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El hecho de reconocer que Drake tenía razón solo sirvió para aumentar la frustración que sentía.

– ¿Y qué propones? -quiso saber Jacob-. Quiero coger a ese espía asesino. -Apretó los puños-. Quiero coger al hombre que apaleó a mi hijo hasta la muerte, y Mayhew sabe quién es. Seguro que lo sabe.

– Pues a mí me parece que no, Jacob. Si lo supiera, ya lo habrían encerrado.

– No quiero que lo encierren. Lo quiero para mí. -Jacob dio un puñetazo en el escritorio.

Drake arqueó las cejas.

– Pasa bastante tiempo con el detective Reagan, y también con su familia.

Jacob se relajó. La familia siempre representaba una buena palanca para cualquier tipo de negociación.

– Muy bien. Quiero la respuesta. Me da igual de dónde provenga.

En el rostro de Drake se dibujó una sonrisa diabólica que hizo que él mismo se estremeciera.

– La cosa ya está en marcha.

Martes, 24 de febrero, 19.00 horas

Abe penetró en el camino de entrada a la casa de sus padres y apagó el motor; las manos le temblaban debido a la mezcla de miedo y furia que aún sentía. Miró a Kristen. Seguía plácidamente dormida en el asiento del acompañante; tenía el rostro ligeramente sonrojado y su pecho subía y bajaba de forma acompasada. Ella había salido como un rayo en cuanto se marcharon de la comisaría. No había oído el sonido vibrante del móvil de él ni los insultos que había proferido como respuesta a las peticiones acuciantes de Aidan. Tampoco había oído el sonido melódico de su propio móvil. Ni los epítetos que le había dirigido al emisor de voz ofensiva que se había negado a identificarse.

Sus ojos recorrieron la hilera de coches aparcados frente a la casa de sus padres. Todo el mundo estaba allí. Sean y Ruth, y Aidan y Annie. Kristen y él engrosarían el grupo de los que se habían reunido allí para prestar su apoyo.

Ella se sentiría culpable. No lo era, pero de todas formas ella creería que sí. No podía posponerlo durante más tiempo. La zarandeó por el hombro.

– Kristen, despierta.

Ella se volvió en su asiento, se apoyó en el brazo de él y murmuró algo ininteligible. Posó el rostro en la palma de su mano con tanta confianza que a Abe se le encogió el corazón. Cuando todo aquello terminase, se la llevaría muy lejos, a algún lugar en el que estuvieran solos los dos. A algún lugar donde ella lograse por fin relajarse y despojarse de aquellas malditas horquillas, donde él pudiese estrecharla en sus brazos con ternura, enseñarle a descubrir los misterios de su sensualidad y convencerla de que no lo decepcionaría, de que era imposible que lo decepcionase jamás.

– Kristen, cariño, despiértate.

Sus pestañas temblaron ligeramente y por fin abrió los ojos. Poco a poco fue tomando conciencia, y alzó la barbilla con un gesto rápido cuando se apercibió de dónde se encontraban.

– Me dijiste que me llevarías a casa.

Él le rodeó la nuca con la palma de la mano y le dio un suave apretón.

– Y te llevaré a casa. Pero antes tenía que ver a mi familia.

Ella se irguió.

– ¿Qué ha ocurrido? -Escrutó el rostro de él en la oscuridad del todoterreno y se hundió en el asiento con expresión derrotada; solo por aquello ya tenía ganas de coger a Conti y a su humilde servidor y hacérselo pagar-. ¿Quién?

– Mi padre -confesó él con voz inestable. Ella cerró los ojos-. Afirma que se encuentra bien, pero no he querido dar por sentado que dice la verdad. Según Aidan, está bastante animado, pero aun así…

– Déjame adivinarlo -dijo ella con amargura-. Quien lo hizo quería saber quién es él.

No pensaba mentirle.

– Sí.

Ella se frotó la frente con gesto cansino.

– Ya te dije que no debería acercarme a tu familia. Ahora no tendría que estar aquí. Entra a ver a tu padre. Llamaré a un taxi para que me lleve a casa. Me parece que hoy le toca el turno a Truman. Estaré bien.

