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– ¿Se lo dijiste a alguien?

– Al cabo de un tiempo.

– ¿A la policía? -preguntó muy tenso.

– No. -Kristen suspiró-. Les pedimos a las otras chicas que lo contaran ante las autoridades, pero tenían miedo. Y yo también tenía miedo. Temía que nadie me creyera. Él me advirtió que diría que lo habíamos hecho de mutuo acuerdo; llevábamos dos meses saliendo juntos, nadie habría dudado de su palabra. No era ningún gamberro, era un chico normal que asistía a todas las clases y entregaba los deberes con puntualidad. No era un mujeriego. Por eso me fiaba de él.

– ¿Pero a quién se lo dijiste?

– A mis padres.

– ¿Y?

Recordaba el semblante de su padre como si aquello hubiese ocurrido el día anterior; temblaba y estaba rojo de furia. Aún podía oír el ruido de su mano al cortar el aire justo unos segundos antes de que la tirara al suelo con un bofetón. Se quedó allí tendida, temblaba y sentía náuseas. Estaba embarazada.

– Mi padre no me creyó.

– ¿Qué? -El grito de indignación hizo que Abe se tambaleara-. ¿Que no te creyó?

– No. Me dijo que era igual que mi hermana, una alocada y una depravada.

Observó a Abe andar de un lado a otro.

– ¿Por eso te marchaste de casa? -preguntó.

– No me fui yo, me echó él. -Estaba aterrorizada, no tenía ni un céntimo y encima se había quedado embarazada.

Abe se detuvo en seco, luego se volvió y la miró; no daba crédito a lo que oía.

– ¿Que te echó de casa?

– Sí.

– ¿Y tu madre? ¿Qué hizo?

– Nada. Se limitó a mirarme. Tal vez si Kara no hubiese muerto, mi madre habría tenido el valor de enfrentarse a él, pero en aquellos momentos ya vivía por inercia. De todas formas, daba igual. Para entonces aquel chico ya se lo había contado a todos sus amigos. Todos me consideraban una mujer fácil. -«Y sabía que en otoño ya se me notaría el embarazo», pensó Kristen-. Al final del verano, dejé la Universidad de Kansas. Una buena amiga de mi hermana se había mudado a Chicago, así que me vine a vivir con ella. Solicité el traslado de expediente a la Universidad de Chicago y terminé la carrera.

A Abe le temblaban las manos; las metió en los bolsillos.

Ella sacudió la cabeza.

– Después de aquello, me era imposible pintar. Me concentré en el trabajo y decidí estudiar derecho. -«Y tuve una niña, y la di en adopción», pensó. Pero, cuando abrió la boca para acabar el relato, recordó la foto de Abe y Debra, ella embarazada del niño que nunca llegaron a tener.

Abe estaba hundido en la silla con la cabeza reposando entre las manos.

– Santo Dios.

– Por eso esta noche, al ver la noria… -Se estremeció-. Soy incapaz de mirar las norias.

Él no dijo nada, se limitó a permanecer cabizbajo. Ella extendió el brazo y le acarició el pelo.

– Aquello ya pasó, Abe. He seguido adelante con mi vida.

Él levantó la cabeza y la miró con ojos penetrantes.

– Sola.

Ella mantuvo la mirada fija en sus ojos.

– Por un tiempo.

– ¿Qué pasó con el chico?

Kristen negó con la cabeza.

– No, eso no te lo contaré.

Abe no apartó la vista de ella.

– Cuéntamelo.

– Y si no, ¿qué? -dijo ella en tono calmado.

Él se encorvó; su rostro adquirió de pronto un aspecto demacrado.

– Por favor.

Kristen tendría que haber pensado que él necesitaría conocer el final de la historia; de hecho, sabía que sería así. Le había seguido la pista, incluso al cabo de los años.

– Ironías de la vida; también acabó estudiando derecho. Se metió en política y ahora resulta que es el alcalde de un pueblecito de Kansas. -Frunció los labios-. Pretende conseguir un puesto en la Asamblea Legislativa del Estado. Según los sondeos, gana por diez puntos.

