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– Según el letrero, está cerrado -observó Aidan.

– Nunca cierran al mediodía. -De pronto tuvo un presentimiento y el corazón se le aceleró-. Oh, no. Tendría que habérselo advertido. -Se dirigió corriendo a la barbería contigua y asomó la cabeza por la puerta-. Señor Poore, ¿qué le ha ocurrido a Owen?

El señor Poore levantó la vista del pelo que estaba cortando; su rostro surcado de arrugas expresaba dolor.

– Está en el hospital con Vincent, Kristen.

– ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? -preguntó, y el señor Poore se le acercó despacio mientras se secaba las manos con la bala blanca.

– Unos bestias han apaleado a Vincent en el callejón de detrás del local cuando ha salido a tirar la basura. Este era un barrio tranquilo, y ahora… -Alzó las manos en señal de derrota-. La cosa pinta mal, Kristen, muy mal.

– No. -Kristen flaqueó y notó que Aidan le pasaba el brazo por los hombros.

– Sí -dijo muy serio el señor Poore-. Owen ha salido a ver qué ocurría y también ha recibido algún golpe, pero no está tan mal. En cuanto he oído los gritos he llamado a la policía, pero esos hombres se han largado corriendo. -Sacudió su cabeza de bola de billar-. Vincent no tenía buen aspecto, para nada. Se lo han llevado al hospital.

– ¿Sabe a cuál? -preguntó Aidan. Su voz denotaba serenidad; había adoptado el tono de un policía formulando preguntas. Aquello le proporcionó a Kristen el ánimo suficiente para mantenerse en pie.

– La policía ha dicho que irían al hospital del condado.

Aidan atrajo a Kristen con fuerza y la obligó a erguirse.

– Vamos, Kristen.

Miércoles, 25 de febrero, 14.15 horas

Aidan entró con ella en el hospital y aguardó en silencio mientras Kristen le preguntaba a una enfermera dónde podía encontrar a Vincent. La siguió hasta el ascensor y pulsó el botón de la planta de cirugía sin pronunciar palabra. Cuando ella salió del ascensor y vio a Owen sentado solo en la sala de espera, Aidan se hizo a un lado y se limitó a observar.

Kristen avanzó hasta el extremo de la sala donde se encontraba Owen y ocupó el asiento contiguo. Se lo veía envejecido. Envejecido, cansado y súbitamente débil. La culpa que sentía se mezclaba con la ira y el miedo y no estaba segura de que fuese capaz de hablar.

– ¿Estás herido? -susurró. Él negó con la cabeza.

– Vincent… -Owen dejó la frase inacabada mientras trataba con todas sus fuerzas de tragar saliva. Apartó la mirada-. Él nunca le ha hecho daño a nadie; nunca. Era el hombre de mejor corazón que he conocido en mi vida.

Kristen le aferró el brazo.

– ¿Era? Owen, háblame. -Owen no reaccionó y Kristen le tiró del brazo con más fuerza-. Maldita sea, Owen, dime si sigue con vida.

Owen se volvió con lágrimas en los ojos.

– El cura ha estado con él.

Kristen sintió como si acabaran de propinarle un puñetazo en el pecho.

– Dios mío…

Ambos guardaron silencio. De pronto, Kristen oyó unos compases del Canon de Pachelbel procedentes de su bolso. Sacó el móvil y vio que no aparecía ningún número en la pantalla.

– Eh, señorita. -Una mujer que leía el Cosmopolitan la miraba con desagrado-. Aquí dentro no se puede utilizar el móvil. ¿Es que no ha visto el cartel?

Helada por el espanto, Kristen se llevó el teléfono al oído.

– ¿Diga?

– ¿Aún no tiene la respuesta? -Era la voz de un hombre.

Por dentro temblaba, pero por fuera parecía serena.

– ¿Quién es?

– Responda sí o no, señorita Mayhew -dijo la voz en tono burlón-. ¿Tiene la respuesta?

Owen le hacía señas a la señora del Cosmopolitan para que se callara.

– No -respondió Kristen-. No tengo la respuesta.

– Muy bien -dijo la voz-. Pues dese prisa. La próxima vez no nos ocuparemos de ningún viejo, iremos por alguien muy joven. -Y colgó.

