Owen le puso la mano en la barbilla.
– Tú no tienes la culpa, Kristen. -Ella no dijo nada y él alzó los ojos-. No hace falta que te quedes en el hospital. Te llamaré cuando Vincent salga del quirófano. Ve con tu amigo, te está esperando.
Kristen miró a Aidan. Permanecía de pie apoyado en la pared, observándolos en silencio.
– Ese no es Abe; es su hermano Aidan. Abe le ha pedido que me acompañe durante el día de hoy.
Owen escrutó a Aidan durante un rato antes de asentir en señal de aprobación.
– Eso quiere decir que la familia te ha aceptado. Eso es bueno. A Vincent y a mí nos preocupaba que no tuvieses familia y te pasases la vida junto a dos viejos como nosotros.
Kristen le cogió las manos con firmeza.
– No te preocupes por mí. No me dejan sola ni un minuto. -Esbozó una pequeña sonrisa-. Empieza a ponerme de los nervios eso de no poder estar nunca sola. Pero todo esto no durará mucho. Mira, sé que Aidan tiene que volver al trabajo, así que le pediré que antes me lleve a casa, le diré que envíe a alguien para que te lleve a ti.
Owen esbozó una sonrisa paternal.
– No hace falta. Puedo volver solo.
Kristen suspiró.
– Por favor, Owen, piénsalo. Podría ocurrirte lo mismo que a Vincent. -Ambos se volvieron al unísono hacia las puertas del quirófano, pero seguían cerradas-. ¿Me llamarás cuando salga?
– Te doy mi palabra.
Miércoles, 25 de febrero, 15.55 horas
Abe se agazapó detrás del coche patrulla.
– No parece que aquí viva nadie.
Habían encontrado la antigua propiedad de los Worth y, dentro de esta, una pequeña choza. Atravesaba el techo un tubo de estufa, pero no salía humo. Llevaban aguardando veinte minutos y no habían apreciado el más mínimo movimiento.
– Entremos -propuso Mia.
Abe se dio cuenta de que era su primera incursión juntos.
– Yo iré delante -dijo él-. Tú cúbreme.
– A mí se me ve menos y es más difícil que me den -protestó Mia-. Con Ray, yo siempre iba delante.
Abe la miró, algo molesto.
– Yo no soy Ray.
– Lanzad una moneda al aire y entrad de una vez -los apremió Jack, malhumorado, desde otro coche patrulla-. Ojalá hubiese suficiente luz para poder registrar el lugar; seguro que en esa choza no hay suministro eléctrico.
– Jack tiene razón -accedió Abe-. Cúbreme, por favor. -Abe salió de detrás del coche empuñando el arma, era consciente de que un francotirador podría hallarse escondido en cualquier rincón de la propiedad. Iba plenamente equipado para la intervención, pero una incursión siempre entrañaba peligro, y aquella aún más, puesto que la espesa vegetación proporcionaba protección a quien los acechara. Se acercó al porche de la entrada y, antes de subir el primer escalón, tomó la precaución de probar la resistencia de las tablas del suelo.
– «Cúbreme» -masculló Mia en tono burlón, pero hizo lo que le había pedido. Lo siguió con agilidad escalera arriba y a continuación se apostaron uno a cada lado de la puerta de madera.
– ¡Policía! -gritó Abe-. ¡Abran!
Siguió un silencio sepulcral. Probó a accionar el pomo de la puerta y este giró con facilidad.
– No está cerrado con llave -susurró Mia, y entró detrás de él-. Hace mucho tiempo que aquí no vive nadie.
– Tienes razón. -Abe retrocedió hasta la puerta e hizo señas a Jack y al resto para que entrasen-. ¡Campo libre! -gritó, y se dio media vuelta para inspeccionar el interior sin separaciones de la choza-. No vive aquí, eso está claro.
– Y el suelo no es de cemento como en las fotos, así que cometió los asesinatos en otro sitio. -Mia abrió un armario que había colgado encima de un lavabo seco-. No hay agua corriente, pero he encontrado unos cuantos botes de judías y una pastilla de jabón. -Cogió el jabón y lo sostuvo en alto a contraluz-. Se parece al que usaba mi abuela. Es muy antiguo.
