– ¿Y qué harías después? -suspiró.
Él tragó saliva.
– Te pediría que me ayudases a desabrocharme el cinturón, y a bajarme la cremallera del pantalón.
Ella se sentó y lo ayudó a ponerse de rodillas.
– Pues te ayudo. -Y lo hizo. Tiró de la hebilla; sus pechos se agitaban con cada movimiento ante los ávidos ojos de él. Debido a la concentración, la punta de la lengua asomaba entre sus labios. Cuando al fin logró desabrocharla él le cubrió las manos con las suyas e interrumpió un momento la búsqueda.
– Espera. -Extrajo la cartera del bolsillo del pantalón y sacó un condón. Kristen abrió los ojos como platos; Abe casi podía oír los engranajes de su cabeza dando vueltas. ¿Llevaría siempre uno encima? ¿Hacía aquello con todas las mujeres? En ese punto, él disipó todas sus dudas-. Kristen, la última vez que hice el amor fue hace seis años, antes… -Vio que ella lo entendía-. Puse el condón en la cartera el miércoles por la noche, al volver a mi casa.
– Cuando me viste por primera vez -dijo muy bajito.
– Cuando volví a verte -la corrigió él con voz queda-. Ahora voy a pedirte con todo el respeto del mundo que acabes de bajarme los pantalones porque de verdad, de verdad quiero estar dentro de ti. -Las mejillas de Kristen adquirieron un tono rosado; inclinó la cabeza y se concentró en su cintura. Le costó un poco desabrochar el botón pero él dejó que lo hiciese por sí misma. Poco a poco bajó la cremallera. Exhaló un hondo suspiro. Tiró de los pantalones y de los calzoncillos hasta bajárselos a la altura de las rodillas y al suspirar de nuevo vio que él contenía la respiración. Lo acarició con vacilación y el aire retenido durante tanto rato surgió en un gemido gutural-. Dios, qué gusto. -Aquello debió de animarla, porque lo rodeó con la mano y ejerció presión, y él se supo a punto de estallar-. Para. -Le aferró el puño-. Quiero correrme dentro de ti. -Se despojó a patadas de los pantalones y se puso el condón; las manos le temblaban. Luego, se arrastró hasta colocarse entre sus piernas y la besó en la boca para volver a notar que se fundía con él-. No tengas miedo -susurró mientras la tendía de espaldas en el suelo.
Ella lo miró fijamente con los ojos muy abiertos.
– No tengo miedo.
Pero estaba asustada. Y él lo sabía. La única forma de disipar su temor era demostrarle qué se sentía. Empujó hondo y se estremeció al notar que ella lo rodeaba y contraía los músculos en señal de aceptación. La notó ardiente y tensa. Era muy guapa. «Y es mía.»
– ¿Kristen?
Su rostro parecía contrito pero el miedo había desaparecido de sus ojos.
– No pares.
– No lo haré. No puedo. -Se retiró y volvió a hundirse en ella; Kristen contuvo el aliento-. Llegados a este punto, te sugeriría… -Se interrumpió porque ella alzó las rodillas y lo asió con las caderas. Él se hundió aún más-. Oh, Dios. Sí, así. Muévete conmigo, Kristen. -Hizo que sus cuerpos cimbrearan al compás. Háblame. Dime lo que sientes.
– Es increíble -gritó cuando él empujó. Extendió los brazos para aferrarlo por los hombros-. Nunca pensé…
En algún momento, él perdió el hilo de la conversación. Su cuerpo se había hecho con el control; siguió y siguió hasta que, desde la distancia, oyó el grito ahogado de ella, notó su cuerpo contraerse a su alrededor, y aquel placer catapultó el suyo. Apretó los dientes y empujó por última vez.
A continuación se hizo la calma. Aún jadeante, se colocó de lado sin dejar de abrazarla; suplicó que, ahora que había terminado, ella no se sintiese culpable ni se arrepintiese. No pensaba consentirlo. Era una mujer extraordinaria, aunque nunca lo reconocería. Pensó que era la mujer más extraordinaria del mundo; y en ese punto detuvo sus reflexiones porque, en medio del silencio que siguió a la plenitud, se había dado cuenta de que era muy afortunado. Había gozado de dos mujeres extraordinarias en su vida. Debra se había marchado y él nunca podría hacer que volviera. Ella más que nadie habría querido que siguiese adelante; y en aquel momento, por primera vez desde el día en que abrazó a su esposa mientras esta se desangraba en la cuneta, se permitió fantasear sobre el futuro. Se imaginó qué supondría volver a llevar una vida normal, junto a una mujer a quien abrazar de noche y niños con cabellos de rizos pelirrojos. La idea le hizo sonreír.
