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Spinnelli tapó los rotuladores.

– Y yo pediré que nos permitan examinar el expediente de Aaron Jenkins. Ahora que está muerto, no tienen por qué poner pegas.

Mia se puso en pie.

– El registro abre a las nueve y quiero llegar la primera. ¿Estás apunto, Abe?

Abe cogió el abrigo y Kristen se vio obligada a volver la cabeza para no mirarlo. La noche anterior no había habido el más mínimo roce entre ellos y eso hacía que lo deseara aún más. Primero hablaron con la policía científica y luego con los forenses, mientras estos retiraban el cadáver de Jenkins. Al fin, cuando todo el mundo se hubo marchado, Abe le dio un beso de buenas noches prolongado y vehemente, y luego la envió a la cama con una palmadita en la espalda. Él se acostó en el sofá, tal como le había prometido, y la dejó con el corazón a cien mientras se preguntaba qué habría ocurrido si le hubiese pedido que la arropara. Abe se levantó varias veces durante la noche para comprobar que estaba bien, y ella se había sentido invariablemente tentada de pedirle que se quedara. Pero no lo había hecho y, cuando al fin se quedó dormida, en sus sueños no cesaron de aparecer imágenes ardientes que aún le hacían bullir la sangre.

– Voy a conducir yo, Mitchell, así que iré por algo para desayunar. -Se detuvo junto a la silla de Kristen y se inclinó para susurrarle al oído-: No vayas sola a ninguna parte, ni siquiera a Owen's. Por favor.

Su mirada, llena de ternura y preocupación, le atenazó el corazón.

– Te prometo que me quedaré aquí todo el día.

Abe se incorporó.

– Todo el día tal vez no -respondió él en tono enigmático.

– Abe -lo llamó Spinnelli con voz seria-, me han contado lo que le ocurrió a tu padre anoche. Mientras no consigamos pruebas para inculpar a Conti, andaos con cuidado tú y los tuyos.

Miércoles, 25 de febrero, 10.00 horas

– ¿Todo esto? -preguntó Abe mientras ojeaba la pila de gruesos volúmenes-. Tardaremos días.

La empleada, que se llamaba Tina, les dirigió una mirada compasiva.

– Las partidas de matrimonio de los años cuarenta aún no están informatizadas -explicó-. Pero no es tan difícil como parece. Díganme el nombre y la fecha.

– Genny O'Reilly -respondió Mia mientras miraba por encima del hombro de la mujer-. Se casó durante el otoño de 1943.

Tina colocó separadores en uno de los volúmenes para marcar las páginas.

– Tiene que estar entre las páginas marcadas por los separadores. Si lo comprueban ustedes mismos yo me dedicaré a buscar el listado de propiedades que me han pedido.

– De acuerdo -dijo Mia-. Nos gustaría que nos ayudase a encontrar la finca de un tal Worth. No sabemos exactamente dónde está, solo que es por la parte norte de la ciudad.

Tina se mordió el labio.

– ¿Saben el nombre de pila?

Abe negó con la cabeza.

– La persona que nos proporcionó la información lo llamó «señor Worth». Su hijo se llamaba Hank, por si sirve de ayuda. A lo mejor el padre se llamaba igual.

Tina se encogió de hombros.

– Haré lo que pueda. Que tengan suerte.

Cuando Tina se marchó, Mia se dejó caer en una silla.

– Tenemos que acabar con las fiestecitas nocturnas.

Abe abrió el grueso libro.

– ¿Qué dijo ayer tu cirujano cuando lo abandonaste tan temprano?

– Menudo pelmazo. De hecho, estaba buscando alguna excusa para pedirle que me llevara a casa. -Lo miró con gesto burlón-. ¿Qué tal lo pasaste tú? ¿Cómo fue la noche después de que el séquito os dejara solos?

