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– Por acompañarme. Ya sé que no te gustan los hospitales.

– ¿Cómo lo has adivinado?

– Me lo imaginé cuando en el ascensor dijiste que los odiabas.

– Lo siento, es algo muy… arraigado.

– De todas formas, gracias por acompañarme. Es justo lo que necesitaba.

Lo vio encogerse de hombros.

– Sabía que estabas preocupada por Vincent.

– Y gracias por conseguir que me dejasen entrar. -Al principio le habían prohibido el acceso porque no era familiar del enfermo, pero Abe lo había solucionado mostrando su placa. Ella exhaló un hondo suspiro al observar a Vincent allí tendido-. Nunca he pensado en ellos como dos ancianos, pero supongo que lo son.

Pasó una enfermera.

– Hace mucho tiempo que se ha agotado el tiempo de las visitas, detective. Tienen que irse. -Alzó una ceja-. A no ser que tenga más preguntas.

– No, ya nos ha dicho que no hay ningún cambio en el pronóstico. No tenemos más preguntas -dijo Kristen en voz baja.

– Espere, yo sí quiero hacerle una pregunta. ¿Ha venido alguien a verlo? -preguntó Abe en el tono que utilizaría en un interrogatorio policial, y Kristen, sorprendida, se volvió a mirarlo.

– Dos hombres, pero no eran familiares del enfermo -respondió la enfermera.

– ¿Dos? -Kristen, confundida, miró a la enfermera con extrañeza-. Me imagino que uno era Owen Madden, pero ¿quién era el otro?

– No me ha dicho su nombre, estaba muy afligido.

– ¿Podría describirlo? -le pidió Abe.

La mirada de la enfermera se suavizó.

– Debía de tener unos veinticinco años. Era un varón de rasgos caucásicos con síndrome de Down leve. Dijo que había oído lo de su amigo en las noticias. Me habría gustado dejarlo entrar, pero…

Kristen parecía abatida.

– Timothy.

Abe inclinó la cabeza para mirarla a los ojos.

– ¿Lo conoces?

– Trabajaba para Owen hasta hace un mes, pero lo dejó porque su abuela se puso enferma.

Abe entrecerró los ojos.

– ¿Cuándo dejó el trabajo? ¿Cuándo exactamente, Kristen?

– No lo sé. A mediados de enero, más o menos. -La intención del tono de Abe la turbó; sacudió la cabeza con convencimiento-. No puede ser. No es posible que Timothy esté implicado en nada de lo que estamos investigando. No, Abe.

– A mediados de enero… ¿No te llama la atención?

La enfermera intervino en la conversación.

– Si se refiere a ese asesino, soy partidaria de la opinión de la señorita Mayhew. Por lo que he leído en los periódicos, el asesino es muy inteligente y calculador. En cambio ese tal Timothy es altamente funcional. Hablamos de dos casos muy distintos.

Abe frunció el entrecejo.

– Lo sé, pero odio las coincidencias. Si vuelve, ¿podría avisarme?

La enfermera cogió la tarjeta que le tendía.

– Claro.

Miércoles, 25 de febrero, 21.05 horas

Sonó la campana que indicaba la llegada del ascensor y se abrieron las puertas. Zoe torció el gesto al ver que Reagan rodeaba a Kristen por los hombros. Sabía que detrás de aquella relación había algo más que el mero interés de Reagan en vigilar su casa. Su mente empezó a trabajar para sacar el máximo partido de aquella situación.

– Ahí están -siseó Zoe-. Scott, ¿estás a punto?

– Rodando -dijo él en tono seco. Ella avanzó hasta colocarse enfrente de la pareja y captó sus reacciones. Mayhew la miró con ojos encendidos y Reagan apretó los dientes. Muy bien, muy bien.

– Señorita Mayhew, ¿podría hacer unas declaraciones sobre el estado de salud de Vincent Potremski?

– No.

Reagan y ella prosiguieron su camino pero Zoe se interpuso.

– ¿Cuál ha sido la reacción en la oficina de John Alden ante el comportamiento indecoroso que se le imputa?