«Estaré bien.» Las palabras hicieron eco en la mente de Abe y el impulso fue instantáneo. Se dio la vuelta como pudo y acercó el rostro hasta colocarlo a pocos centímetros de distancia del de ella, el cual mostraba su sobresalto. Por un momento se miraron, luego él se lanzó sobre su boca con una ferocidad que lamentó de inmediato. Estaba furioso, pero no con ella. Kristen era frágil y vulnerable y lo último que necesitaba era que él empeorara las cosas. Se apartó, sin embargo ella extendió las manos y lo acercó de nuevo casi con desesperación. Lo besó con pasión y cuando por fin lo soltó ambos jadeaban como atletas agotados.

– No estás bien -susurró junto a sus labios-. Estás asustada, como yo.

– Lo siento, Abe. Lo siento muchís…

Él interrumpió la disculpa con otro beso apasionado que suavizó tras el primer contacto más ávido. Ladeó la cabeza para que sus labios encajasen mejor y se retiró lo justo para permitirse y permitirle tomar aire antes de continuar. Terminó el beso lentamente, le besó la comisura de los labios y la sien; luego la besó detrás de la oreja y descendió por el cuello, y se obligó a seguir siendo delicado al notar que ella se estremecía.

– Cuando todo esto termine, te llevaré muy lejos -susurró; la gravedad la hizo temblar hasta la médula-. Nos tumbaremos en la playa y nos olvidaremos de todo esto.

«No me prometas nada -quiso decir en voz alta. Estaban allí porque alguien había golpeado a su padre-. Estamos aquí por mi culpa.» Ni siquiera los Reagan podrían pasar por alto algo así, y ella no se creía capaz de soportar sus reproches, daba igual cuánta razón tuvieran. Kristen volvió el rostro hacia la palma de la mano de él y la besó.

– Ve a ver a tu padre -dijo-. Yo te espero aquí.

– No pienso dejarte sola. Entra conmigo.

Kristen sabía que no tenía opción, al igual que sabía que era una locura tentar a la suerte y aguardar sola en el coche, desprotegida. Por eso cuando él le abrió la puerta salió sin rechistar y avanzó hacia la casa mientras él le rodeaba los hombros con su fuerte brazo.

Desde el lavadero notó el aroma de la cena que Becca estaba preparando, pero aquella quietud inhóspita resultaba extraña en casa de los Reagan. Abe abrió la puerta de la cocina y cinco pares de ojos se volvieron a mirarlos, todos invadidos por algún sentimiento turbador. Los de Becca expresaban miedo; los de Aidan, furia. Los de Sean y Annie reflejaban incredulidad. Ruth, apostada junto a Kyle, sostenía un rollo de gasa y movía ligeramente la cabeza. Kyle mantenía la cabeza vuelta y Kristen observó que Abe tragaba saliva antes de acercarse a su padre; lo vio cerrar los ojos y notó el movimiento de su garganta en un esfuerzo por mantener la serenidad.

– ¿Está muy mal? -oyó que le preguntaba a Ruth en voz baja.

– He superado cosas peores -espetó Kyle, pero pronunciaba mal-. Me han dado más golpes que a un pulpo, pero aún soy capaz de oír y de hablar.

– ¿Cómo ha sido? -se limitó a preguntar Abe.

Becca tomó aire.

– Salía de la tienda de comestibles y un hombre…

– Ya se lo cuento yo, Becca. -Kyle hizo esfuerzos por incorporarse en la silla; Aidan trató de ayudarlo pero él lo apartó-. Puedo yo solo. Salía de la tienda de comestibles y un hombre me clavó una pistola en los riñones. Me ordenó que avanzara en silencio y me llevó detrás de la tienda.

– ¿Cuántos hombres había allí? -preguntó Abe.

– Cuatro -respondió Kyle; Kristen, oculta en el lavadero, se echó a temblar-. Me dijeron que más vale que descubras ya quién es el asesino si no quieres que se encarguen del resto de la familia.

Abe se volvió de súbito a mirar a su alrededor.

– ¿Dónde está Rachel?

Ruth le puso la mano en el hombro para tranquilizarlo.

– Está en el dormitorio, con los niños.

– ¿Dónde está Kristen? -preguntó Kyle-. No la habrás dejado sola…

– Estoy aquí -dijo Kristen con un hilo de voz-. Estoy bien.