«Alguien muy joven… Rachel.»

Kristen, aterrorizada, miró el reloj. Al cabo de un cuarto de hora las clases terminarían y Rachel se encontraría sola. «Porque Aidan está aquí, conmigo.» Dirigió la vista a la pared en la que lo había visto apoyado, pero ya no estaba allí. Frenética, lo buscó hasta encontrarlo junto a un teléfono, cerca de la zona de enfermería. Corrió hacia él.

– ¿Dónde está Rachel?

Aidan colgó el teléfono con calma.

– Con Sean. Está bien, Kristen.

Notó que le flaqueaban las piernas y Aidan la sujetó por los hombros.

– ¿Seguro? -La voz le temblaba pero le daba igual-. Me han dicho que la próxima vez irán por alguien muy joven. En la primera persona que he pensado es en Rachel y… -Se le hizo un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Aidan la atrajo hacia sí y le dio unas palmaditas en la espalda mientras ella se estremecía y trataba de contener lo que parecía un torrente de lágrimas.

– Llora si quieres -susurró él-. Ya sabes que tengo dos hermanas.

Kristen se aferró a su sudadera y se contuvo.

– Creía que eran ellas las que tenían tres hermanos -dijo entre dientes, y notó que Aidan se reía en silencio.

– Todo depende de cómo se mire. Desde mi punto de vista, has tenido una mala semana. Si quieres llorar, estás en tu derecho.

Ella apretó los dientes.

– No voy a llorar.

– Entonces no necesitarás esto.

Le puso un pañuelo de papel en la mano y ella se dio unos toquecitos en los ojos lo más furtivamente que pudo. Se retiró y respiró hondo.

– Gracias. ¿Cuándo has llamado a Sean? Has estado conmigo todo el tiempo.

– Cuando estábamos abajo, mientras tú hablabas con la enfermera.

– Pero ¿cómo es que no te he oído…?

Aidan sacó el móvil.

– Le he mandado un mensaje. También le he enviado uno a Abe, pero está fuera de cobertura. He llamado a Spinnelli desde el teléfono de la zona de enfermería para explicarle lo sucedido. Tiene un equipo dedicado exclusivamente a los casos de amenaza, Kristen. Cogerán a la persona que ha herido a papá y a tu amigo.

– Es cosa de Conti -dijo muy seria-. Estoy segura.

– Y yo también. Pero Abe tiene razón. Mientras no tengamos pruebas, estar seguros no nos sirve de nada.

Kristen se volvió con disimulo a mirar a Owen. Seguía sentado allí solo.

– Tengo que volver junto a él.

Aidan le respondió con una sonrisa y ella le dio un golpecito en el brazo con timidez.

– Gracias; de verdad.

Aidan enrojeció.

– No hay de qué. Ve con tu amigo.

– ¿Está bien la chica? -preguntó Owen cuando Kristen volvió a su lado.

– Sí.

Él se arrellanó en la silla, aliviado.

– Menos mal. Parece una buena chica.

– Owen, lo siento mucho. Tendría que haberos avisado a ti y a Vincent. Me siento responsable de lo ocurrido.

Owen frunció los labios.

– ¿A ti también te han amenazado?

– El domingo por la noche entró un hombre en mi casa. -Owen palideció y le cogió la mano-. No me hizo nada -explicó ella-. Estoy bien, Abe lo ahuyentó. Pero el hombre me dijo que si no entregaba al asesino, las personas que me importaban morirían. Tendría que haberos avisado. Lo siento.

– Podrían haberte matado -dijo él con gravedad-. Dios mío. ¿A quién más han agredido?

– Han amenazado a mi madre.

El rostro de Owen denotó sorpresa.

– Pensaba que tus padres habían muerto.

– Mi madre tiene Alzheimer. No… no me reconoce. Voy a verla tan a menudo como puedo, pero mi padre no me deja que la traiga aquí. No le han hecho nada. Solo la han amenazado.

– ¿Y a quién más, Kristen? ¿A quién más han agredido?

– Al padre de Abe. Le dieron una paliza, como a Vincent. -Los labios empezaron a temblarle y los apretó con fuerza-. Pero está bien. Pobre Vincent.