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– Ni se te ocurra -suspiró en tono feroz-. No me trates como si fuese de cristal. Cuando anoche entraste en mi habitación, ¿qué querías? Sé sincero conmigo.

Abe no habría podido mentir aunque hubiese querido.

– Quería estar dentro de ti. Quería sentir que me envolvías. Quería oírte gritar y suplicarme que siguiera. Lo deseaba más que el aire que respiro. ¿Te parece que he sido lo bastante sincero?

A Kristen se le llenaron los ojos de lágrimas pero parpadeó en un gesto retador para evitar derramarlas.

– Sí. Ahora, dime, si las cosas fueran normales… Si yo fuera normal…

Esta vez fue él quien la interrumpió estampándole un beso.

– No sigas. Tú no tienes nada de raro.

Los ojos verdes de ella emitieron un intenso destello.

– Entonces demuéstramelo. Demuéstrame cómo se supone que funciona todo esto, porque siempre he querido saberlo.

Permanecieron un momento mirándose el uno al otro y Abe se percató de que ahora era ella quien lo desafiaba. Quería que la cortejara, que se mostrase enamorado. Y también se percató de otra cosa. Estaba muerto de miedo. Inspiró hondo y exhaló el aire poco a poco.

– Muy bien. La cosa funciona así. Para empezar, yo iría mejor vestido. Llevaría traje y tal vez corbata.

Ella esbozó una sonrisa y extendió las manos en su pecho desnudo.

– Me gustas así. ¿Qué más?

El contacto de sus manos le parecía de lo más agradable.

– Luego te prepararía una cena exquisita.

Ella alzó una ceja.

– ¿Sabes cocinar?

Él sonrió.

– Claro. ¿Tú no?

Ella frunció el entrecejo.

– Pensaba que se trataba de conquistarme, no de insultarme.

– Lo siento. Después de cenar, pondría música suave y te estrecharía entre mis brazos. -La atrajo hacia sí y ella bajó los brazos y los posó en los hombros de él-. Y bailaríamos.

– No sé bailar -confesó.

– Bueno, da igual. -Le rozó los labios con los suyos en un beso fugaz-. El baile no es lo más importante.

– ¿Qué es lo más importante? -preguntó ella sin apenas aliento.

– Abrazarte. Acariciarte. Notar el contacto de tu cuerpo contra el mío. Hacerte desear ir un poquito más allá. -Se balanceó junto a ella y le enseñó a seguir el compás, y permitió que su cuerpo excitado la rozara levemente. Ella se estremeció en sus brazos y él apretó los dientes al notar aquella súbita oleada de placer.

– La cosa va bien -dijo ella con voz emocionada-. ¿Cómo sigue?

– Paciencia, paciencia. -Le besó la polvorienta frente-. Aún no hemos terminado de bailar. -Pero fue disminuyendo el ritmo hasta que se mecieron sin levantar los pies del suelo. Le besó la sien, la barbilla, el hueco de la garganta. Y la oyó suspirar-. A estas alturas me estaría muriendo de ganas de notar tu cuerpo pegado con fuerza al mío -dijo-. Sin dejar de bailar, te haría retroceder hasta que tuvieses la espalda contra la pared y me apoyaría en ti. -Arqueó las cejas-. Pero la has echado abajo, así que no puedo hacerlo.

Ella sonrió; su sonrisa de sirena le hizo bullir la sangre.

– Pues improvisa.

Él no pudo aguardar más. Le invadió la boca con un beso que representaba todo cuanto deseaba y ella se lo devolvió con igual pasión. Deslizó los brazos alrededor de su cuello y apoyó todo su cuerpo en él. Abe aferró la redondez de sus nalgas con ambas manos, la levantó y la abrazó con fuerza, tal como había soñado. Ella arqueó la espalda y suavizó el contacto hasta que él gimió y ambos se dejaron caer de rodillas. Con un movimiento ágil, la colocó de espaldas en el suelo y le sostuvo la cabeza con las manos.

Luego acercó su rostro al de ella. Todos los músculos de su cuerpo pedían a gritos que liberase la tensión contenida.

– Esto es lo que quería. -Se abrió paso entre los muslos de ella, ejerció presión con las caderas y detectó un centelleo en sus ojos-. Es lo que quise la primera vez que te vi.