– ¿Qué es antiguo? -preguntó Jack desde la puerta.
– Todo. -Mia exhaló un suspiro de frustración-. Pensaba que estábamos sobre la pista.
– La paciencia no es una de sus virtudes, ¿verdad? -preguntó Abe a Jack.
Este sonrió.
– Pues sí que has tardado en darte cuenta. Menudo detective estás hecho.
Abe le devolvió la sonrisa y recorrió el perímetro interior de la cabaña.
– Alguien ha estado aquí hace poco -dijo, y mostró un periódico-. Es del 28 de diciembre del año pasado.
– Y mirad esto. -Mia se agachó y cuando se incorporó sostenía una bala en la mano enguantada-. Está limpísima. Tiene dos uves dobles entrelazadas, como las otras. Uve doble, de Worth.
– Pues no debe de haberse quedado aquí mucho tiempo. Está todo lleno de telarañas.
– No vive aquí. -Abe abrió la puerta trasera y miró el terreno que se extendía ante él-. Tenías razón, Mia; dispone de un campo donde practicar el tiro.
Salió pisando la nieve y siguió observando el terreno, pendiente de detectar algún movimiento. Descubrió un objetivo móvil improvisado, un alambre tendido entre dos árboles del que colgaba un tablero de contrachapado del tamaño de una puerta recubierto con una típica figura de hombre recortada en papel. Tenía agujeros en la frente y a la altura del corazón. No había rastro de tiros errados.
– Se mueve gracias a un motorcito con pilas que acciona la pinza que lo sujeta. Es perfecto; tiene cuatro velocidades.
Mia rodeó el objetivo.
– No hay balas ni huellas a la vista. La última vez que nevó fue hace una semana, lo cual quiere decir que no se ha acercado por aquí desde entonces.
– ¡Mia! ¡Abe! -Jack les hacía señas desde la puerta trasera-. Venid a ver esto. -Sostenía dos marcos de foto-. Hemos encontrado esto en una caja junto a una cuna.
Uno contenía una foto de familia; aparecían el padre, la madre y dos hijos.
– Por la indumentaria, parece de principios de los años treinta -opinó Mia-. Podrían ser los Worth.
– Sacaremos las fotos de los marcos en el laboratorio -indicó Jack-. Tal vez encontremos algo escrito en el reverso. Mirad esta otra. Es el hijo mayor, unos diez años después; abraza a una chica.
– Va vestido de marinero -observó Abe-. Podrían ser Genny O'Reilly y Hank Worth justo antes de que él se marchase a la guerra.
– Es posible. Me pregunto por qué el señor James no mencionó al hijo pequeño. -Mia dio un vistazo a su alrededor-. ¿Habéis encontrado algo más, chicos?
El agente de la policía científica que sostenía el foco negó con la cabeza y lo apagó.
– No. He cogido el jabón y los botes. En el laboratorio analizaremos las huellas. Podemos instalar unos cuantos focos y buscar más huellas por la pared y los muebles, pero yo no echaría las campanas al vuelo.
Mia frunció los labios, pensativa.
– No está todo perdido; eso si la chica resulta ser Genny, claro está.
Jack guardó en la bolsa las fotografías enmarcadas.
– Pues crucemos los dedos porque esto es todo cuanto tenemos.
– ¿Detective Reagan? -Un policía vestido de uniforme apareció frente a la puerta principal-. Spinnelli lo ha llamado por la radio, dice que se ponga en contacto con él en cuanto termine con esto. Es importante.
«Kristen.» El corazón le dio un vuelco y tuvo que esforzarse por respirar hondo y tranquilizarse.
– ¿Ha dicho que era importante o urgente?
– Importante.
Kristen estaba bien. Si se hubiese visto en apuros, Spinnelli habría dicho que el asunto era urgente. Abe miró a Mia.
– ¿Hemos terminado con esto?
Ella asintió.
– Sí. Llama a Spinnelli.
Miércoles, 25 de febrero, 18.15 horas
Había llegado tarde y no había visto al juez entrar en el hotel. Alzó la vista a los ventanales de la fachada. No importaba. Según las anotaciones de Skinner, Hillman nunca se quedaba a pasar la noche.