwo Jima en 1944.
Mia exhaló un suspiro, su desilusión era tan evidente como la de Abe.
– ¿Vive algún hijo suyo?
– No. Tenía dieciocho años cuando nos conocimos. Miren, les he ayudado en lo que he podido. Lo mínimo que pueden hacer es decirme dónde han encontrado la bala. Son detectives, así que, sea lo que sea lo que les trae aquí, no puede ser nada bueno. No puedo soportar que alguien empañe el nombre de Hank. Era mi amigo.
Abe vaciló.
– No puedo darle detalles, señor James, pero somos de homicidios. Han utilizado esta bala en una tentativa de asesinato.
James abrió los ojos como platos al atar cabos.
– Están investigando al que mata a criminales y abogados.
Mia irguió la espalda ante la acusación que llevaban implícita las palabras de James.
– Sí.
– Es un buen dilema -opinó James-. Se carga a tipos que se lo merecen, pero aun así…
– Aun así, ¿qué? -preguntó Mia.
– Aun así, matar es matar. Yo lo hice, en la guerra, porque no tenía más remedio. Pero es algo que te cambia. Cuando le quitas la vida a una persona no puedes seguir siendo el mismo.
Mia parecía desorientada y Abe sabía que estaba recordando el tiroteo que tuvo lugar la noche en que su anterior compañero murió. Ella también le había disparado a un hombre aquella noche, y lo había matado. Su compinche les había disparado a ambos, a Mia y a su compañero. Ella tuvo suerte de salir con vida.
– Sí, señor James -dijo-. Matar cambia a las personas. Tenemos que encontrar a ese hombre. Por favor, cuéntenos todo lo que recuerde.
James la miraba con expresión grave.
– Mi amigo tenía una novia antes de embarcarse en la batalla del Pacífico. Tenían pensado casarse en cuanto volviera, pero ella se casó con otro menos de dos meses después de que él se marchara. Eso lo mató, vaya si lo mató. Espérenme aquí.
Aguardaron en silencio y unos minutos más tarde James estaba de vuelta.
– Esta es la carta que me envió. Es de diciembre de 1943. Aquí aparece el nombre de su novia, se llamaba Genny O'Reilly. Dijo que acababa de recibir la carta, pero en aquella época el correo tardaba años. Podían haber pasado meses desde que ella se casara. -Les entregó la hoja amarillecida-. Me gustaría recuperarla cuando terminen. A veces me parece que los recuerdos son todo cuanto me queda.
Martes, 24 de febrero, 18.00 horas
El jefe de Zoe, Alan Wainwright, le lanzó una mirada feroz.
– ¿En qué estabas pensando?
Zoe le devolvió la mirada.
– En que si lo emborrachaba lo suficiente, conseguiría que se le escapase algo.
Wainwright expresó desdén.
– ¿De la bragueta? Dios santo, es el fiscal del distrito. ¿Sabes cómo sienta que los jefazos de las cadenas televisivas además del alcalde te revienten el culo?
– ¿Sabes cuánto han subido nuestras acciones desde que filtré la noticia? -espetó Zoe.
El día no le había resultado nada fácil, había tenido que soportar abucheos y comentarios obscenos al cruzar la sala de redacción. Más que una redacción parecía un bar de viejos verdes. John Alden no era el primer hombre al que se había acercado utilizando sus encantos femeninos, pero normalmente elegía a personas discretas, sobre todo porque no quería que el asunto de faldas desacreditara la noticia.
Wainwright hizo una pausa y luego esbozó una sonrisa rapaz.
– Siete puntos.
– Pues déjame en paz de una vez -gruñó Zoe-. He hecho lo que tenía que hacer. Y volvería a hacer lo mismo. -Agarró su maletín y se dirigió a la puerta. Lo que más deseaba en aquel momento era darse un baño caliente y tomarse una copa de vino.
– Spinnelli se lo ha dicho al alcalde. A ver si adivinas quién se lo dijo a Spinnelli.
Zoe se quedó paralizada.
– ¿Quién? -preguntó, aunque ya sabía que solo había una persona capaz de suscitar la petulancia que denotaba la voz de Wainwright.
– Kristen Mayhew.
Zoe dio un resoplido y Wainwright se rio entre dientes.
– Sabía que te gustaría saberlo.
Martes, 24 de febrero, 18.30 horas
Jacob Conti estaba sentado frente a la mesa en la penumbra de su despacho. Oyó los rumores procedentes del vestíbulo y supo que Drake había regresado con noticias por segunda vez en aquel día. Sabía que el asesino había vuelto a la carga dos veces más después de matar a su Angelo, y la última ocasión había dejado a un testigo con vida.
Su esposa no se había levantado de la cama desde el asesinato de su hijo; durante las pocas horas de lucidez no había parado de llorar por él profiriendo unos sollozos profundos y convulsivos que a él le partían el corazón. Sabía que ahora, después de que el médico le administrara otro sedante, estaba durmiendo.
También sabía que el cadáver de su hijo yacía en el depósito desnudo, frío y hecho una carnicería.
Pero, por encima de todo, sabía que el asesino de Angelo iba a pagar por lo que le había hecho.
Drake entró discretamente y cerró la puerta. Tras un momento de silencio, su voz atravesó la oscuridad.
– ¿Puedo encender la luz, Jacob?
– Como quieras; da igual.
La luz inundó la habitación. Jacob parpadeó varias veces ante el deslumbramiento repentino.
Drake se acercó con mala cara.
– No te hace ningún bien permanecer aquí a oscuras.
Jacob le devolvió el gesto.
– Guárdate tus consejos y dime qué has descubierto.
Drake sacó una libretita del bolsillo de la chaqueta.
– Apenas tiene familia. Su madre está en una residencia de Kansas con Alzheimer y ella la visita religiosamente una vez al mes. Su padre dice que lleva años sin hablar con ella.
– ¿Por qué?
– No me lo ha contado, pero sé que siempre ha habido hostilidad entre ellos.
– Entonces no está muerto, de momento.
Drake negó con la cabeza.
– Me da la impresión de que su muerte no te serviría de gran cosa. Anoche hice que dejaran una rosa negra y una nota en la almohada de su madre.
Jacob hizo una mueca de desprecio.
– Qué melodramático.
Drake se encogió de hombros.
– Forma parte del plan. Mi hombre se presentará como investigador con la excusa de indagar en lo de la flor y la nota. Si él no descubre nada, es que no hay nada que descubrir.
– Todo el mundo esconde algo. Incluso alguien tan inmaculado como la fiscal Mayhew.
Drake no parecía muy convencido.
– Ya lo veremos. El matón que le enviaste el domingo por la noche le dijo que, si no hablaba, las personas que le importaban morirían.
– Sí. Yo le pedí que lo hiciera. -Aquello también formaba parte del plan-. ¿Y qué?
Drake gruñó, la estratagema le seguía desagradando.
– Me he guiado por eso. No ha habido muchas más personas en su vida durante los últimos cinco años, por lo menos yo no he sido capaz de encontrarlas. Pero últimamente pasa mucho tiempo junto al detective Abe Reagan.
Jacob frunció el entrecejo.
– Si Reagan se pasa el día con ella, será más difícil volver a atacarla. Mayhew no es tonta.
– Por eso yo no quería que la atacaran en su casa -dijo Drake, enfadado.