– Es también lo que yo quiero -dijo Kristen-. Muéstrame el resto, Abe, por favor.

Él retrocedió hasta quedar arrodillado. Le quitó la camiseta y al hacerlo la despojó también del sujetador. Ella levantó los brazos para ayudarlo y quedó desnuda hasta la cintura ante la mirada de él.

– Eres preciosa, Kristen. Sabía que eras preciosa. -Se apoyó sobre los codos mientras ella permanecía tendida, pendiente de todos sus movimientos-. Cuando te tuviera así, bien sofocada, te haría desear ir más allá. -Bajó la cabeza y le succionó el pezón con suavidad. Ella se agitaba bajo su cuerpo. Repitió el movimiento y ella arqueó la espalda para pedirle más. Pero él continuó con las suaves caricias, como suspiros en su piel. Hasta que la hizo gemir.

– Por favor.

– Por favor ¿qué?

Ella volvió a arquear la espalda.

– Mierda, Abe. Ya lo sabes.

Él pasó la lengua por debajo de su pecho y el sabor salino de su piel le hizo prometerse que la haría sudar mucho más.

– Tal vez no -susurró-. Te estoy demostrando lo que haría y vas tú y me cambias las reglas del juego.

Ella rio con una risa ahogada, impaciente.

– Abe.

Él decidió tener compasión y concederle lo que no pedía por timidez, le rodeó el pecho con la boca y lo succionó; le rozó el pezón con la lengua y volvió a succionar. Ella gimió, hundió los dedos en su pelo y lo atrajo hacia sí. Y entonces él se dio por vencido. Le devoró primero un pecho y luego el otro, hasta que ella empezó a retorcerse.

– Dios -dijo entre jadeos.

Él levantó la cabeza, presa del pánico.

– Por favor, no me pidas que pare ahora.

Ella levantó la cabeza del suelo y lo miró a los ojos.

– Si paras, te mato.

Él exhaló un pequeño suspiro de alivio. No estaba seguro de qué habría hecho si le hubiese pedido que se detuviera. Habría parado, pero… Le besó los pechos humedecidos y siguió por el estómago hasta el ombligo, espaciando los besos cada vez más.

Ella levantó las caderas.

– Abe, puede que todo esto sea nuevo para mí, pero creo que ha llegado el momento de quitarnos toda la ropa.

Él se había deslizado por su cuerpo. Tenía los hombros entre los muslos de ella.

– Entonces te alegrarás de contar con un experto como yo -dijo en tono frívolo-. Eres muy impaciente. -Introdujo la boca entre sus piernas y ella gritó-. Dios, qué húmeda estás ya -dijo, y la miró a los ojos. Ella se incorporó apoyándose sobre los codos; sus ojos exigían más-. Esto es lo que quería ayer -dijo él en voz baja-, ¿lo entiendes? -Ella asintió sin pronunciar palabra; el corazón de Abe amenazaba con salírsele del pecho-. ¿Puedo? -Y ella volvió a asentir.

Incapaz de esperar más, le bajó las mallas de un tirón. Luego descendió sobre ella y enterró la boca en su cálida y húmeda excitación. Ella se tendió mientras exhalaba otro gemido entrecortado y se cubría los ojos con el brazo. Y Abe se lanzó al banquete. Había pasado mucho tiempo desde la última vez, y Kristen sabía a gloria.

Unos grititos guturales y espasmódicos surgieron de la boca de ella y él aminoró el ritmo para prolongar al máximo su placer.

– ¿Te gusta esto? -preguntó.

– Sí -respondió levantando las caderas-. Por favor. -Y unos gloriosos instantes después empezó a tensarse y extendió los brazos en busca de él. Él le cogió una mano mientras con la otra la rodeaba por detrás y la atraía hacia sí-. Abe. -Pronunció su nombre en un grito agudo y penetrante y él intensificó la presión hasta que ella se liberó al tiempo que emitía un largo y quedo gemido. Sus besos recorrieron suavemente la parte interior de sus muslos hasta que su respiración se tornó regular.

Su cuerpo exigía liberar la tensión contenida. Levantó la cabeza y al mirarla se dijo que nunca, nunca, olvidaría su aspecto en aquellos momentos. Estaba radiante, rebosante de placer. Impresionada. Y cubierta de yeso blanco.

Ella lo miró a los ojos.