Kristen permanecía tendida, avanzando por el caleidoscopio de sensaciones con que él la había obsequiado; allí mismo, en el suelo de la cocina. Le estampó un beso perezoso en el pecho cubierto de vello y recostó la cabeza en su brazo. La sensación predominante en aquellos momentos era el alivio. Él había sentido placer; mucho placer, si se atrevía a considerarse apta para juzgarlo. No tenía gran experiencia, pero tampoco era idiota. Casi al final había estado a punto de darle un ataque al corazón de lo agitado que tenía el pulso. La forma en que había empujado, exhibiendo sus dientes apretados; la forma en que su cuerpo se había sacudido y convulsionado; el gemido al alcanzar el clímax. Sí, había sentido placer. Y ella también. No se había corrido una vez sino dos, y la sensación no se parecía en nada a lo que había imaginado.
«Así pues, no soy frígida.» La idea era tan estimulante que soltó una carcajada.
Abe espiró con fuerza.
– Ahora te pediría que si alguna vez volvemos a hacer el amor, después no te eches a reír -dijo en tono burlón. A ella el corazón le dio un vuelco-. Es fatal para mi ego.
Ella le besó la parte inferior de la barbilla.
– No te preocupes por tu ego. Me he reído por una tontería; es que me siento feliz.
Él la atrajo hacia sí y le dio un fuerte abrazo.
– Eso no es ninguna tontería, Kristen. Es muy importante.
– Tienes razón. -Ella levantó la cabeza y contempló sus cuerpos desnudos. Era algo que pensaba que jamás vería, ella desnuda junto a un hombre. Aquel hombre era Abe, y eso era muy importante. Le besó el hombro y luego descansó la cabeza en su brazo-. ¿Te das cuenta de que estamos desnudos en la cocina de mi casa con un coche patrulla en la puerta?
Él se frotó la nariz.
– ¿Te das cuenta de que estoy a punto de estornudar por culpa de tanto polvo y de estar aquí tumbado sobre los escombros? -preguntó, y ella soltó una risita. Una risita. Ella, Kristen Mayhew, con fama de frígida, estaba tendida desnuda sobre un montón de yeso junto a un hombre que parecía Abe Reagan y riéndose. Él sonrió y le tocó la punta de la nariz-. Tendrías que reírte más a menudo -dijo-. Tienes la nariz cubierta de yeso.
Ella se desperezó lentamente; se sentía mejor que de maravilla.
– Eso se arregla con una ducha.
– Mmm… La ducha. -Apenas podía contener la risa-. ¿Quieres saber lo que tengo ganas de hacer en la ducha?
Capítulo 19
Miércoles, 25 de febrero, 20.30 horas
– Gracias. -Zoe cerró de golpe el teléfono móvil-. Vamos.
Scott, harto, puso en marcha el monovolumen.
– ¿Adónde?
– Al hospital del condado, acaba de entrar con el detective Reagan.
Scott suspiró y alejó el vehículo de la acera.
– Deja que lo adivine. ¿Otro de tus soplones?
– La han visto en el vestíbulo del hospital -dijo Zoe con satisfacción mientras abría la polvera-. Esta mañana se ha escapado temprano pero aun así la cogeremos.
– Qué emoción -masculló Scott.
Zoe se lo quedó mirando.
– Conduce y calla.
Miércoles, 25 de febrero, 20.45 horas
Kristen estaba de pie junto a la ventanilla de la unidad de cuidados intensivos; contemplaba a Vincent, inmóvil en una cama del hospital. En teoría, Abe y ella habían salido de casa por algo de cenar, pero Abe la había llevado directamente al hospital sin preguntarle nada, lo cual era muy amable por su parte.
– Gracias -murmuró.
– ¿Por qué?
Ella notó las vibraciones de su voz grave recorriéndole la espalda mientras la abrazaba con fuerza contra sí; era un gesto de posesión pero también, y sobre todo, de apoyo. Ella se respaldó en él; el pelo se le enredaba en su barba incipiente. Por primera vez en muchos años había salido de casa con el pelo suelto. Lo había hecho porque él se lo había pedido; no sabía si sería capaz de negarle algo.