Mayhew se detuvo en seco y le dirigió una mirada de absoluta incredulidad. Sacudió la cabeza y sus rizos botaron como movidos por un resorte.

– No haré ninguna declaración, señorita Richardson. Ahora, por favor, discúlpenos.

Avanzaron de nuevo, pero Zoe advirtió el temblor de las manos de Mayhew, la señal que tanto había esperado en momentos de estrés. Mayhew aparentaba aplomo, pero no estaba tranquila.

– ¿No es cierto que por su culpa han apaleado a su amigo hasta dejarlo medio muerto y que es probable que quede en estado vegetativo el resto de sus días? -preguntó en pos de Mayhew.

Kristen se detuvo. Sin embargo, cuando esta vez se volvió, sus ojos no mostraban incredulidad sino cólera. Zoe aguardó, aguzando los cinco sentidos. Había conseguido que Mayhew perdiera el control; por fin.

Kristen avanzó un paso pero Reagan le apretó el hombro.

– Kristen -dijo con voz queda pero lo bastante clara para que lo oyera-. No vale la pena.

Por un momento pareció que Reagan había ganado y Zoe se sintió decepcionada. Pero entonces Mayhew volvió a avanzar con paso trémulo.

– Antes que nada, señorita Richardson, debe saber que el término correcto es «estado vegetativo persistente»; estoy segura de que los familiares de los afectados apreciarán que lo tenga en cuenta. En segundo lugar, debería ser consciente del poder que le da ese micrófono, señorita Richardson, y a usted, señor, su cámara. Espero que utilicen ambas cosas para ayudar a que se haga justicia con las víctimas inocentes y no para echar más leña al fuego. -Dicho esto, se alejó. Reagan volvía a rodearla por los hombros y tomaba el control; Zoe vio que Mayhew se apoyaba en él.

Por un breve instante, Zoe deseó contar con alguien en quien poder apoyarse. Pero el pensamiento quedó destruido por el fuego de la ira. Menuda bruja pretenciosa.

– Deja de filmar -dijo con furia contenida. Scott bajó la cámara sin dejar de observar la retirada de Mayhew; la admiración que reflejaba su mirada la enfureció aún más-. No se te ocurra abrir la boca -siseó y le pasó por delante.

Tenía que redactar una noticia.

Miércoles, 25 de febrero, 22.30 horas

– ¿Quién es Leah Broderick? Dígamelo, por favor…

Miró a Hillman con desdén. El arrogante y poderoso hombre de la sala del tribunal se había convertido en un tembloroso amasijo insignificante. Deseó que Leah pudiese estar allí para verlo.

No había sido difícil trasladar a Hillman desde la furgoneta hasta el sótano de su casa. Sin embargo, se resistió un poco cuando quiso tenderlo en la mesa y tuvo que convencerlo con un golpe en la cabeza. Había recobrado el conocimiento y llevaba una hora tratando inútilmente de arrancar las cadenas que lo sujetaban. Al fin había empezado a suplicar. Resultaba muy gratificante ver tanta arrogancia reducida a la mínima expresión.

Cogió la pistola y, haciendo oídos sordos a sus súplicas de piedad, le disparó en la rodilla izquierda. El grito fue agudo y estridente; se retorcía de dolor. Empezó a sollozar y él volvió a desear que Leah se encontrase presente.

– Es solo una medida de precaución, juez Hillman. No puedo permitir que se escape. -La rodilla derecha estalló con igual impacto que la izquierda y Hillman volvió a chillar. Él se inclinó para contemplar su trabajo. No paraba de brotar sangre de las heridas, así que le aplicó sendos vendajes-. No quiero que se desangre, juez. Por lo menos, no todavía. Más tarde me ocuparé de usted. De momento, voy a obsequiarlo con algo especial. -Se dirigió al equipo estereofónico y lo accionó-. Me he tomado la libertad de grabar la transcripción de un juicio.

Se dirigió al piso de arriba y se tendió en la cama; estaba más cansado de lo habitual. Tenía tiempo de dormir unas horas antes de proseguir la caza.