«Eterna.» Abe pensó en Kristen, en la forma en que lo había mirado la noche anterior. Se encontraban junto a la puerta de la cocina, ella acababa de cerrarla con llave tras salir la última persona y conectó la alarma. En el mismo instante en que se dio la vuelta, la tensión se adueñó del ambiente y casi notó un chisporroteo mientras ambos permanecían en extremos opuestos de la estancia, mirándose. Hasta que de pronto ella se lanzó en sus brazos como si lo hubiera hecho toda la vida. Él la besó, y volvió a besarla. Por suerte, consiguió limitarse a seguir besándola mientras la sujetaba por las caderas; los cuerpos de ambos temblaban. Al final, en lugar de atraerla y pegar su cuerpo al de ella tal como se moría de ganas de hacer, la apartó de sí con suavidad y le dio media vuelta para que se dirigiera al dormitorio con un simple «buenas noches». Si ella le hubiese insinuado que la acompañara, lo habría hecho. La habría tomado en brazos y la habría llevado a la cama, y luego la habría ayudado a alcanzar otro… hito.

Sin embargo, ella no se lo había insinuado. Se dirigió al dormitorio y solo volvió la vista atrás una vez, pero aquella mirada había valido más que diez hitos seguidos. Reflejaba una mezcla de confianza y deseo ardiente, y la combinación despertó en él algo muy profundo. Le permitió que se alejara y oyó, con el cuerpo tenso, lleno de deseo, cómo se preparaba para meterse en la cama. No consiguió dormirse hasta las tres; lo sabía porque había ido a observarla en silencio cada media hora. Prefirió pensar que iba a verla porque estaba preocupado. Le había afectado mucho encontrar el cadáver de Jenkins en el patio, con la amenaza que aquello implicaba. Prefirió pensar que era por eso, pero en realidad albergaba la esperanza de que cambiase de opinión y le pidiese que se quedara junto a ella. Lo deseaba, lo veía en sus ojos. Pero no lo hizo, y al final se acurrucó en la cama y se quedó dormida como un angelito.

En cambio, lo último que él albergaba eran pensamientos angelicales. La deseaba con tal intensidad que le faltaba el aliento. Pensó en ello durante mucho tiempo mientras permanecía despierto, tendido en el incómodo sofá con la vista fija en el papel de rayas azules. Era muy bella, de eso no cabía duda, pero había conocido a muchas mujeres bellas en su vida. Kristen, sin embargo, tenía algo más, algo más profundo; era íntegra, valiente y amable, y en su interior latía un gran corazón que ella mantenía oculto. Un corazón que justo empezaba a dejarse entrever y que él quería para sí.

En solo una semana ella le había robado el suyo.

Levantó la cabeza. Mia lo miraba fijamente, comprendía lo que expresaban sus grandes ojos azules. Ella también era muy atractiva, pero no la deseaba. Deseaba a Kristen.

– Quería advertirte que la trataras con delicadeza, pero creo que ya lo sabes -dijo con seriedad.

Abe puso mala cara.

– ¿El qué? ¿Qué sabes tú?

Mia se encogió de hombros.

– Hace mucho tiempo que sospecho que detrás de la entrega de Kristen a su trabajo hay algo más que el simple afán de justicia. Una vez incluso llegué a hacer comprobaciones, quería saber si había interpuesto alguna denuncia. Tengo una muy buena amiga, Dana, que se dedica a asesorar a las mujeres en estos casos y pensé que podría ayudar a Kristen. Pero en Chicago no consta ninguna denuncia.

– Yo también había pensado en comprobarlo -admitió Abe.

– Pero prefieres que sea ella quien te lo diga. Ten paciencia, Abe. Kristen lleva mucho tiempo sola. Tardará un tiempo en acostumbrarse a poder confiar en alguien.

Abe notó que la voz de Mia denotaba añoranza.

– ¿En quién confías tú?

Una de las comisuras de sus labios se alzó y esbozó una triste sonrisa.

– En mí. -Exhaló un suspiro exagerado-. Hasta las marimacho sueñan con un príncipe encantado. Por desgracia, yo no he pasado de la rana. -La sonrisa se convirtió en una mueca de aflicción y Mia tiró del libro para acercárselo-. Bueno, vamos al grano. No puede haber muchas Genny O'Reilly que se casasen en 1943.

Miércoles, 25 de febrero, 10.00 horas

Capturar al juez estaba resultando más fácil de lo que había previsto. Parecía mentira lo que facilitaba las cosas el hecho de contar con un poco de información privilegiada. Al principio había planeado asaltar al juez cuando entrase o saliese del Lincoln con cristal antibalas que conducía su chófer, lo cual, en el mejor de los casos, habría resultado dificultoso. En el peor, lo habrían cogido.