A Abe se le revolvió el estómago. Aquel monstruo prosperaría sin pagar su crimen. No podía soportar la idea de que jamás supiera el daño que le había hecho a Kristen.

– Podrías arruinarle la carrera.

Ella conservaba la calma.

– Pero no pienso hacerlo. No dije nada entonces y tampoco lo diré ahora. -Desvió la mirada no sin que él se apercibiera de que tenía los ojos llorosos-. La verdad es que soy una cobarde.

Abe se la quedó mirando, no daba crédito a las palabras que acababa de pronunciar.

– Tú no eres ninguna cobarde.

Ella pestañeó y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.

– Sí, sí soy cobarde. Las valientes son esas mujeres que denuncian los crímenes. Y yo las obligo a revivir los hechos una y otra vez, hago que se humillen en público y la mayoría de las veces no sirve de nada.

Él la aferró por los brazos y la hizo ponerse en pie.

– No quiero volver a oírte decir eso. -Le había contado la historia con desapego, en cambio ahora lloraba; a él, por una parte, lo invadía la impotencia y la rabia por la violación y, por otra, sus lágrimas le partían el corazón. La atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos con fuerza-. Hay muchos tipos de valentía, Kristen. En tu trabajo, tú revives tu experiencia todos los días. Posibilitas que se haga justicia con esas mujeres. Eres la mujer más valiente que he conocido en mi vida. -Le besó la coronilla mientras la acariciaba con suavidad, y notó que la oleada de emociones amainaba-. Después de que le disparasen a Debra, me acostumbré a pensar solo en el presente. Me ofrecía voluntario para los trabajos más peligrosos porque no daba importancia a mi vida. Me asustaba el futuro, Kristen. Me asustaba pensar que algún día volvería a ser feliz.

Ella se quedó muy quieta.

– ¿Eres feliz ahora, Abe?

Él le tiró de la barbilla para que alzara la cabeza.

– Sí. -Se le acercó y le dio un suave beso en los labios-. ¿Y tú?

– Más que nunca. -Lo dijo tan seria que a Abe se le encogió el corazón. Necesitaba verla sonreír de nuevo.

– Pues me parece que aún puedo hacerte más feliz -la provocó en tono de broma.

Los labios de Kristen se curvaron hacia arriba.

– Te creo.

Jueves, 26 de febrero, 23.15 horas

Aguardó a que salieran de la cocina para abrirse paso por el patio trasero hasta la furgoneta. Al principio la historia lo había conmocionado y lo había hecho sentirse turbado e inseguro, pero ahora lo que sentía era furia y confianza. Había perseguido y cazado a sus presas. Los tres hombres se encontraban en el sótano de su casa gimiendo y aguardando a que él impusiera justicia. Le sobraba tiempo.

Aún tenía la oportunidad de subsanar un error más.

Viernes, 27 de febrero, 8.45 horas

Era viernes, pero Abe sabía que nadie tenía motivos para alegrarse. Spinnelli parecía demacrado por culpa de la rueda de prensa de la noche anterior; habría preferido estar en cualquier sitio antes que tener que presidir la reunión matutina; sin embargo, allí estaba, rotulador en mano. Verdaderamente, había muchas formas de demostrar valor.

– ¿Qué sabemos de nuevo, chicos?

– He hablado con los hombres a quienes encargó que siguieran la pista a los seis abogados defensores relacionados con Hillman y con Simpson -empezó Abe-. Han localizado a cuatro, pero hay dos que no se sabe dónde están. Tal vez estén vivitos y coleando, pero no lo sabemos, así que tendremos que seguir buscándolos.

– Anoche encontraron el coche de Simpson -explicó Jack-. La ventanilla del conductor estaba hecha añicos, parece que la golpearon desde el exterior, como si se hubiese encerrado en el coche y alguien hubiese roto el cristal para obligarlo a salir. En emergencias recibieron una llamada de su móvil sobre las seis de la madrugada; quien llamó no dijo una palabra y al cabo de diez segundos se cortó la comunicación. Trataron de devolverle la llamada, pero no hubo suerte. Encontramos el móvil destrozado dentro del coche de Simpson. Parece que ese tipo se ha dado cuenta de que el GPS lo delata.